El otoño en que los perdí

Capitulo 2

Otoño de 1995

Casa de los Marsuki

La cena avanzaba en calma, entre risas constantes y el suave golpeteo de la vajilla. Mientras tanto Eleanor miraba con interés a sus pequeños sobrinos, cada uno metido en su mundo. Aika seguía enfrascada en su conversación secreta con el trozo de manzana, mientras los varones parecían tramar una nueva travesura bajo el mantel de lino. Se sentía extrañamente plena, como si el tiempo se hubiera detenido justo en ese instante.

Sin embargo, al desviar la mirada hacia su padre, notó un breve destello de melancolía en sus ojos café antes de que él volviera a sonreír. Era un gesto casi imperceptible, una sombra que cruzaba el rostro de su padre.

—¿En qué piensas, El? —la voz de Gerard la trajo de vuelta a la realidad.

Ella sacudió levemente la cabeza, haciendo que sus rizos castaños bailaran sobre sus hombros.

—Es solo que... me gusta verlos a todos así. Hacía mucho que la casa no se sentía tan llena.

Miyako, desde la cabecera, asintió con una lentitud solemne. Su mirada se suavizó al posarse en su hija menor.

—La casa solo es un montón de ladrillos y cuadros sin el ruido de la familia —comentó el patriarca—. Especialmente hoy, que celebramos que estás dejando de ser nuestra niña pequeña.

—Siempre será la pequeña de la casa, aunque mida dos metros —intervino Gerard, provocando una risita en Marilyn.

Kail, que hasta entonces mantenía una postura más rígida, relajó los hombros y miró a su hermana con orgullo.

—A juzgar por los libros que me pidió que le trajera, pronto será la más inteligente de todos nosotros —añadió Kail, ganándose una sonrisa radiante de Eleanor.

Una ráfaga de viento golpeó el gran ventanal con fuerza, haciendo que las sonrisas se tensaran con temor, mientras las pesadas cortinas de terciopelo se agitaban levemente. Fue solo un instante cuando el silbido fugaz de una bala atravesó el cristal. El estallido de los vidrios y una ráfaga de disparos rompieron bruscamente el ambiente festivo, transformando las risas en un caos de gritos. En un rápido movimiento los hombres y mujeres que se encontraban frente al ventanal tomaron a los niños y los metieron debajo de la mesa. Momento después la mesa fue volteada hacia ese lado en forma de escudo ante los disparos.

En medio del pánico, los susurros de desespero no se hicieron esperar.

—Maldición —susurró con desesperación el patriarca, aun escuchando los seguidos disparos que ya habían atravesado su costado.

—Necesitamos movernos, papá —murmuró Gerard con la voz temblorosa del pánico.— Saquemos a los niños de aquí.

Ese comentario los hizo salir de shock a todos. Pilar se adelantó gateando hasta la sala continua al comedor, revisando en cada vistazo las entradas al lugar. Ya adentro, el aire pesado la golpeó de inmediato. Los cuerpos inertes en la cocina se asomaban, sus frentes marcadas por disparos certeros, un rastro de muerte palpable.

Cerró los ojos por un momento, conteniendo el aliento mientras se tragaba las náuseas. Abrió los ojos lentamente y, con una pequeña sonrisa, se giró hacia los niños.

–Vengan – dijo con voz suave– Vamos a jugar, ¿les parece?

Seni fue la primera en gatear hacia ella, mirándola con incertidumbre.

–Tendrán que cerrar sus ojitos y esconderte detrás de ese sofá – le indico con ternura señalando el rincón oscuro de la habitación. – Solo cuando yo les diga pueden salir, ¿okey?

– Si – dijo la pequeña con voz tierna, aunque sus ojos buscaban una explicación.

– Hazlo. Ahora.

La pequeña gateó cerrando sus ojitos y dejándose guiar por el instinto. En menos de un minuto, aprovechando el refugio de la mesa de roble, todos los niños ya estaban detrás del sofá.

Los adultos se miraron entre sí, compartiendo un silencio cargado de preguntas muda. En ese breve silencio entre una ráfaga y otra, la alegría de la cena se había esfumado. Los rostros de Kail y Gerard habían perdido toda calidez, reemplazada por una rigidez gélida.




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