Otoño de 1995
Casa de los Marsuki
Eleanor
Mis pulmones se cerraron, no sé cuánto tiempo deje de respirar, pero yo ya no era consciente. Las palabras de ese hombre se quedaron vibrando en mis oídos como un zumbido.
Entonces, el suelo bajo mis dedos empezó a temblar.
Pum. Pum. Pum.
Los disparos llegaron desde abajo, cada detonación era un golpe físico que me sacudía el cráneo. Eran rápidos, furiosos, una lluvia de plomo que devoraba el silencio. Escuche sus gritos mientras mis lagrimas se desbordaban por mi rostro y el sonido de los pasos del intruso se alejaron por el pasillo a toda velocidad.
Me quedé allí. No sé cuánto tiempo pasó. Podrían haber sido segundos o una eternidad. Mis dedos seguían hundidos en el botón de pánico, tan rígidos que ya no los sentía mientras mis ojos estaban fijos en un punto muerto de la alfombra.
Los disparos cesaron. El silencio que siguió fue mil veces peor, pesado y letal.
Mamá, papá…era en lo único que podía pensar.
Pero entonces, algo cambió.
Al principio fue un hilo de sonido, casi imperceptible sobre el pitido de mis oídos. Un lamento agudo, rítmico, que crecía desde la distancia. Uuu-iii. Uuu-iii.
Azul. Rojo. Azul.
Con mis piernas temblando me impulsé sosteniéndome del escritorio aún sintiendo mi cuerpo liviano; era como si mi mente estuviera manejando un cuerpo extraño
Salí al pasillo. El mundo se había vuelto denso, como si caminara a través de lodo. Bajé las escaleras peldaño a peldaño, el aire se había vuelto tan pesado que cada bocanada me quemaba la garganta. Las luces de las patrullas entraban por los ventanales rotos, proyectando sombras largas y deformes que danzaban sobre las paredes, tiñendo las fotos familiares de un rojo violento y un azul gélido.
Me acerqué a rastras, temiendo que el siguiente destello me mostrara lo que no quería confirmar. Cuando la luz azul volvió a barrer la estancia, vi su rostro. Tenía los ojos abiertos, fijos en el techo, pero sus pupilas eran dos pozos vacíos que ya no reflejaban el caos del exterior.
Mi padre estaba muerto.
Mi mundo se desmorono en segundos. Con la respiración agitada y mi visión borrosa por las lágrimas, decidí acerque lentamente hacia él y arrodillarme a su lado.
—Papi, no juegues. Despierta, por favor, por favor… por favor— suplique sollozando. Tome su mano y la acerque a mi frente mientras tomaba su pulso.
No había.
Él… ya no vivía.
Tome grandes bocados de aire mientras sentía el mundo girando a mi alrededor. Dejé su mano sobre su cuerpo y me levanté apenas con algo de fuerza. Aun tambaleándome, continué mi calvario hacia el comedor, sintiendo con cada paso un agujero en mi estómago. Allí… encontré a mi madre, apoyada contra la puerta de la estancia continúa mientras la luz roja revelaba el rastro denso que bajaba por su cuello. Mas sollozos salieron de mi boca mientras caía de rodillas.
—Por favor, mami. Levántate — suplique gateando hacia ella mientras tomaba entre mis manos su rostro.
Acaricie su rostro con mis manos temblorosas.
Abre los ojos, mami. Mírame.
El llanto se intensifico mientras sentía su sangre sobre mis manos. Ella ya no estaba conmigo, yo no había podido salvarla.
El mareo se hizo presente al percibir el olor a sangre. Solté su rostro y miré hacia la habitación de estar junto a el comedor. Me levante apoyando mis manos sobre las paredes intentado sostenerme para llegar allí. El olor a pólvora se intensifico con más fuerza y no pude evitar sollozar con fuerza.
La puerta medio abierta me dio una visión horror que mostraba la escena de mis dos hermanos y mis cuñadas. Eran un nudo de cuerpos, una muralla humana que no pudo detenerlos, arqueados en un último gesto de protección que me dejó ver, bajo el destello azul, los rizos de mis sobrinos asomando en el centro de aquel abrazo inerte. Ese silencio en los niños, esa ausencia absoluta de movimiento fue lo que terminó de romperme los nervios.
Cai de rodillas en medio de aquel mausoleo de sombras azules y rojas. Mis manos, empapadas en una humedad tibia que no era mía. Entonces, la realidad me golpeó con la fuerza de un naufragio.
Ya no intenté respirar ese aire que me quemaba. Abrí la boca y el primer alarido rompió la presión de mis pulmones. Fue un grito animal, un lamento que nació desde lo más profundo de mis entrañas y se estrelló contra las paredes manchadas. Grité hasta que mi garganta se desgarró, hasta que el sonido de mi propio dolor apagó el ruido de las botas de la policía golpeando la puerta principal. En ese momento, rodeada por los restos de mi vida, mis gritos fueron lo único vivo en casa.