—Me llamo Clara Vega.
Martín levantó la vista. Estaban en la cocina, con la luz apagada y solo la bombilla del extractor encendida, como si el resto de la casa no mereciera enterarse.
—Eso ya lo sé —dijo él.
—No —respondió ella—. Sabes el nombre que uso aquí.
Guardó silencio un segundo antes de continuar.
—Vine a investigar el pueblo.
Martín no se movió. Tampoco habló. Desde el ritual, había aprendido que algunas verdades hacían más daño cuando se decían despacio.
—Soy periodista —añadió—. Sucesos. Desapariciones. Lugares donde la gente entra… y no sale igual.
Hizo una pausa.
—Antes fui otra cosa. Da igual ahora.
Martín sonrió sin humor.
—¿Y nunca esperaste esto?
Clara negó.
—Esperaba mentiras. Silencios. Incluso violencia.
Lo miró a los ojos.
—Pero no esperaba que el pueblo se alimentara de lo que sobra cuando alguien está a punto de morir.
Martín sintió la marca tensarse en su pecho, como si reaccionara a las palabras.
—La vieja vino anoche —dijo él.
Clara asintió.
—A mí también.
No era una sorpresa. Desde el ritual incompleto, la anciana parecía… más presente. Como si ya no tuviera que esconderse en los márgenes.
—Dijo que si salíamos del pueblo… —empezó Martín.
—Morirías —terminó Clara—. Al instante.
El silencio cayó pesado.
—No es una amenaza —había dicho la anciana—. Es física. Lo que te falta está aquí. Si te alejas, el cuerpo no aguanta el tirón.
—Entonces estamos atrapados —murmuró Martín.
—No —corrigió Clara—. Estamos anclados.
Eso era peor.
Martín apoyó las manos en la mesa. Le temblaban.
—¿Y ahora qué? ¿Esperamos a que terminen lo que empezaron?
Clara negó despacio.
—No pueden. Ya no saben hacerlo.
Se acercó a la ventana. Afuera, dos sombras pasaron donde no había nadie.
—El ritual funcionaba porque era perfecto —continuó—. Porque todos creían lo mismo, decían lo mismo, hacían lo mismo.
Lo miró de nuevo.
—Pero tú te quedaste a medias. Y la vieja también. Sois errores vivos.
—Errores que se mueren si cruzan el límite del pueblo.
—Errores que prueban que el ritual no es inevitable.
Martín cerró los ojos.
—Ella dijo que se podía invertir —susurró—. No eliminar. Invertir.
Clara asintió.
—Darles tiempo… a costa del suyo.
El aire pareció enfriarse.
—No todos —añadió—. Solo los que se han beneficiado directamente. Los que han repetido el gesto sin dudar.
Martín entendió entonces el verdadero riesgo.
—Si se rompe el ritual…
—El tiempo que robaron vuelve a su dueño.
—Y el pueblo…
—Envejece de golpe —dijo Clara—. No todos morirán. Pero dejarán de resistirse.
Martín respiró hondo.
—¿Y yo?
Clara se acercó y apoyó la frente en la suya.
—Tú eres la prueba —susurró—. El ancla. Si sobreviviste a medias, significa que no todo lo que se entrega se pierde.
La casa crujió. No como madera vieja. Como algo que escucha.
—No vamos a irnos —dijo Clara—. Porque si lo hacemos, te mueres.
Sonrió, cansada.
—Y porque alguien tiene que quedarse para contar cómo se cae un pacto cuando deja de ser cómodo.
Martín abrió los ojos. Por primera vez desde que llegó al pueblo, no sintió vacío.
Sintió propósito.
Y en algún lugar del bosque, muy despacio, algo antiguo empezó a darse cuenta de que el intercambio ya no estaba bajo control.