El pacto del silencio

VII. El quilibrio

El pueblo celebraba algo.
No había música ni banderines, ni risas altas ni mesas en la calle. No era una fiesta como las que Martín recordaba de otros lugares. Aquello era distinto. Más contenido. Más serio.
Las persianas se habían bajado antes de lo habitual. Las tiendas cerraron a la misma hora. Y, aun así, la plaza estaba llena.
No hablaban mucho entre ellos. Se limitaban a estar. A ocupar su lugar.
Martín lo notó desde el primer momento: nadie parecía nervioso, pero tampoco tranquilo. Era una calma tensa, sostenida a la fuerza, como si todos supieran exactamente lo que debía ocurrir… y cuándo.
—¿Siempre es así? —preguntó Clara en voz baja.
—No —respondió Martín—. Hoy no.
Cruzaron la plaza bajo miradas que ya no se molestaban en disimular. Algunos vecinos asentían al pasar, casi con respeto. Otros evitaban mirarlos, como si no soportaran hacerlo.
Martín sintió un escalofrío.
—Nos están despidiendo —murmuró.
—¿Cómo? —susurró Clara.
—No lo sé… pero así se siente.
Fue entonces cuando el alcalde se acercó.
Era un hombre de rostro amable, de esos que parecen inofensivos por costumbre. Les sonrió con una serenidad que no encajaba con la tensión del ambiente.
—Martín —dijo, como si fueran viejos conocidos—. Me alegra verte aquí esta noche.
Clara dio un paso adelante.
—¿Qué ocurre? —preguntó—. Parece que todo el pueblo…
—Mantiene el equilibrio —respondió él, interrumpiéndola con suavidad.
Martín notó cómo esa palabra caía con peso.
—¿Equilibrio de qué? —preguntó.
El alcalde lo miró durante un segundo más de lo necesario.
—De seguir aquí —dijo—. De sobrevivir.
No añadió nada más.
Los vecinos comenzaron a caminar en dirección al bosque. No en grupo. No juntos. Uno a uno. Como si cada cual cargara con su propia culpa.
Martín entendió entonces por qué nadie hablaba.
No era miedo solo.
Era vergüenza.
—No vamos a ir —dijo Clara, agarrándole el brazo.
Martín no se movió.
—Tenemos que hacerlo.
—Martín…
—Si no vamos —continuó, con la voz tensa—, vendrán a buscarnos. Y ya no podremos elegir nada.
El sendero se abría ante ellos, oscuro, perfectamente delimitado. Demasiado usado para ser casual. El bosque los recibió con un silencio distinto al del pueblo. Más antiguo. Más atento.
Al llegar al claro, Martín lo supo.
No necesitó símbolos ni velas ni palabras antiguas. El ritual no necesitaba adornos. Lo importante no era cómo se hacía, sino quién lo aceptaba.
Los vecinos formaron un círculo amplio. Nadie tocó a Martín. Nadie tuvo que hacerlo.
—Siempre ha funcionado —dijo una mujer mayor, con voz quebrada—. Siempre.
—¿Funciona para quién? —preguntó Clara, furiosa.
—Para nosotros —respondió otro—. Para que sigamos aquí.
Martín dio un paso adelante.
—¿Y qué pasa conmigo?
El alcalde bajó la mirada por primera vez.
—Tú nos das tiempo —dijo—. Nosotros seguimos viviendo.
Martín comprendió algo terrible en ese instante:
No lo odiaban.
No lo deseaban.
Ni siquiera lo veían como una víctima.
Lo veían como una parte necesaria.
Y mientras el círculo se cerraba un poco más, Martín pensó en lo único que aún le daba esperanza:
Si todo ritual necesitaba engaño…
entonces, tal vez, aún había una forma de romperlo.




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