Narrado por Alfio Lee
El amanecer era apenas un destello pálido en el horizonte cuando Margaret me entregó el turno de guardia. Su expresión, más cansada de lo habitual, era un recordatorio de cuánto estábamos arriesgando. Incluso en medio de esta locura, había algo en ella que nunca se quebraba: su convicción. Me dejaba perplejo y, a veces, hasta irritado. Pero hoy no podía permitirme esas distracciones. La voz en mi cabeza, esa que había aprendido a escuchar con los años, me susurraba que algo estaba por suceder.
Tomé asiento en una esquina del almacén mientras el resto del grupo dormía. Alex, como siempre, estaba demasiado tranquilo. Se había aislado del grupo, fingiendo un interés profundo en su dispositivo. Pero yo sabía lo que estaba haciendo: calculando, manipulando, esperando el momento oportuno para revelar lo que realmente tramaba.
Desde que comenzamos esta misión, mis instintos no habían fallado, y no iban a empezar ahora. Sabía que Alex tenía un as bajo la manga, algo que ocultaba con maestría. Pero lo que más me preocupaba no era su aparente falta de lealtad, sino la manera en que Margaret parecía darle el beneficio de la duda una y otra vez.
La tensión finalmente explotó al mediodía, cuando Margaret reunió al equipo para discutir los próximos pasos. Había conseguido descifrar una parte de los datos extraídos del núcleo. Su descubrimiento, aunque impactante, no era lo que esperábamos.
—AtlasCorp no está solo detrás de la activación del Proyecto Umbra Omega —dijo, mientras proyectaba imágenes holográficas sobre una pared deteriorada—. También han estado rastreando otras instalaciones clave alrededor del mundo. Lugares que, según esta información, contienen lo que llaman “claves redundantes”.
—¿Claves redundantes? —pregunté, acercándome para observar más de cerca.
—Fragmentos del mismo proyecto —respondió ella—. En caso de que el fragmento que llevaban en mí fallara, estas claves podrían usarse para restaurar el sistema. Si activan incluso una de ellas, todo nuestro trabajo habrá sido en vano.
Alex, que había estado en silencio hasta ahora, finalmente intervino.
—Si queremos detenerlos, tenemos que movernos rápido. No podemos permitirnos seguir actuando de manera reactiva.
—¿Y qué sugieres? —dije, cruzándome de brazos.
—Dividirnos —respondió con una facilidad que me irritó—. Un equipo irá a la ubicación más cercana mientras otro permanece aquí para asegurarse de que esta base no sea comprometida.
Me reí entre dientes, sacudiendo la cabeza.
—¿Dividirnos? ¿De verdad crees que es una buena idea cuando sabemos que AtlasCorp podría estar siguiéndonos?
—Es nuestra única opción lógica —dijo Alex, con un tono que solo incrementó mi desconfianza—. Tú mismo lo dijiste: no podemos quedarnos sentados esperando a que nos ataquen.
Margaret levantó una mano, silenciándonos a ambos.
—Basta. Alex tiene razón en algo: no podemos perder tiempo. Pero dividirnos tiene riesgos evidentes. Si hacemos esto, tenemos que asegurarnos de que ambos equipos tengan suficiente fuerza para resistir cualquier ataque.
—Entonces yo iré a la ubicación —dije, sin pensarlo demasiado.
—¿Solo? —preguntó Margaret, con una mezcla de incredulidad y preocupación.
—Llévate a alguien más —intervino Leah, quien hasta ese momento había estado callada—. No podemos permitirnos perder a nadie.
Miré a Alex, ya sabiendo cuál sería su respuesta.
—Yo iré con él —dijo, sorprendiéndome.
No pude evitar mirarlo fijamente, tratando de descifrar sus intenciones. ¿Era esto parte de su plan? ¿Intentaba alejarme del grupo para poder actuar sin obstáculos?
Margaret pareció dudar, pero finalmente asintió.
—Está bien. Alfio, Alex, ustedes irán a la instalación. Leah y yo permaneceremos aquí para trabajar en los datos y reforzar nuestra posición.
No estaba contento con la decisión, pero acepté. Al menos, si Alex intentaba algo, estaría allí para detenerlo.
El viaje a la instalación fue incómodamente silencioso. La nave que habíamos tomado era pequeña, apenas lo suficiente para dos personas, lo que solo incrementaba la tensión entre nosotros. Alex estaba sentado al otro lado del estrecho pasillo, sus ojos fijos en la pantalla de su dispositivo.
—¿Vas a decirme qué estás tramando o tengo que adivinar? —le solté finalmente, incapaz de contenerme.
Alex levantó la vista, sin rastro de sorpresa.
—¿Tramando? De verdad necesitas superar esa paranoia, Alfio. No todos estamos aquí para traicionarte.
—No es paranoia cuando el peligro es real —repliqué—. Desde el principio, has actuado como si supieras más de lo que dices. ¿Por qué sigues aquí, Alex? ¿Qué ganas con esto?
Alex cerró su dispositivo y me miró directamente, su expresión más seria de lo que jamás había visto.
—Estoy aquí porque, al igual que tú, quiero que AtlasCorp caiga. Pero a diferencia de ti, entiendo que a veces hay que tomar decisiones difíciles para llegar allí.
Fruncí el ceño, sin comprender del todo.
—¿Qué significa eso?
—Significa —dijo, inclinándose hacia mí— que no siempre podemos permitirnos ser los héroes de la historia. A veces, el fin justifica los medios.
Antes de que pudiera responder, la nave comenzó a sacudirse violentamente. Alarma tras alarma llenó la cabina, y miré rápidamente hacia los controles.
—¿Qué demonios está pasando? —grité.
Alex se movió hacia los controles, revisando los sistemas.
—Nos interceptaron —dijo, su voz tensa pero controlada—. Drones de AtlasCorp.
—¡Por supuesto que sí! —grité, tomando los mandos para intentar maniobrar la nave.
El resto fue un caos. Los drones nos atacaban desde todas direcciones, y la nave, aunque rápida, no estaba diseñada para combate. Alex y yo trabajamos juntos, disparando a los drones mientras yo intentaba mantenernos en el aire. Fue un recordatorio brutal de lo frágil que era nuestra situación.