El pacto del silencio

II. El silencio de los otros

Capítulo 2. El silencio de los otros
La primera noche en el pueblo fue demasiado silenciosa.
No era el silencio normal de los lugares pequeños, ese que se llena con grillos, algún coche lejano o el ladrido ocasional de un perro. Aquello era distinto. Era un silencio espeso, como si alguien lo hubiera colocado a propósito, capa sobre capa, para que nada escapara.
Martín tardó en dormirse. La casa crujía con un sonido antiguo, resignado, como si llevara años soportando a personas que iban y venían sin quedarse nunca del todo. Se levantó varias veces, recorrió las habitaciones con la linterna del móvil y comprobó puertas y ventanas, aunque sabía que no tenía sentido. No había visto a nadie merodeando. No había oído pasos. Y, aun así, la inquietud no se iba.
A la mañana siguiente, el pueblo parecía otro.
El sol iluminaba las fachadas de piedra, y el silencio de la noche se transformó en una calma engañosa. Algunas persianas estaban medio bajadas. Otras, completamente cerradas. Martín salió a comprar pan con la excusa perfecta para observar, para empezar a encajar las piezas de aquel lugar al que había decidido llamar hogar.
La panadería estaba abierta, pero casi vacía. Tras el mostrador, una mujer de unos cincuenta años amasaba con movimientos mecánicos. Levantó la vista cuando él entró, lo miró apenas un segundo y volvió a bajar la mirada.
—Buenos días —dijo Martín.
—Buenos —respondió ella, sin emoción.
Pidió pan, pagó y estuvo a punto de marcharse cuando se atrevió a preguntar:
—Soy nuevo. Me mudé ayer a la casa de la colina.
La mujer se detuvo. No mucho, apenas un segundo más de lo necesario, pero Martín lo notó.
—Ah —dijo—. La casa vieja.
No añadió nada más.
Martín esperó. Nada.
—¿Es tranquilo el pueblo? —insistió, sonriendo.
La mujer lo miró por fin, esta vez de frente. Sus ojos no eran hostiles, pero sí cansados. Como si aquella pregunta se hubiera hecho demasiadas veces.
—Aquí no pasa nada —contestó.
Fue entonces cuando entró un hombre mayor, bastón en mano. Se detuvo al ver a Martín. Lo observó con curiosidad, luego con algo parecido al recelo. No dijo nada. Nadie dijo nada.
Martín salió con el pan bajo el brazo y la sensación clara de haber cruzado una línea invisible.
Mientras caminaba de vuelta, recordó las palabras del agente inmobiliario: “Es un pueblo tranquilo, ideal para empezar de nuevo.”
Empezar de nuevo. ¿De qué exactamente?
Al pasar frente al bar, vio un cartel viejo, torcido, casi borrado por el sol. Faltaban letras, pero aún se podía leer un nombre. O más bien, parte de él.
Debajo, alguien había escrito algo con rotulador negro. Una palabra: DESAPARECIDO.
Martín se detuvo.
Miró a un lado y a otro. Nadie parecía prestarle atención. Sin embargo, sintió esa misma presión en el pecho que la noche anterior, como si el pueblo entero lo estuviera observando sin mirarlo directamente.
Sacó el móvil y tomó una foto del cartel.
Por primera vez desde que había llegado, tuvo la certeza de que aquel lugar no era solo un refugio.
Era una advertencia.
Y, de algún modo que aún no podía explicar, sabía que ya era demasiado tarde para marcharse.




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