El otoño en que los perdí

Capitulo 7

Invierno 1995

Hospital

Eleanor

Terminé de comer y me acomodé lentamente en el sofá, encogiendo las piernas contra mi cuerpo mientras sentía el cansancio nublarme. Los días sin dormir bien empezaban a pesarme más de lo que me gustaría.

Era frustrante sentirme así, difusa y vacía.

Apoyé la cabeza contra el respaldo y fijé la vista en un punto vacío de la habitación. Poco a poco, el silencio reinó por completo.

Mi mente se deslizó lejos de allí sin poder evitarlo.

Recordé mi habitación y el ruido que hacía mi música por toda la casa. Recordé la risa de mis padres al escuchar las canciones tan cursis que tanto me gustaban. Ahora daría lo que fuera por volver a escucharlos.

Porque, poco a poco, sentía que los olvidaba.

Eleanor.

Tragué saliva con dificultad y apreté más mis piernas contra mí.

—Eleanor, ¿ya terminaste de ignorarme? — la escuché decir, arrastrándome de mis pensamientos. Parpadeé un par de veces antes de girar para verla.

Su rostro perfectamente maquillado mostraba una expresión de aburrimiento acompañada de una mueca de fastidio. Era una mujer hermosa, sin dudarlo, de facciones delicadas y ojos claros que parecían cambiar con su estado de ánimo, aunque siempre parecían reflejar molestia. Su cabello oscuro caía perfectamente sobre sus hombros y su postura recta le daba ese aire elegante y distante que tanto la caracterizaba.

—No me gusta repetir las cosas dos veces— dijo mientras se levantaba. Tomó su bolso del mueble y luego deslizó sus manos por la tela de su fino vestido, alisándolo con evidente incomodidad—. Tu abuelo vendrá en un momento, así que no se te olvide mencionar lo hospitalaria que he sido hoy.

La observé en silencio mientras asentía lentamente. Era una mujer alta y delgada, de cintura fina. El vestido oscuro abrazaba su figura, combinado con sus distintivos tacones impecables que resonaban con firmeza sobre el suelo brillante. Sus manos y cuello estaban adornados con grandes joyas, y su cabello oscuro caía perfectamente peinado sobre sus hombros.

—Bueno, tengo que irme. Tengo asuntos importantes —comenta alejándose de mí mientras sus tacones resuenan a cada paso.

—Ah, por cierto —dice deteniéndose frente a la puerta. Gira su rostro hacia mí con una gran sonrisa blanca—. Espero que hoy tengas un lindo día.

Sin decir más, gira su rostro y abre la puerta, saliendo por completo de la habitación.

Lindo día.

¿Qué significa eso?

Antes de que pueda seguir preguntándomelo, una figura familiar aparece en la puerta y la abre lentamente.

El abuelo.

Su presencia cubrió toda la habitación apenas entró. No dudó en avanzar mientras sus ojos azules recorrían toda la habitación. Por unos segundos se detuvieron en mí y su semblante se oscureció.

Vestía un traje oscuro perfectamente ajustado que parecía hecho exclusivamente para él, acompañado de un reloj elegante que brillaba discretamente bajo la luz. Su cabello gris estaba cuidadosamente peinado hacia atrás y las líneas marcadas en su rostro endurecían aún más su expresión.

Camino con pasos lentos y firmes hacia mí, siguiendo de largo hasta el ventanal. Al llegar frente a este, la luz del sol cubrió parte de su rostro, impidiéndome distinguir con claridad su expresión.

—¿Cómo sigues? —cuestiona sin girar su rostro hacia mí.

Preparé mi voz y con suavidad respondí: —Bien.

Mi respuesta quedó suspendida en el aire mientras el silencio se apodera de la habitación. Los segundos se vuelven eternos y los minutos incómodos.

Agaché la cabeza y la apoyé sobre mis rodillas, abrazando mis piernas con más fuerza. Ver su postura rígida me generaba temor porque lo que fuera que tuviera que decir… no quería oírlo.

Sentí el leve movimiento del sofá hundiéndose en el espacio vacío a mi lado. Con cierto temor, levanté el rostro y lo miré, buscando su mirada.

—No quería tener que contártelo así —empezó diciendo—. Eleanor, yo... —se detuvo.

Tragué saliva con fuerza y apreté los ojos.

—¿Tú qué? —pregunté casi en un susurro.

Su rostro se giró hacia mí con una expresión indescriptible.

—Tenemos muchas cosas de las que hablar. Como sobre tu futuro y las cosas que pasaron en *Sapporo, pero primero necesito que sepas algo.

Sus ojos me miraron fijos por un momento antes de parpadear y apartarlos.

—La casa... está en ruinas. La incendiaron para cubrir las evidencias. No quedó nada —declara mirando el suelo.

Mis ojos se llenaron de lágrimas y un dolor latente sacudió mi pecho. Negué con la cabeza un par de veces antes de expulsar lentamente el aire de mis pulmones.

Eso no podía ser cierto.

Me levanté con rapidez y caminé hacia la puerta. Al llegar frente a ella, sentí su mano sujetar mi brazo. Con la vista borrosa, sacudí mi brazo con molestia, zafándome.

—¡Eso no es cierto! —grité con furia, sintiendo mi voz quebrarse en mi garganta.

Sujetó mis brazos y me obligó a quedar frente a él.

—Lo lamento mucho —dijo en voz baja.

Al ver su expresión, sentí mi alma desplomarse a mis pies. Me quedé inmóvil, con las piernas temblando, la vista nublándose poco a poco. Puse las manos sobre su pecho e intenté empujarlo desesperada.

—Llévame a casa... por favor. Llévame a casa —murmuré con la voz rota mientras mi cuerpo se deslizaba hacia el suelo, sosteniéndome de su ropa.

Al chocar mis rodillas contra el suelo, el llanto que había contenido durante días terminó por romperse dentro de mí.

*Sapporo: Capital de la prefectura de Hokkaido, al norte de Japón.




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