El pacto del silencio

III. LO QUE NO SE PREGUNTA

Martín no preguntó por el cartel.
Ni ese día, ni al siguiente.
Lo pensó varias veces, mientras desayunaba solo en la cocina fría de la casa, mientras recorría las calles estrechas sin rumbo fijo, mientras notaba cómo algunas miradas se apartaban al cruzarse con la suya. Pero algo —una intuición primitiva, casi animal— le decía que preguntar era un error. En aquel pueblo, las preguntas no se hacían. Y si se hacían, no se respondían.
Decidió empezar por lo más sencillo: escuchar.
Se sentó en el bar a media mañana. No había música. Solo el murmullo bajo de dos hombres jugando a las cartas y el tintinear de las tazas. Cuando entró, el camarero levantó la vista y asintió, como si ya supiera quién era.
—Un café —pidió Martín.
—Solo —respondió el camarero, sin que sonara a pregunta.
Martín observó el local con disimulo. Fotos antiguas colgaban de las paredes: fiestas patronales, grupos de vecinos posando rígidos frente a la cámara, sonrisas forzadas. En varias imágenes, los rostros parecían haber sido retocados o dañados por el tiempo… o por algo más. Algunas caras estaban borrosas. Otras, directamente ausentes.
—¿Esas fotos son del pueblo? —preguntó Martín, señalando una de ellas.
El camarero tardó en contestar. Limpió una taza que ya estaba limpia.
—Sí.
—Son antiguas.
—Aquí todo lo es.
No hubo más conversación.
Uno de los hombres del fondo lo miró con descaro, sin molestarse en fingir indiferencia. Martín sostuvo la mirada un segundo más de lo normal. El hombre apartó los ojos, incómodo, y dijo algo en voz baja a su compañero. Rieron. No era una risa alegre.
Cuando Martín salió del bar, notó que el aire se había vuelto más pesado. Caminó hasta el ayuntamiento, un edificio pequeño, casi escondido, con un tablón de anuncios en la entrada. Allí fue donde lo vio.
Un papel amarillento, sujeto con chinchetas oxidadas.
Una foto en blanco y negro.
Un nombre.
Elena Ríos.
Desaparecida.
La fecha era de hacía seis años.
Martín se acercó despacio. La foto mostraba a una mujer joven, quizá de su edad, con una sonrisa leve, casi tímida. No parecía alguien que simplemente se esfumara sin dejar rastro. No parecía alguien olvidable.
—No deberías mirar eso.
La voz lo hizo sobresaltarse.
Era una mujer mayor, envuelta en un abrigo demasiado grueso para la época del año. Sus ojos eran claros, inquietos.
—¿Por qué? —preguntó Martín.
Ella dudó. Miró alrededor, como si temiera que alguien pudiera oírlos.
—Porque aquí, las cosas que se miran… se recuerdan. Y las que se recuerdan, vuelven.
Martín frunció el ceño.
—¿Volver qué?
La mujer negó con la cabeza.
—Hazte un favor, muchacho. Vive tranquilo. No remuevas.
—¿Y ella? —insistió, señalando la foto—. ¿Nadie la buscó?
La mujer lo miró con una mezcla de lástima y miedo.
—Todos la buscamos —susurró—. Hasta que entendimos que había cosas que era mejor no encontrar.
Se alejó sin esperar respuesta.
Martín se quedó solo frente al tablón. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sacó el móvil, hizo otra foto, igual que con el cartel del bar. Dos desapariciones. Dos silencios.
Esa noche, en la casa, el silencio volvió a ser espeso.
Mientras intentaba dormir, creyó oír pasos fuera. Lentos. Medidos. Se levantó, se asomó por la ventana… y no vio a nadie.
Pero en el cristal, durante un segundo, le pareció ver un reflejo que no era el suyo.
Parpadeó.
No había nada.
Aun así, cuando volvió a la cama, Martín lo supo con certeza: el pueblo ya había notado su curiosidad.
Y no le gustaba.




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