Clara llegó al pueblo un martes gris, de esos en los que el cielo parece quedarse bajo, aplastando los tejados. Nadie la vio bajar del coche, pero todos supieron que había llegado. En lugares así, las novedades no necesitan anuncio.
Él la conoció esa misma tarde, en la tienda de Tomás. Clara estaba de espaldas, revisando con atención exagerada una estantería casi vacía. Tenía el pelo recogido de cualquier manera y una chaqueta vieja que parecía haber vivido otras vidas. No encajaba del todo… y, a la vez, encajaba demasiado.
—No hay mucha variedad —dijo ella sin mirarlo, como si supiera que estaba allí—. Pero supongo que eso también es parte del encanto.
Él sonrió, sorprendido por la naturalidad.
—Te acostumbras —respondió—. O eso dicen.
Clara se giró entonces. Sus ojos eran claros, atentos, de los que parecen estar siempre evaluando algo más allá de lo evidente.
—Soy Clara. Acabo de mudarme a la casa de la curva, la que llevaba años vacía.
Aquello le heló un poco el gesto. La casa de la curva. Nadie hablaba de ella sin bajar la voz.
—Yo soy… —dijo su nombre—. También soy nuevo aquí. Bueno, relativamente.
Ella levantó una ceja, divertida.
—Entonces ya me llevarás ventaja. Aunque tengo la sensación de que este sitio guarda más secretos de los que aparenta.
No lo dijo en tono dramático. Fue casi una broma. Pero él notó ese pequeño tirón en el estómago que ya empezaba a resultarle familiar.
Salieron de la tienda juntos. El pueblo parecía observarlos desde las ventanas, desde los portales, desde el silencio. Clara se dio cuenta.
—¿Siempre miran así? —preguntó.
—Solo cuando algo cambia.
Ella asintió despacio.
—Pues van a tener que acostumbrarse. No pienso irme pronto.
Mientras se despedían, él pensó que Clara no solo era una recién llegada. Había algo en su forma de hablar, de mirar, como si no tuviera miedo de hacer preguntas incómodas.
Y por primera vez desde que empezó a notar que algo no encajaba en el pueblo, no se sintió tan solo.
Aunque aún no lo sabía, la llegada de Clara no era casual.
Nada lo era ya.