El otoño en que los perdí

Capitulo 3

Otoño de 1995

Casa de los Marsuki

Miyako apretó los puños mientras sus ojos rasgados recorrieron la estancia, buscando una explicación entre los cristales rotos. No había advertencias, no había deudas pendientes que él conociera, ni enemigos tan audaces como para atacar el corazón de los Marsuki en una noche de fiesta.

—¿Quién podría ser? —susurró Gerard, su voz despojada de cualquier rastro del buen humor de hace unos minutos—. Padre, nadie sabía que estaríamos todos aquí hoy.

Kail, al lado de Diane, mantenía la vista fija en la oscuridad que se colaba por el ventanal roto.

—No fue un error, Gerard. Esos disparos iban dirigidos a la mesa —respondió Kail con una frialdad que helaba la sangre—. Sabían exactamente dónde nos sentábamos. Pero, ¿por qué ahora? ¿Por qué de esta manera?

Pilar buscó la mano de su esposo, su rostro pálido pero firme. La duda flotaba en el aire como el humo de la pólvora: ¿Acaso alguien de su círculo íntimo los había traicionado? ¿O era un enemigo del pasado de Miyako que finalmente los había alcanzado?

El pánico se intensificó cuando, con un chasquido seco, las luces se apagaron por completo, sumiendo la mansión en una oscuridad absoluta. Los gritos ahogados de los niños fueron silenciados por las manos firmes de sus madres quienes corrieron rápidamente hacia ellos.

Para Eleanor, la oscuridad no fue un obstáculo, sino una oportunidad. Mientras sus hermanos y su padre susurraban órdenes tácticas en la penumbra, ella se movió con una agilidad casi invisible. Conocía cada rincón de aquella casa; cada crujido de la madera era parte de su memoria

Sin esperar nada, corrió rápidamente las escaleras hacia el segundo piso intentando no hacer ruido porque algo tenía claro y era que los estaban emboscando.

Al llegar arriba inmediatamente escucho el estallido de algunas ventanas romperse y el retumbar de pisadas fuertes. Abrió los ojos asustada y se escondió detrás de un mueble cercano. Escucho los pasos dirigiéndose al lugar más importante de la casa, la oficina de su padre.

Con la respiración entrecortada, escucho con más fuerza los gritos de sus sobrinos y la desesperación abrió camino en su corazón. Alguien los había traicionado de eso estaba segura y ahora su seguro de vida ya no podría usarlo sin morir en el intento.

Con temblor se concentró en los pasos y se escabulló hacia la oficina; sabía que había alguien adentro, pero ella haría lo que fuera por salvar a su familia.

—Tienen que estar aquí —gruñó una voz ronca desde el interior de la oficina.

El sonido de cajones siendo arrancados y papeles volando por los aires le dio la confirmación que necesitaba: no solo venían a matarlos, buscaban algo específico. Eleanor apretó los dientes para evitar que sus sollozos la delataran al escuchar un nuevo grito de Kazako desde el piso inferior. El tiempo se agotaba.

Con un movimiento fluido y desesperado, se deslizó por el pasillo. La puerta de la oficina estaba entreabierta, dejando escapar un hilo de luz de linterna que bailaba frenéticamente por las paredes. Eleanor se asomó con cautela.

Aprovechando que el hombre le daba la espalda para inspeccionar la estantería del fondo, Eleanor se deslizó por la rendija de la puerta con la ligereza de un espectro. Sus pies intentaban no emitir ni un solo crujido sobre la madera.

Bajo el ala del escritorio de roble, justo donde la madera se unía con el soporte lateral, se encontraba una pequeña protuberancia metálica, casi invisible. No era una alarma ruidosa que alertaría a los intrusos, sino un sistema de alerta silenciosa conectado directamente con la central de seguridad privada de la familia y la comisaría local.

—¡Aquí no hay nada! —gritó el hombre, pateando la silla giratoria—. ¡Mátenlos a todos! —declaró a través de su radio que colgaba de su chaleco.

La orden quedó flotando en la habitación, pesada y definitiva. Eleanor, encogida bajo el borde del escritorio con los dedos aún presionando el botón de pánico, sintió que el mundo se detenía.




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