Invierno 1995
Hospital
Eleanor
Otra vez.
Sedada.
Sin conciencia.
Solo voces lejanas a mi alrededor.
Todo difuso.
El pitido constante de la máquina me despierta. Parpadeo un par de vez enfocando mi vista aún nublada en el techo mientras intento reponerme por completo. Mi cuerpo se siente pesado y mi mente se siente como neblina.
El sonido del viento contra el cristal me distrae haciéndome girar el rostro hacia el ventanal. Ya era de noche, las estrellas brillaban sobre esa gran manta negra y la luna iluminaba débilmente la habitación.
Poco a poco los recuerdos de lo que había pasado regresaron a mi.
"La casa... está en ruinas. La incendiaron para cubrir las evidencias. No quedó nada."
Mi casa.
Mis cosas.
Los cuadros.
Mis libros.
Todo en cenizas.
Cerré los ojos con fuerza y solté una risa vacía, sintiendo cómo mi cuerpo temblaba ligeramente. No quería imaginarme la situación, no quería pensar en cada cosa que perdí, porque... incluso después de perderlo todo, la vida seguía encontrando formas de arrebatarme lo poco que quedaba.
Puse una mano sobre mi pecho, intentando calmar el miedo que comenzaba a formarse dentro de mí. Odiaba la sensación de temer a algo, pero el miedo a olvidar sus voces, sus rostros, los pequeños detalles que me hacían tan feliz, empezaba a atormentarme cada vez más.
Con cuidado me senté lentamente sobre la camilla mientras un dolor se extendía por mi espalda, paralizándome unos segundos. Mientras me reponía del dolor, tome la manta cuidadosamente y la eche hacia un lado. Tomando fuerza y quitándome el suero de mi brazo me deslicé hacia la orilla dejando mis pies colgando.
Quería huir, pero ¿A dónde?
No tenia una casa, ni un hogar, ni una familia. Solo quedaban trozos y cenizas de algo que había sido mío.
Observe mis pies un rato hasta que tome el valor de bájame. Al tocar el suelo frío con mis pies un sentimiento de añoranza me envolvió. Se sentía igual a cuando íbamos a esquiar. El frio me calaba los huesos, pero la felicidad de cada momento lo envolvía todo.
Tomé una respiración profunda antes de empezar a caminar hacia la puerta con firmeza. Con pasos lentos me acerqué al sofá y tomé una chaqueta, poniéndomela con movimientos torpes.
Al salir de la habitación observe el largo pasillo. Estaba todo vacío; solo las luces blancas iluminaban el suelo brillante. Caminé sin rumbo, pasando por lo que parecían infinitas puertas. El silencio era abrumador; solo mis pasos hacían algo de eco en el lugar.
Era una experiencia diferente. El hospital nunca me había parecido un lugar tan solitario. Nunca estuve tanto tiempo en uno, pero en las pocas ocasiones nunca estaba sola. Siempre estaban ellos. Mi madre, preocupada por cada detalle, mientras mi padre no podía evitar reírse de eso, y no podían faltar las llamadas de mis hermanos junto a mis sobrinos deseando distraerme.
Mientras lo recordaba con la cabeza agachada, observé mis pies descalzos. Mamá estaría enojadísima si me viera así. Seguramente ya me habría obligado a ponerme pantuflas mientras se quejaba de que terminaría enfermándome más.
Me mordí el labio, deteniendo el temblor y el llanto que se acumulaba en mi garganta. Levanté la vista rápidamente, despejándome, y me topé con una puerta que llevaba a las escaleras de emergencia. La atravesé con cuidado y empecé a subir cada escalón mientras pequeños dolores recorrían cada parte de mi cuerpo, algo que evitaba que pensara de más.
Una mueca de cansancio se formó en mis labios cuando por fin llegué frente a la puerta. Sujeté el frío metal por unos segundos antes de empujarla lentamente.
El viento helado me recibió de golpe, haciéndome retroceder un poco. Las luces de la ciudad iluminaron mi vista y por un instante olvidé respirar.
Era hermoso.
La gran terraza dejaba ver toda la ciudad bajo la noche, y desde allí la luna parecía mucho más brillante.
Caminé con paso rápido hacia el borde mientras observaba cada detalle del paisaje. Los edificios se alzaban cubiertos de luces blancas y amarillas que parecían extenderse, mientras los autos avanzaban lentamente como pequeños destellos en movimiento. Desde allí arriba, todo se veía distante, silencioso… casi irreal.
La luna brillaba sobre el cielo oscuro, iluminando débilmente los bordes de la terraza y moviendo mi cabello con cada ráfaga de viento. El aire frío golpeaba mi rostro constantemente, pero por primera vez en días sentía algo real.
Un movimiento a mi izquierda llamó mi atención de manera inmediata. Giré mi rostro hacia allí, viendo un bulto oscuro apoyado en una esquina de la terraza. La curiosidad no era algo que me caracterizaba, pero la situación era tan extraña que sentí mi corazón acelerarse de a poco.
¿Era un objeto o una persona?