El otoño en que los perdí

Capitulo 11

Invierno 1995

Mansión Cox

Eleanor

No conocía lo ostentoso que era el abuelo, pero bastó ver aquella enorme mansión para comprenderlo.

Al llegar frente a las enormes rejas de su mansión, no pude evitar mirar todo con asombro.

Las puertas de hierro negro se abrieron lentamente apenas el auto se acercó, revelando un largo camino de piedra rodeado por hileras de faroles. La lluvia caía sobre el parabrisas, difuminando ligeramente la vista de la enorme mansión que se alzaba al fondo. Incluso bajo el cielo gris, el lugar seguía viéndose imponente.

Las paredes claras estaban húmedas por la lluvia y los enormes ventanales reflejaban el cielo nublado. Más adelante, una gran fuente descansaba en el centro del camino, rodeada por jardines perfectamente cuidados.

Mis ojos recorrieron cada detalle con una mezcla de asombro e incomodidad.

El chofer disminuyó la velocidad mientras avanzábamos por la entrada principal. Observé las esculturas de mármol mojadas por la lluvia, los árboles perfectamente podados y los balcones enormes que adornaban la fachada.

Yo definitivamente no encajaba aquí.

El auto se detuvo frente a una gran puerta de madera, con amplios escalones donde dos personas aguardaban sosteniendo sombrillas negras. Apenas el vehículo se estacionó, ambas descendieron rápidamente bajo la lluvia y una de ellas abrió la puerta del auto para permitirme salir.

El aire húmedo y frío rozó mi rostro de inmediato.

Una joven con uniforme de servicio se colocó a mi lado, cubriéndome con la sombrilla antes de indicarme el camino con una leve inclinación de cabeza.

Subí cada escalón lentamente, observando con timidez cada detalle a mi alrededor. Las gotas de lluvia resbalaban por las columnas blancas de la entrada y el sonido del agua golpeaba el techo.

La enorme puerta principal se abrió antes de que pudiera detenerme frente a ella.

Al entrar, mis pasos vacilaron apenas. Frente a mí, una gran escalera se desplegaba hacia el segundo piso. Las paredes color crema hacían que todo luciera impecable y luminoso, mientras los pisos de madera oscura brillaban perfectamente pulidos bajo las enormes lámparas de cristal que colgaban del alto techo.

Todo el ambiente me hacía sentir fuera de lugar.

Una mano en mi hombro me hizo fijarme en el abuelo, el cual empezaba a caminar frente a mí elegantemente desaparecido hacia una estancia a la derecha.

Antes de seguirlo, voltee hacia la joven que me había ayudado antes y hacia el chofer que ahora permanecía a su lado. Incliné ligeramente la cabeza en agradecimiento.

—Domo arigatou gozaimasu. (Muchísimas gracias)

Antes de ver sus reacciones, gire rápidamente y camine apresuradamente hacia la estancia.

Al entrar, una pequeña reunión familiar estaba llevándose a cabo.

La estancia era grande y elegante. Dos largos sofás estaban a cada lado de la gran chimenea encendida, llenando el lugar con una calidez que contrastaba con la tensión que sentía. Mis primos estaban sentados junto al abuelo, mientras enfrente mi tío estaba junto a su esposa.

Todos conversaban de manera amena hasta que notaron mi presencia.

Me sentía pequeña.

Observada.

Fuera de lugar.

Cada uno me detalló de arriba abajo, lo suficiente para notar sus simples gestos de indiferencia o su notable desagrado. Mi tía fue la primera en demostrarlo abiertamente. Sus ojos se detuvieron en mí con evidente desaprobación, haciéndome apartar el rostro por un instante mientras intentaba controlar la incomodidad que comenzaba a cerrarme el pecho.

Me quedé de pie unos segundos hasta que con pasos firmes caminé hacia ellos, reuniendo el valor para sentarme. Me senté junto a mi tío, pegada discretamente a la esquina del sofá.

Poco a poco dejaron de mirarme y retomaron la conversación.

Los observé detallándolos por primera vez.

Mis primos, ambos rubios, tenían la piel clara, ojos azules intensos y facciones perfectamente definidas. Sus mandíbulas marcadas, narices rectas y sonrisas impecables hacían que todo en ellos se viera armonioso. Incluso la manera en que se movían y mantenían la postura parecía calculada. Rowan, de 17 años, y Alfie, de 16 años, parecían pertenecer a esas familias de revistas.

Vestían de manera casual con el cabello corto y perfectamente peinado, dándoles esa apariencia impecable.

Incluso el abuelo, sentado junto a ellos, parecía una versión mayor de ambos, con el cabello rubio mezclado con canas y el mismo perfil elegante y afilado. Los tres encajaban demasiado bien juntos.

Mi tío Callum, sentado a mi lado, era completamente distinto a ellos. Tenía el cabello castaño oscuro, ojos negros y una barba perfectamente cuidada que endurecía aún más su expresión. Su cuerpo era más grande y ancho que el de los demás, y aun sentado transmitía una sensación intimidante.

Su esposa Carthia, en cambio, parecía demasiado delicada a su lado. Rubia, de ojos claros y facciones finas, mantenía la espalda recta y las piernas cruzadas con elegancia. Cada movimiento suyo era cuidado y preciso.

Tragué saliva y bajé un poco la mirada.

Me intimidaban.

Todo en esa habitación lo hacía.

Todos parecían seguir una regla invisible. La manera de sentarse, de hablar, de mirarse entre ellos… incluso el silencio se sentía controlado.

En casa nunca fue así.

Todos hablaban demasiado fuerte y reían sin parar, incluso cuando mamá se quejaba del desorden mientras papá intentaba calmarla entre risas. Todo era más simple, más natural.

Nadie me hacía sentir juzgada todo el tiempo.

Aquí, en cambio, sentía que hasta respirar demasiado fuerte podía incomodarlos.

La voz de mi abuelo me hizo enfocar la mirada en él.

—Debemos empezar a negociar. La familia Cavendish ha vuelto, no podemos perder esta oportunidad, ¿lo entiendes? —declaró enfocado en su celular.




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