El Pacto Oculto.

Capítulo 51: Fragmentos de Una Verdad Velada.

La sala en la que me encontraba parecía más un sarcófago que un centro de mando. Las paredes de acero ennegrecido por los años, la tenue luz intermitente y el eco vacío de mis propios pasos me daban la sensación de estar atrapada en un mausoleo tecnológico. Pero este mausoleo no albergaba cadáveres, sino secretos. Secretos que, hasta ese momento, no estaba segura de querer desenterrar.

Frente a mí, una consola antigua aún parpadeaba con vida, sus hologramas proyectando líneas de código y archivos sellados con los símbolos de AtlasCorp. Me acerqué lentamente, casi con reverencia, como si tocar esa terminal fuese equivalente a abrir un relicario sagrado. Mi dedo se detuvo justo antes de activar el panel. Respiré hondo. El aire, denso y cargado de polvo, parecía atorarse en mis pulmones.

“Vamos, Margaret”, me dije a mí misma. “Llegaste hasta aquí por una razón.”

El sistema se activó con un zumbido débil. Las primeras palabras que aparecieron en la pantalla fueron: “Umbra Omega: Nivel Alfa. Acceso restringido.”

Umbra Omega. Ese maldito proyecto. Ese enigma que nos había puesto en la mira de AtlasCorp y había costado tantas vidas. Mi mano tembló ligeramente mientras tecleaba la contraseña que Alfio y yo habíamos recuperado en nuestra última incursión. Las letras parecían bailar frente a mis ojos, como si supieran que al escribirlas estaba desatando algo imposible de controlar.

El archivo se abrió lentamente, como un animal herido revelando sus entrañas. Una serie de documentos, videos y esquemas tridimensionales se desplegaron ante mí. Pero nada podía haberme preparado para lo que vi a continuación.

Primero, fueron las imágenes. Personas conectadas a máquinas, sus cuerpos inertes mientras sus mentes eran descargadas, modificadas, controladas. Había rostros que reconocí. Científicos de AtlasCorp, ejecutivos que alguna vez habían estado en las noticias, incluso algunos de los líderes del consejo que habíamos enfrentado. Todos ellos habían sido parte de esta monstruosidad.

Pero lo que me dejó sin aliento fue el video final. Una grabación de hace cinco años. En ella aparecía un laboratorio de alta tecnología. El lugar estaba lleno de hombres y mujeres vestidos con batas blancas, sus expresiones tensas mientras trabajaban frenéticamente en una máquina central. Y, en medio de ellos, había una cápsula. Dentro de la cápsula, flotando en un líquido transparente, estaba… yo.

Mi cuerpo, o al menos una versión de mí, se encontraba ahí, completamente inmóvil, con electrodos conectados a mi cráneo. En la esquina de la pantalla, un título frío y clínico: “Sujeto Umbra Omega - Prototipo Final.”

Un frío indescriptible recorrió mi columna. Todo mi cuerpo se tensó mientras trataba de procesar lo que veía. Era imposible. Yo no podía ser parte de este proyecto. No podía ser… eso.

—Margaret, ¿qué estás haciendo? —la voz de Alfio resonó a mis espaldas, cortante, urgente.

Me giré de golpe. Su rostro estaba parcialmente iluminado por el resplandor de la pantalla. Había algo en sus ojos que no podía descifrar.

—Alfio, ¿sabías de esto? —mi voz era apenas un susurro, pero contenía todo el peso de mi incredulidad y mi furia.

Él no respondió de inmediato. Dio un paso hacia adelante, su mirada fija en la pantalla. Pude ver cómo tensaba la mandíbula, cómo su cuerpo parecía debatirse entre mil respuestas posibles.

—No sabía que habían llegado tan lejos —admitió finalmente, su tono grave y cargado de culpa.

—¿Tan lejos? ¿Qué significa eso? —mi voz se alzó, mi control comenzando a desmoronarse.

Alfio suspiró y se pasó una mano por el cabello. Por primera vez, parecía… humano. Vulnerable.

—AtlasCorp siempre jugó con los límites de lo ético, Margaret. Cuando diseñaron Umbra Omega, su objetivo era crear el arma definitiva: una mente que pudiera controlarlo todo. Sistemas, redes, incluso personas. Pero necesitaban un prototipo. Algo o alguien capaz de soportar esa carga.

—¿Y me eligieron a mí? —interrumpí, mi pecho ardiendo con una mezcla de rabia y desesperación.

—No estoy seguro de cómo te convirtieron en parte de esto —dijo Alfio, su voz más suave—, pero tienes que entender que tú no eres ese sujeto en la cápsula. Eres algo más. Algo que ellos nunca anticiparon.

Sus palabras, aunque destinadas a calmarme, solo alimentaron mi confusión. ¿Qué significaba eso? ¿Qué era yo realmente?

—¿Cuánto tiempo llevas sabiendo esto, Alfio? —le pregunté, dando un paso hacia él.

—Desde que vimos esos primeros archivos en la base de datos de AtlasCorp —admitió, sin apartar la mirada—. Pero no quería decírtelo hasta estar seguro. Hasta saber cómo manejarlo.

Lo miré, tratando de encontrar alguna señal de mentira, alguna pista de que me estaba ocultando algo más. Pero todo lo que vi fue cansancio y remordimiento.

—Margaret, esto no cambia quién eres —continuó Alfio, dando un paso hacia mí—. Lo que importa es lo que hacemos ahora, cómo usamos esta información para detenerlos.

Quería gritar, llorar, golpear algo. Pero sabía que no había tiempo para eso. Alfio tenía razón en algo: lo que hiciera a partir de ese momento definiría no solo mi vida, sino las vidas de todos los que aún luchaban contra AtlasCorp.

Cerré el archivo y apagué la consola. Cuando me volví hacia Alfio, mi expresión ya no era de confusión, sino de determinación.

—Vamos a terminar con esto, Alfio. Y si AtlasCorp me hizo parte de su maldito proyecto, entonces usaré eso en su contra.

Él asintió, y juntos salimos de aquella sala, dejando atrás los secretos del pasado para enfrentarnos al futuro incierto.




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