El silencio no desaparece.
Aprende a ocupar otro lugar.
Durante un tiempo pensé que romper el pacto significaba quedar libre. Me equivoqué. La verdad no absuelve: ordena. Coloca cada cosa en su sitio, incluso aquello que duele demasiado para mirarlo de frente.
A veces todavía sueño con aquella noche. No con el cuchillo, ni con la sangre, sino con el instante previo. Ese segundo en que pude haber dicho no. He aprendido a quedarme ahí, a no huir del recuerdo. Es mi forma de asumirlo.
Lucía me escribió una sola vez después del juicio. Sobrevivir no es lo mismo que vivir, decía el mensaje. No respondió cuando le contesté. Tal vez no hacía falta.
De él no supe más. No porque haya desaparecido, sino porque dejó de habitar mis pensamientos. La caída fue suya. La reconstrucción, mía.
Ahora hablo cuando algo no encaja. Corrijo cuando me quieren poner palabras que no son mías. No siempre con valentía, pero sí con conciencia. Eso es lo que el pacto me quitó… y lo que decidí recuperar.
El silencio ya no es un acuerdo.
Es una elección.
Y esta vez,
soy yo quien decide cuándo callar
y cuándo decir la verdad.