Otoño de 1995
Hospital
Eleanor
“ —Eleanor.
—Jummm — respondí concentrada en el gorro que tejía.
—¿Sabes lo importante que es la familia?
Alce la mirada curiosa ante su pregunta. Mi madre y yo nos encontrábamos desde la tarde, después del té, haciendo nuestra actividad favorita: tejer. La estancia acogedora estaba adornada con flores y muebles, por lo que se sentía como estar en el jardín.
—Lo sé, “La familia está para ayudarse, apoyarse y cuidarse”
Mi madre sonrió ante aquello y continue con lo que hacía.
—Amo a mi familia, pero… — su mirada se apagó un poco — no podemos salvarlos a todos— su voz se escuchaba ahogada. Preocupada me bajé del mueble donde estaba y fui hacia mi madre dejando las cosas a su lado. Tomé sus manos y con una mirada firme, le sonreí.
—Mamá, si algún día no puedo salvarlos. Entonces prometo vivir por ustedes —dije con firmeza, haciendo que sus ojos se le llenaran de lágrimas.
—Esa es mi niña— mencionó acariciando mi cabello y acercándome a su pecho mientras me rodeaba con sus brazos.
Me hundí en su calor, aspirando ese aroma a lavanda y lana fresca que siempre la acompañaba.”
Abrí los ojos de golpe. No había flores, ni té, ni mamá. Solo el techo de un lugar desconocido, algo borroso. Pestañee un par de vez hasta acostumbrarme del todo.
El olor a desinfectante choco con mis fosas nasales y me hizo fruncir el ceño. Me ardió la garganta al respirar.
¿Dónde estoy?
Mire alrededor, desorientada, y entonces el sonido rítmico de una maquina se hizo presente, constante.
Aun adormilada, intenté incorporarme. Mi cuerpo apenas respondió, se sentía pesado, era doloroso. El leve movimiento me causo un tirón de dolor incomodo en mi espalda y una presión extraña se instaló en mi pecho, tan intensa que por un momento me dejo sin aire.
Respire con calma intentando tranquilizar los rápidos latidos de mi corazón. El pitido de la maquina parecía acelerarse al mismo ritmo que mi respiración, y una sensación de ahogo comenzó a treparme por la garganta.
—Tranquila, no te muevas— dijo una suave voz a mi lado.
No la había escuchado entrar; una enfermera apareció en mi campo de visión, inclinándose sobre mí con movimiento agiles y cuidadosos. Apoyo su mano levemente en mi hombro.
—Respira conmigo —indicó—. Despacio. Todo está bien.
Segui su petición como pude, inhalado y exhalando mientras ella vigilaba el monitor. Poco a poco, la presión en el pecho cedió y el temblor de mis manos se calmó. Deje de sentir esa dolorosa opresión en el pecho.
De repente el sonido de la puerta me hizo mirar hacia allá, fue entonces que vi entrar a una figura familiar. Mi abuelo avanzo despacio, con el rostro tenso y los ojos oscuros. Se acerco a la cama despacio y miró mi rostro con seriedad, como si buscara alguna reaccion de mi parte.
—Ya pasó—murmuró—Estoy acá.
Su voz, grave y conocida, me reconforto por un momento. Aprete mi mano con fuerza, tratando de difuminar mi mente borrosa, y antes de que saliera una palabra de mi boca, un recuerdo se filtró en mi cabeza.
Ya paso.
Esa misma frase, dicha con otra voz, en otro momento. La de mi padre. La seguridad y cariño que siempre trasmitía con ella. El eco de ese recuerdo me apretó el pecho y el alivio se rompió de golpe.
Sentí un vacío doloroso abrirse ante mí. Cerré los ojos, intentado así borrar los dolorosos recuerdos, pero estos se hacían más reales.
Cuando volví a abrirlos, miré fijamente a mi abuelo. Tenía su mirada de lastima calvada en mí, y eso fue suficiente para confirmar mi gran temor.
Era real.
Ellos ya no estaban aquí.
Negue con la cabeza, una y otra vez. La desesperación se abrió paso dentro de mí, empujándome a moverme, a levantarme.
—No—grité— No, no, no…
Intenté incorporarme con torpeza, llamándolos, buscando con la mirada la mirada alguna señal de ellos. Mi voz se elevó sin que pudiera detenerla, temblorosa, desesperada. Gritaba sus nombres, gritaba que me dejaran ir, que tenía que encontrarlos. Sentía manos sujetándome, voces hablándome al mismo tiempo, pero no lograba entenderlas.
Todo se volvió confuso. El rostro de mi abuelo se desdibujó entre lágrimas, el pitido de la máquina se mezcló con mi llanto. Sentí el pinchazo en el brazo y alguien pidiéndome que me calmara, que respirara.
La fuerza empezó a abandonarme lentamente. Los sonidos se apagaron, las imágenes se volvieron borrosas, y mis pensamientos se arrastraron, pesados, mientras el sueño me vencía.
No había podido llegar tan tarde, todo era mentira. Ellos debían estar esperándome. Ellos debían estar…
Muertos.