El otoño en que los perdí

Capitulo 10

Invierno 1995

Eleanor

Desperté con una opresión extraña en el pecho. Lo que había pasado la noche anterior me había mantenido en vela durante horas y más al saber que la puerta de la habitación estuvo cerrada hasta algunas horas de la mañana.

Todo era realmente extraño.

Después de regresar a la habitación, el pasillo se había vuelto mucho más silencioso. Sin ruido de pasos, ni voces, como si todos se hubieran esfumado. Ahora odiaba el silencio después de situaciones así, temía salir y encontrar algo terrible esperándome al otro lado.

Por eso permanecí casi toda la noche con la mirada en el techo, temiendo que pasara algo, hasta que terminé quedándome dormida por el cansancio.

Por la mañana, el ruido de la puerta siendo abierta y los pasos de una enfermera entrando para verificar mi estado me despertaron. Aun así, medio dormida permanecí con los ojos cerrados hasta que se fue. Un par de horas después, habían traído mi insípido desayuno y, cada vez que intentaba entablar conversación con alguna enfermera, estas solo me sonreían y salían de la habitación de manera apresurada.

No entendía nada.

Estuve acostada toda la mañana sola, sin noticias de lo que había sucedido. Caminé por la habitación para distraerme, temiendo salir, hasta que, más tarde, el abuelo apareció y me informó que justo hoy me darían de alta.

Según él, dijeron que ya estaba mejor, pero yo realmente creía nunca estarlo.

Recomendaron ayuda terapéutica, aunque no parecía muy convencido y tampoco cuestioné mucho. Después de lo ocurrido la noche anterior, no quería que indagaran más sobre la herida, solo quería… intentar seguir viva.

Al salir de la habitación en la que había estado mucho tiempo, fue que comprendí lo vacía que me sentía.

Yo no tenía nada que llevarme; la ropa que tenía no era mía, mis cosas ya no existían. Ahora, más que nunca, me sentía a la deriva.

Salimos del hospital escoltados por el chofer, quien amablemente nos abrió la puerta del auto. Al verlo, algo se apretó en mi pecho. Sus ojos rasgados me recordaban a mi país. A lo que había dejado allí.

Ahora estaba sin familia ni amigos.

Con un suspiro tembloroso, entré al auto mientras la puerta se cerraba suavemente detrás de mí.

Ya adentro escuché la voz de mi abuelo mencionar casa y fiesta, y el desánimo me hizo voltear hacia la ventana.

Esa no sería mi casa, ni para mí sería una agradable fiesta.

No lograría disfrutar algo que me hacía sentir fuera de lugar. Porque yo no debería estar aquí. Debería estar en casa.

Por momentos deseaba volver a aquella terraza y ocultarme del mundo como… aquel chico.

Solté un suspiro y dirigí la mirada hacia la puerta del hospital; con curiosidad observé una figura en silla de ruedas. Por unos segundos su rostro me pareció familiar, pero al ver sus ojos descarté la idea. Sus ojos no eran los mismos. No era él.

El auto arrancó, haciendo que desapareciera el hospital de mi vista. Me recosté contra el asiento mientras observé el paisaje avanzando.

—¿Qué te gustaría almorzar? Pueden preparar lo que desees —comentó el abuelo, sacándome de mis pensamientos.

Giré mi rostro hacia él mientras este parecía absorto en su celular y portátil.

Una mueca se formó en mis labios antes de volver a dirigir la mirada hacia la ventana, donde las gotas de lluvia comenzaban a deslizarse lentamente sobre el cristal.

—No lo sé.

Mi respuesta quedó en el aire mientras escuchaba las cortas respuestas de mi abuelo por celular y el sonido constante de teclado.

Odiaba todo.

Solo quería desaparecer.




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