El pacto del silencio

VIII. Lo que se entrega

El claro no tenía nada de especial.
Eso fue lo primero que pensó Martín, y lo que más miedo le dio después. No había símbolos tallados en los árboles, ni restos de sangre, ni altares visibles. Solo tierra pisada una y otra vez, hasta quedar dura como piedra. El suelo de un lugar donde algo se repetía desde hacía demasiado tiempo.
—Aquí no gritamos —dijo una voz a su espalda—. Nunca lo hicimos.
Martín se giró. Era el hombre del dominó. El que reía sin alegría.
—¿Por qué? —preguntó Martín.
—Porque no hace falta.
Clara apretó los puños.
—Esto no es una tradición —escupió—. Es un asesinato.
El hombre negó despacio.
—No —dijo—. Es un intercambio.
El alcalde dio un paso al frente. Su voz era suave, casi cansada.
—No te llevamos el cuerpo, Martín. Eso sería fácil. Lo que se entrega es otra cosa.
Martín tragó saliva.
—¿El alma?
Un murmullo recorrió el círculo. No de sorpresa, sino de incomodidad.
—Esa palabra no nos gusta —respondió el alcalde—. Suena a religión. A pecado. Nosotros preferimos llamarlo… lo que te queda.
Martín sintió que el aire se volvía espeso, como si cada respiración le costara algo más.
—Cuando llegaste —continuó el alcalde—, estabas roto. El cuerpo falla. La mente se cansa. Eso os pasa a muchos. Por eso venís. Y por eso sois perfectos.
Clara miró a Martín, horrorizada.
—¿Lo sabíais? —susurró—. ¿Desde el principio?
—Desde antes —dijo una mujer, sin mirarlo—. Siempre sabemos quién será.
Martín recordó al médico. La recomendación. El pueblo que apareció “por casualidad”. El alquiler demasiado barato. La casa siempre disponible.
Nada había sido suyo.
—¿Y vosotros? —preguntó Martín—. ¿Qué ganáis exactamente?
El alcalde no respondió enseguida.
—Tiempo —dijo al fin—. No juventud. No felicidad. Tiempo suficiente para no desaparecer.
Martín entendió entonces el verdadero horror: no eran inmortales.
Solo se resistían a morir.
—¿Y si me niego? —preguntó.
El silencio fue absoluto.
—No puedes —respondió alguien—. Porque ya aceptaste.
—¿Cuándo?
La mujer mayor levantó la mirada. Tenía los ojos húmedos.
—Cuando decidiste quedarte.
El ritual comenzó sin palabras. No hubo cánticos. Solo pasos sincronizados. Rutinas exactas. Cada vecino sabía dónde colocarse, cuándo avanzar, cuándo detenerse. Lo habían hecho demasiadas veces como para dudar.
Martín sintió algo extraño en el pecho. No dolor. Vacío.
Como si algo empezara a soltarse desde dentro.
—Martín —susurró Clara, acercándose—. Mírame. No les escuches.
Pero el bosque parecía absorber su voz.
—No muere —dijo el alcalde, casi para tranquilizarse—. Se queda aquí. Con nosotros. En lo que no se ve.
Martín empezó a comprender las desapariciones.
Los reflejos en los cristales.
Las sombras que no coincidían con los cuerpos.
No se iban.
Se quedaban.
Y entonces lo supo.
El ritual siempre funcionaba porque nadie sobrevivía para contarlo.
Nadie… que siguiera siendo alguien.
Martín apretó los dientes.
Si iba a desaparecer, no lo haría sin dejar una grieta.
Y el pueblo, sin saberlo, acababa de cometer su primer error en generaciones.




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