Invierno 1995
Mansión Cox
Eleanor
Al llegar a la habitación aún seguía asombrada por cada pasillo y lugar de esta mansión. Apreciaba por lo menos alejarme de esa estancia tan asfixiante e incómoda.
Con un suspiro, escuché atentamente cada indicación que la señora Ana me daba mientras caminaba de aquí allá por la habitación.
Era amplia, con adornos rústicos y modernos, igual que el resto de la casa. Los tonos grises, crema y madera oscura cubrían gran parte del lugar, mientras las molduras blancas decoraban las paredes altas y el techo iluminado por una gran lámpara de cristal.
Frente a mí, una enorme cama descansaba cubierta por sábanas claras y cojines perfectamente acomodados. A cada lado, unas mesas de noche que sostenían lámparas. A sus pies, un amplio sofá acolchado ocupaba parte de la habitación, decorado con cojines oscuros y una manta cuidadosamente doblada.
A cada lado de la cama, enormes ventanales cubiertos por cortinas claras dejaban entrar la luz grisácea de la lluvia. Las puertas de cristal daban directamente hacia un amplio balcón de piedra y de fondo podían verse parte de los jardines mojados y el cielo cubierto de nubes.
A la izquierda, una pequeña sala estaba formada por sillones claros frente a una chimenea decorativa revestida en piedra oscura y madera. Sobre ella descansaban algunos adornos elegantes y un gran espejo que reflejaba parte de la habitación.
La señora Ana caminó después hacia el gran armario empotrado ubicado en una esquina. Las puertas de madera clara fueron abiertas una por una, dejando ver ropa perfectamente organizada, cajones iluminados y distintos compartimientos.
A la derecha, una puerta daba acceso al baño, del cual apenas pude apreciar parte del mármol claro, el gran espejo iluminado y los detalles elegantes que combinaban con el resto de la habitación.
Me adentré en la habitación dándole las gracias a la señora Ana mientras veía cómo se marchaba con pasos rígidos.
Escuché la puerta cerrarse detrás de mí y solté el aire que, sin ser consciente, había estado conteniendo. Observé cada detalle sintiéndome un poco abrumada. Nada allí era mío, ni siquiera familiar.
Pero tendría que acostumbrarme. Solo era cuestión de tiempo.
Tiempo.
Eso necesitaba ahora.
Tiempo para asimilar todo.
Tiempo para aprender a vivir.
Tiempo para escuchar todo y aceptarlo.
Tiempo para saber qué pasó realmente.
Y quizá… tiempo para dejar de sentirme tan perdida.
Escuchando la lluvia caer sobre los ventanales, los recuerdos siguieron apareciendo. Me gustaban esos días de lluvia. Era ver a mamá cocinar mientras, junto a la señora Akira-san, bebíamos caliente y hablábamos de trivialidades. Era escuchar a papá intentar arreglar cualquier cosa junto al señor Kerato-san, aunque ninguno de los dos tuviera idea de lo que hacía y aun así creyeran poder lograrlo.
Era alimentar a las pequeñas ardillas que se ocultaban entre los rosales de mamá, refugiándose de la lluvia.
Era…
Un escalofrío me recorrió al sentir las gotas frías caer sobre mí. Parpadeé confundida, dándome cuenta de que estaba en el balcón. No recordaba haber caminado hasta aquí.
Desde aquí todo se ve mucho más extenso. Los jardines parecían extenderse demasiado lejos. Era muy lindo.
El viento frío movió mi cabello suavemente mientras apoyaba las manos sobre la baranda de piedra.
Estaría bien.
Papá, mamá, hermanos.
Yo estaría bien.
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.
.
Bajé las escaleras sintiéndome algo incómoda. No era mi talla, me quedaba algo grande el suéter y me hacía sentir avergonzada.
Había encontrado un suéter gris junto a unos jeans, que nunca habían sido de mi gusto. Me gustaba la comodidad en casa, así que siempre llevaba pantalones anchos que me permitieran saltar y correr con libertad en el jardín.
Además, había intentado peinar mi cabello, pero este no dejaba de enredarse entre mis dedos. Al final, terminé haciéndome una cola alta que, aunque intentaba verse ordenada, seguía luciendo algo despeinada.
Bajé cada escalón con evidente incomodidad. Miré a ambos lados y no pude ver a nadie, así que con cuidado decidí darme la vuelta y volver a mi habitación para encerrarme.
Al subir el primer escalón de vuelta. Pude escuchar una risa espeluznante que me hizo cerrar los ojos. Conocía esa risa; parecía nunca haber cambiado.
Alfie.
—No sabía que las brujas salían tan temprano de su cueva —exclamó con burla dirigida hacia mí.
Rodé los ojos, mordiéndome el labio para evitar soltar algún comentario ofensivo. No quería problemas. No conocía los límites que aquí había y temía que, de repente, no me quisieran aquí y tuviera que irme.