El Origen del Mal

Capitulo treinta

 

 

 

     Me suelta al fin, luego de haber disfrutado de mi humillación. A mí en cambio no se me sale ni una sola lágrima. Estoy prácticamente anonadada, ni siquiera pienso en lo que él me acaba de hacer. Veo a Masha detrás suyo, pero realmente no la miro, solo sé que ella está ahí.

―¿Y Leonel? ―le pregunta River a ella, luego de que me dejó con la mejilla al suelo y el trasero al aire, aunque no me ha tocado de forma sexual, que yo me enterase en estas horas, no mientras he estado consciente al menos.

―Sigue arriba, pero no tiene idea ―ella le sonríe con ambos brazos cruzados. Con el vestido rojo vino que tiene puesto y el moño alto de flequillos sueltos parece una maldita vampira chupa sangre.

―Mejor así, ese imbécil jamás tiene idea de nada ―le responde River, y aunque no debería, sonrió para mí al escucharlo decir eso.

Los tacones de Masha se van acercando poco a poco, cuando me pisa la espalda siento que uno de ellos se clava un poco allí, atravesando mi vestido y luego mi piel. Chillo muy fuerte y ella me pisa con más presión, casi siento que podría atravesarme de lado y lado.

―Es una lástima, ese bastardo enfermo no deja de preocuparse por esta perra ―musita ella, yo me revuelco en el piso duro y rasposo. Ella me suelta al fin pero no da ni un paso más ni un paso menos para alejarse.

River suelta una carcajada momentánea.

―¿Es un bastardo porque ahora no quiere follarte? ―ella lo pulveriza con la mirada. ―, hay hermana, no me digas que caíste en las garras de mi querido amigo ―hace énfasis en eso ultimo, pero la palabra que no deja de darme vueltas es ¨hermana¨.

Empiezo a reírme, reírme a carcajadas, poco sonoras, solo lo suficiente para llamar la atención de ambos, aunque ese no es mi propósito.

Escucharlos hablar así de Leónidas me hace gracia, todo este tiempo he estado pensando que él era el número uno, pero no está más acompañado de lo que estoy yo.

―¿De qué te ríes mocosa? ―suelta Masha, es raro para mí escuchar su voz tanto tiempo seguido, me atrevo a decir que desde que la conozco nunca la había escuchado decir tanto.

Busco fuerzas de donde realmente no las tengo―Para amigos así… ―me aprieto el estomago, realmente empieza a arder como si hubiese tragado ácido―, no hay para que tener enemigos.

Sin entenderlo comienzo a temblar, duele, duele, duele maldita sea. Duele todo mi interior, es un dolor que me recorre los huesos sin dejar ni un solo espacio libre. La garganta me arde, también todo el estómago, el sudor sale frio y tiemblo, por dentro me consumo en fuego pero por fuera parezco congelarme.

Siento que mis ojos se ponen en blanco, el mundo a mi alrededor parece estar calcinándose, pero en realidad es solo el vapor que sale de mi propia piel, juraría estar convulsionando.

Masha da unos pasos, alejándose de mi.

―¿Qué le pasa? ―le pregunta a River, que de inmediato se cruza de brazos con una media sonrisa.

―Lo que le di hace rato debe estar haciendo efecto ―le explica, mientras tanto mi pecho sube y baja sin control.

―¿Qué le diste? ―Masha junta ambas cejas y se inclina un poco para divisarme mejor.

―No lo sé. Pero estoy seguro que lo hizo la otra zorra, la hermana de Burge, así que debe ser algo muy peligroso.

Masha de endereza―Esa niña es una amenaza. Cuando acabemos con esta subiré por ella, las vi entrar a ambas desde un principio ―me mueve la cara con la parte delantera de su zapato―, me he estado conteniendo más de lo que creía poder.

River esboza una media sonrisa. De un momento a otro se golpetea la frente y resopla―Debí guardar un poco de eso para Leonel.

Masha lo mira y se ríe vagamente―No importa, si atrapamos a la otra la haremos hacer más.

No voy a aguantar. Esta situación es irónica, y si pudiera reírme yo lo haría, pues justo cuando estuve tanto tiempo al cuidado de no tomar nada de las manos de Laika estoy aquí, agonizando gracias a ella, pero no por su culpa.

La puerta de arriba se abre y repentinamente las sonrisas de River y Masha se extinguen, dejándolos a ambos con miradas de confusión que comparten el uno con el otro.

Él le hace un gesto con la cabeza para que ella vaya a ver, como respuesta ella asiente y justo cuando da un paso en el primer peldaño de las escaleras las luces se apagan, dejándonos a oscuras, aunque realmente yo ya veo poca cosa.

Me duele detrás de los ojos, y mi pecho sigue bombeando como si alguien me diera puñetazos desde adentro. Araño el suelo, necesito un lugar donde poner mi desesperación, pero ahora mismo soy un estuche repleto de ello. Escucho unos cuantos golpes en las tinieblas, pero eso es apenas, porque mi audición se está perdiendo junto con mi vista y la posibilidad de moverme.

Maldita seas mil veces Laika. Esto no es tu culpa, tú no lo has puesto en mi boca, pero si querías encapsular el infierno en un solo sitio, lo has hecho en ese pequeño paquete de plástico que ahora me destroza desde adentro.




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