El otoño en que los perdí

Capitulo 6

Invierno de 1995

Inglaterra

Eleonor

Había pasado mucho tiempo en el hospital; ya no recordaba cuánto. Los días pasaban como horas, y las horas como minutos, hasta que supe que habían pasado 3 meses. Las vísperas de año nuevo se acercaban y yo no hacía más que mirar cómo caían los copos de nieve desde la ventana de la habitación del hospital. La primera vez que desperté, había pasado una semana desde lo ocurrido; recuerdo solo cosas borrosas, fragmentos sueltos y la sensación constante de estar sedada.

Esto era Inglaterra. No recuerdo cuándo llegué ni cómo. Solo sé que, al abrir los ojos, ya no estaba en mi tierra natal. Y esa certeza, lejos de doler, se sentía extrañamente vacía.

Mis días se volvieron iguales. Me despertaban para revisiones, me hacían preguntas que respondía sin pensar y luego me dejaban sola otra vez. A veces me preguntaban cómo me sentía, pero nunca sabía qué decir, así que solo encogía los hombros. Comía porque me lo pedían, no porque tuviera hambre. La comida no sabía a nada. Después dormía, o me quedaba mirando el techo hasta que volvía a dormirme. Cuando estaba despierta, miraba por la ventana. Veía la nieve caer una y otra vez, lenta, silenciosa. Me quedaba allí mucho tiempo, sin pensar demasiado, como si mirar fuera lo único que me distraía.

Las personas entraban y salían de la habitación. Enfermeras, médicos, a veces mi abuelo y su familia. Todos hablaban en voz baja, como si yo fuera a romperme. Yo escuchaba, pero no reaccionaba. Tampoco preguntaba nada.

Mi abuelo venía casi todos los días. Siempre a la misma hora. Se sentaba en la silla junto a la cama y se quedaba allí, en silencio, como si me analizara todo el tiempo. A veces me preguntaba si había comido o si me dolía algo. Yo asentía o negaba con la cabeza. No tenía ganas de hablar. Él tampoco insistía.

Nunca había sido cariñoso. Siempre fue serio, callado, de pocas palabras. Un hombre acostumbrado a los trajes oscuros y a gestos medidos. Imponía respeto más que cercanía, y yo había aprendido a mantener cierta distancia. Recuerdo que con él solo existían las llamadas cortas, visitas breves, conversaciones cuidadosas. Yo nunca lo entendí del todo; solo sabía que esa era la relación que había.

Ahora no era distinto. Su frialdad seguía ahí, marcada en cada paso calculado. Me traía agua, acomodaba la manta sobre mí y preguntaba, con una calma inquietante, si necesitaba algo más. Tal vez esa distancia también había sido su forma de querer. Y ahora, conmigo, aunque no supiera bien cómo acercarse, intentaba ser atento.

Con el tiempo volví a ver a mis primos, a mi tío y a su esposa. Vinieron al hospital un par de veces. Nunca esperé volver a verlos; nunca fuimos cercanos, ni amigos, ni compañeros de aventuras. Cada uno vivía su propia burbuja, una burbuja que para mí ya no existía. Recordaba poco de ellos, solo sus chistes sarcásticos y sus miradas de asco. Mi tía no era muy distinta; era una mujer de Inglaterra, de la alta sociedad, infundada de ropa de marca y grandes sonrisas falsas, todo lo contrario a mamá.

Mamá… ella estaría haciendo chistes sobre la comida del hospital mientras yo estaría riendo a carcajadas viendo los gestos raros que hacía papá detrás de ella.

Era extraño todo; en mi mundo ya no estarían. Solo quedaba yo.

El sonido fuerte de unos tacones me hizo ponerme rígida sobre el cristal de la ventana. Cerré los ojos automáticamente, esperando recibir su sutil regaño contra mí y su risa mordica.

— Pero, querida, ¿qué haces de pie? ¿Quieres quedarte más tiempo aquí o qué? —mofó, acercándose, mientras yo abria los ojos manteniendo la mirada fija en el paisaje de afuera.

No quería verla; era una sensación de molestia combinada con incomodidad. No era nada familiar, no había conexión de nada. Solo una sensación de extrañeza.

Escuchaba sus pasos recorrer la habitación mientras movía algunas cosas de lugar. Giré apenas el rostro para verla acomodar comida sobre la pequeña mesa en medio del largo sofá que estaba frente a la camilla.

La habitación era amplia y la luz que entraba por el gran ventanal iluminaba cada rincón. Los tonos claros y el suelo brillante hacían que todo se viera demasiado limpio. A mi lado, la camilla de hospital permanecía perfectamente acomodada, con las sábanas beige lisas y las almohadas en su sitio. Junto a ella estaban la máquina y un pequeño sillón. Frente a mí, el sofá largo rodeaba la mesa donde descansaban algunas flores y ahora la comida acomodada. Todo estaba en orden.

Alzó su mirada y movió los dedos lentamente, indicándome que fuera hacia ella.

Me despegué de la ventana y me acerqué a ella mientras miraba la comida sobre la mesa.

— Tu abuelo me pidió que viniera, tiene algo importante que decirte — dice examinando sus uñas con desinterés.

Asiento en respuesta y me siento a su lado mirando la comida. En un plato hondo descansaba la sopa aún humeante. A su lado, el espagueti cubierto de salsa roja desprendía un aroma cálido, acompañado por una pequeña porción de arroz.

El aroma llega hasta mis fosas nasales, haciendo rugir mi estómago. Apreté los labios con vergüenza y tomé la cuchara con cierta torpeza.

El vapor cubre mi cara y pruebo lentamente. El sabor hogareño me hizo sentir un nudo en el pecho.

Tragué despacio, obligándome a mantener la calma mientras el calor descendía por mi garganta. Por un instante pude imaginar aquellas cenas en casa, las voces alrededor de la mesa, las risas suaves y la sensación de no estar sola.




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