El crepúsculo teñía de naranja las casas del pueblo cuando Martín decidió hablar. Se sentaron en la pequeña terraza de la cafetería, donde apenas el rumor de un par de vecinos podía alcanzarlos. Respiró hondo y, con voz baja, comenzó:
—He notado cosas… extrañas. Personas que desaparecen sin que nadie lo mencione. Y… a veces, cuando camino por el pueblo, siento que me siguen, aunque no vea a nadie.
Clara frunció el ceño, inclinándose ligeramente hacia él.
—Martín… eso suena… un poco paranoico, ¿no? —dijo, intentando sonreír—. Tal vez solo estás viendo patrones donde no los hay.
Él negó con la cabeza, pero no insistió demasiado. Sin embargo, mientras hablaba de las desapariciones y de los comportamientos esquivos de los vecinos, Clara comenzó a fijarse en pequeños detalles que hasta ahora había ignorado:
La puerta de la panadería cerrada siempre a la misma hora, aunque sabía que el dueño nunca lo hacía antes.
Las miradas que se apartaban cuando él entraba en la plaza.
La sensación de que las sombras de la tarde se movían con intención, siguiendo su paso.
—No puedo explicarlo muy bien… —continuó Martín—, pero hay algo que no quieren que veamos. Cada vez que intento preguntar, la gente cambia de tema, se distrae, o simplemente se va.
Clara guardó silencio. Sus ojos recorrían el pueblo con otra atención, como si él le hubiera dado lentes nuevos para mirar. Cada gesto, cada pausa de los vecinos, parecía adquirir un significado distinto, más siniestro.
—Tal vez… —dijo finalmente, con voz más baja de lo habitual—, tal vez no estás tan equivocado…
Un escalofrío recorrió su espalda al darse cuenta de que comenzaba a aceptar que, quizás, las cosas no eran normales. Y mientras el sol desaparecía detrás de las montañas, un susurro de viento entre las calles desiertas les recordó que no estaban solos.
Martín sonrió apenas, sin palabras. En el pueblo, la calma era solo una fachada.