Otoño de 1995
Casa de los Marsuki
-La cena está lista, señora pilar.
Los ecos de risas y apresurados pasos no se hicieron esperar en la gran mansión. Todos los integrantes de la familia se encontraban felices festejando el reencuentro familiar que se llevaba a cabo ese majestuoso día. Afuera, las hojas no paraban de caer y el viento de aquel otoño no paraba de hacerlas revolotear.
El ambiente festín se sentía entre todos, y aún más para aquella jovencita que no dejaba de mirar con alegría los obsequios que sus hermanos habían traído para ella. A sus quince años, era una jovencita de ojos marrones brillantes, cabello castaño ondulado que le caía hasta la cintura, y una sonrisa que reflejaba la inocencia y alegría de su edad. Los niños más pequeños revoloteaban a su alrededor, compartiendo entre risas sus pequeñas travesuras que con una sonrisa cómplice ella aplaudía.
El sonido de una campana resonó en el aire llenando la instancia de un silencio inmediato. Todos dirigieron su mirada al patriarca de aquella familia, quién, con una serena sonrisa, los miraba a todos.
—A la mesa todos — anunció con tono suave, mientras dejaba la campana y tomaba asiento.
Todos siguieron sus pasos y, en breves minutos, estuvieron sentados frente a aquel comedor. La estancia, cálida y majestuosa, exhibía una perfecta armonía. Cuadros familiares colgaban de las paredes, exhibiendo momentos importantes y familiares, mientras detalles rústicos cuidadosamente elegidos aportaban un aire acogedor y nostálgico. Un amplio ventanal dejaba entrar la luz dorada del atardecer, iluminando cada rincón con suavidad y realzando la calidez del ambiente. En el centro, el imponente comedor, con capacidad para veinte personas, dominaba la sala, preparado para convertirse en el escenario de la velada.
En pocos minutos, los sirvientes salieron de la cocina y llenaron el comedor con deliciosos platillos que todos estaban ansiosos por probar.
En la cabecera del comedor se encontraba el patriarca, Miyako Marsuki. Alto y de porte firme, mantenía una presencia imponente pese a las canas que comenzaban a asomar entre su cabello castaño y su barba bien cuidada. Su tez morena, sus ojos rasgados de tono café y su expresión serena, le daban un aire de autoridad. Sus cejas gruesas acentuaban su mirada penetrante, mientras que su nariz recta y los labios apenas curvados en una sonrisa le daban un aire enigmático.
A su lado, Pilar, su esposa, irradiaba una elegancia discreta. De figura esbelta y cabello castaño que caía suavemente sobre los hombros, enmarcando un rostro de facciones suaves y ojos verdes que observaban todo con atención.
Kail, el hijo mayor, estaba sentado a la derecha de su padre. De rostro firme y modales sobrios, se parecía a Miyako más de lo que él mismo reconocía. Su esposa, Diane, equilibraba su carácter con su dulzura y su suave sonrisa. Entre ellos, tres niños se turnaban entre reír, interrumpir y corretear bajo la mesa. Carl, el mayor, ya intentaba imitar la postura de su padre, mientras que Seni no dejaba de contar anécdotas exageradas. Kazako, el menor, se aferraba a un pedazo de pan mirándolo con anhelo.
Del otro lado, Gerard, el segundo hijo, no ocultaba su buen humor. Sus bromas suaves y su risa fácil aligeraban el ambiente, y su actitud relajada contrastaba con la rigidez de su hermano mayor. Su esposa, Marilyn, observaba en silencio, con una elegancia discreta y una sonrisa leve. Lisa, su hija mayor, se sentaba junto a ella, callada pero atenta, mientras Aika murmuraba cuentos imaginarios a un trozo de manzana como si fuera un personaje secreto.
Después de tanto tiempo se permitían sonreír con más libertad, intercambiando miradas cómplices entre todos.
—¿Y qué pasó con el perro que se llevó la pelota? —preguntó Pilar, justo antes de ser interrumpida por los ladridos que imitaron Carl y Kazako, provocando un gran escándalo.
—¡Ese perro era una fiera! —intervino Kail, el mayor de los hermanos, riendo con una facilidad que sólo mostraba en estos encuentros—. Diane casi salta la cerca para salvar la pelota.
—Y tú te quedaste mirando, claro —añadió Diane con una sonrisa burlona—. Muy caballeroso.
Las carcajadas estallaron. Incluso Gerard, que intentaba contenerse mientras servía más vino, soltó una risa franca que contagió a Marilyn. Mientras, Lisa y Aika pateaban con sus pequeños zapatos a sus primos, quienes les devolvían el golpe en señal de reto.
Eleanor los observaba en silencio con una calidez creciente. Hacía meses que no los veía a todos juntos. Las ausencias que pesaban en su corazón parecían, por un instante, disiparse en el murmullo de voces cruzadas, platos pasados de mano en mano y brindis espontáneos por cualquier motivo.
— Por la familia, que sigue creciendo —dijo Miyako alzando su copa, con un tono acogedor.
—¡Y a las historias que nunca envejecen! —añadió Gerard, chocando su copa con la de su hermano mayor.
Era una tarde perfecta, llena de amor y memorias que perdurarían para siempre.