El día que acordamos no decir nada no lluvio y eso fue lo primero que me desconcertó.
Siempre creí que los pactos nacían bajo tormentas.El cuerpo ya iba entre nosotros como una pregunta que ninguno quería formular y el cuchillo aun sostenido por una mano que no temblaba ,dividía la escena en dos mitades.
El me miró primero
No para pedir ayuda
No para disculparse
Me miró para medir si yo también sería capaz de callar.
Entendi entonces que el crimen no había terminado con la muerte,apenas comenzaba.
No recuerdo haber asentido,pero algo en mi pecho se cerró con un clic seco,como una cerradura antigua. No fue juramento fue un reconocimiento mutuo,sabíamos demasiado el uno del otro como para permitir que la verdad respirara.
Durante semanas me convencí de que el tiempo haría su trabajo,aveces despierto con la certeza de que alguien más recuerda, otras con el miedo de que el este esperando lo mismo que yo,el momento exacto en el que uno de los dos rompa el pacto.
Porque hay silencios que protegen y otros que exigen un precio.
Y el nuestro no fue barato.