Esa noche, Clara no durmió bien.
No fue una pesadilla concreta, ni un ruido claro lo que la mantuvo despierta, sino la sensación persistente de que el pueblo respiraba distinto cuando nadie lo miraba. Como si, al cerrarse las persianas, algo se activara.
Desde la ventana de la casa de la curva, observó las luces apagarse una a una. Siempre en el mismo orden. Siempre a la misma hora. Aquello no podía ser casualidad, y cuanto más lo pensaba, más evidente le resultaba que tampoco lo era para los vecinos.
A la mañana siguiente buscó a Martín.
Lo encontró caminando despacio por el sendero que bordeaba el bosque, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el suelo. Parecía cansado. Más de lo habitual.
—No deberíamos venir aquí —dijo él, sin mirarla, como si supiera que estaba a su lado—. Es justo donde desaparecieron varios.
Clara observó los árboles. El bosque no tenía nada de especialmente oscuro. Al contrario: la luz se filtraba entre las ramas, dibujando sombras suaves, casi tranquilizadoras. Y, sin embargo, el aire allí dentro era más frío.
—Precisamente por eso —respondió—. Si hay un patrón, empieza aquí.
Martín suspiró, pero no se dio la vuelta.
—Anoche estuve revisando los archivos municipales —dijo—. Lo poco que queda accesible. Hay nombres que se repiten… en actas incompletas, en documentos mal escaneados, en registros que nadie actualizó.
Clara se detuvo.
—¿Qué nombres?
Martín dudó. Luego habló.
—Antonio Moreno. Elena Ríos. Y otros tres. Todos vivían solos. Todos “se marcharon”. Y todos tenían algo en común.
Clara sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué?
—Antes de desaparecer, preguntaron demasiado.
El silencio se cerró a su alrededor. Un pájaro levantó el vuelo entre las ramas, rompiendo la quietud de golpe.
—Antonio Moreno… —repitió Clara—. ¿Antonio el Negro?
Martín la miró por primera vez. Sus ojos se abrieron apenas un instante.
—¿Has oído ese nombre?
—En el bar. En voz baja. Como si fuera peligroso decirlo.
Martín asintió lentamente.
—No es un apodo —dijo—. Es una advertencia.
Regresaron al pueblo sin hablar mucho más. Al entrar en la plaza, Clara notó algo distinto. Las miradas ya no eran solo curiosas o esquivas. Había una tensión nueva, más directa. Como si alguien hubiera decidido que ya no eran solo observadores.
En el tablón del ayuntamiento, el cartel de Elena Ríos ya no estaba.
Solo quedaban las marcas oxidadas de las chinchetas.
—Lo han quitado —murmuró Clara.
—O nunca estuvo ahí —respondió Martín, con una calma que no sentía—. Esa es la otra opción.
Esa tarde, alguien dejó una nota bajo la puerta de Martín. No tenía firma. Solo una frase escrita con letra firme:
Hay silencios que protegen. No los rompas.
Martín cerró el papel entre los dedos.
Por primera vez desde que llegó al pueblo, no pensó en marcharse.
Pensó en algo mucho más peligroso: en seguir preguntando.