El otoño en que los perdí

Capitulo 9

Invierno 1995

Hospital

Eleanor

Café y azul.

Sus ojos eran lo más extraño que había visto y aun así eran realmente fascinantes. Permaneció mirándome un rato, pero sus ojos no parecían enfocados realmente en mí. Parecía una mirada desenfocada, algo perdida.

Acerque el dorso de mi mano hacia su frente y percibir algo de temperatura que me hizo alarmarme.

Con nervios agarre su hombro, pero este no pareció reaccionar del todo. Mire su rostro buscando alguna respuesta en él mientras mordía mis labios sin saber que hacer.

— Tú…—deje la palabra suspendida en el aire al sentir su mano caliente cerrarse sobre mi mano.

Sus dedos temblorosos me tomaron con suavidad y eso fue suficiente para sentir una extraña calidez erizando mi piel.

—Ma… ma… —murmuró.

Su voz salió quebrada, apenas un suspiro ronco que casi no se lograba oír en medio del ruido de la noche. Fruncí el ceño, inclinándome un poco más hacia él, intentando entender.

—¿Mamá…? —pregunté en voz baja cerca de su rostro.

Pero sus ojos seguían igual de perdidos, desenfocados, como si estuviera atrapado entre un sueño y la realidad.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios mientras acerca sus manos hacia mi rostro y acunaba mis mejillas entre ellas, sosteniéndome con una delicadeza que contrastaba con el temblor de su cuerpo.

—Mamá… —susurró otra vez, apenas audible.

Un dolor extraño me golpeó el pecho, como una punzada suave y amarga que me obligó a morderme el labio, conteniendo mis emociones.

—Yo… también extraño a mi mamá —murmuré alejándome un poco y sentándome frente a él, esquivando con cuidado sus piernas estiradas sobre el suelo.

La brisa nocturna se colaba por la terraza, fría sobre mi piel, pero el calor que desprendía él seguía sintiéndose incluso a esa distancia.

Me mantuve en silencio un rato observando su expresión cabizbaja. Sus manos descansaban torpemente sobre sus piernas.

No tenía pinta de ser algún paciente, entonces, ¿quién era él?

—¿Debería buscar ayuda? —cuestioné en voz alta mirando hacia la puerta.

—No —su voz ronca respondió sorprendiéndome y haciéndome retroceder instintivamente.

Levantó su rostro hacia mí y su mirada ahora se veía más intensa, aun opacada por la fiebre.

Tragó con dificultad antes de volver a hablar.

—No la extrañes... —murmuró con la respiración entrecortada—. Duele demasiado.

Sus palabras cayeron en un silencio pesado entre nosotros.

Por un instante no supe qué responder. Algo en su tono de voz hacía que sus palabras doliesen un poco más. Sonaba roto, cansado.

Desvié la mirada hacia la puerta otra vez, dudando.

Estaba delirando por la fiebre y apenas podía mantenerse consciente; debía simplemente ignorarlo y buscar ayuda. Pero antes que pudiera levantarme, sentí sus dedos aferrarse débilmente a la manga de mi chaqueta.

—No te vayas, por… favor —dijo débilmente manteniendo mi mano entre las suyas.

Lo miré por un segundo y decidí mantenerme quieta. Solté suavemente su mano y volví a tomar su temperatura con mi dorso.

—Estás ardiendo en fiebre, necesitas ayuda —comenté preocupada al notar con más claridad la expresión de su rostro.

Nego con la cabeza un par de veces antes de intentar levantarse sin éxito.

Apenas consiguió incorporarse unos centímetros cuando su cuerpo se tambaleó, cayendo un poco sobre mí justo cuando me había levantado para ayudarlo.

El impacto me hizo retroceder un paso torpemente. Su cuerpo terminó apoyado contra mi pecho, inclinándose demasiado sobre mí, incapaz de sostenerse por sí solo.

Su cercanía aceleró mi corazón con un nerviosismo extraño. Yo… nunca tuve a un chico tan cerca.

Con cierta torpeza rodeé su cintura, sintiendo el calor de su cuerpo atravesar la tela de la ropa. Solo parecía llevar puesto un suéter de lana oscuro y unos pantalones acampanados que no parecían suficientes para el frío de la noche.

Temía perder el equilibrio con él encima. Era un chico realmente alto y grande, y mis brazos apenas conseguían rodearlo.

Tomé una respiración suave, tratando de ignorar la fuerza con la que latía mi corazón. Podía sentir y escuchar su respiración temblorosa cerca de mi hombro, demasiado débil.

—No puedo… quedarme mucho tiempo aquí —murmuró entre dientes, frustrado—. No quiero que me encuentren —continuó, buscando apoyarse mejor sobre sus pies.

Su cuerpo volvió a tambalearse apenas terminó de hablar. Sus manos se aferraron débilmente a mis brazos, como si incluso mantenerse consciente lo estuviera agotando.

—Odio ser sedado —dice de forma inesperada, con la voz áspera por el cansancio—. Odio el medicamento. Y también… odio estos malditos ojos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.