El Padre De mi Amiga

Capítulo 2

Capítulo 2

**Sonrisa de novia**

El silencio que dejó la ducha le cayó a Valeria en la nuca. Sebastián tardaba en secarse, eso lo sabía de memoria, pero no sabía cuánto exactamente, y por primera vez en su vida la gerente de finanzas de Grupo Andrade no tenía tiempo de calcular nada. Tenía el celular de él en una mano, y la otra le temblaba tanto que tuvo que apretarla contra el borde de la mesa hasta que le dolieron los nudillos.

Algo le subió por la garganta, caliente y espeso, y se lo tragó entero, como se traga una pastilla sin agua. *No aquí. No ahora. Llorar es para después.*

Hizo lo que haría con cualquier fraude en la empresa: documentarlo. Tomó captura de los mensajes, de las fotos, de las conversaciones de madrugada, una tras otra, con el pulgar firme aunque el resto del cuerpo se le estuviera desarmando. Se las mandó a su propio correo, borró el correo enviado, borró las capturas de la galería y luego las borró de la papelera, porque lo que no se borra dos veces no está borrado. Cinco años de auditorías la habían preparado para esto y no para escoger el color de las servilletas, y aun así su mamá decía que había estudiado algo aburrido.

Después subió por la conversación. Quería saber desde cuándo, como se necesita saber dónde empezó el hueco para medir el tamaño del robo. Bajó el pulgar una y otra vez, y los mensajes seguían saliendo, más viejos, más dulces, y el principio no llegaba nunca. Encontró la noche en que Sebastián le dijo que estaba cenando con clientes. Encontró el almuerzo que Camila le canceló por un dolor de cabeza. Cada excusa que ella se había creído estaba ahí, con su versión verdadera al lado, y a Valeria se le revolvió el estómago tan fuerte que tuvo que taparse la boca.

La puerta del baño se abrió al fondo del pasillo.

Cerró todo, bloqueó la pantalla y dejó el teléfono boca abajo junto al plato, en el ángulo exacto en que él lo había dejado. Cuando Sebastián apareció con la toalla al hombro, ella estaba recogiendo la mesa.

—¿Quieres flan? —le preguntó sin voltear.

—No, amor, estoy muerto.

Él tomó el celular, le echó un vistazo a la pantalla negra y lo guardó en el bolsillo. Al pasar le dio un beso en el pelo, y Valeria le sonrió con una sonrisa tan natural que se asustó de sí misma. Muerto, había dicho. Todavía no, mi amor, todavía no.

Esa noche, acostada a su lado, vio lo que no había visto en meses. Vio cómo él estiraba la mano en la oscuridad para voltear el celular, mirarlo y voltearlo otra vez. Vio la sonrisa pequeña que le quedaba en la cara mirando el techo, una sonrisa que no era para ella. Y cuando lo abrazó por la espalda, él le dio unas palmaditas en el brazo, las mismas que se le dan a un perro que pide comida en la mesa. Todo eso había estado ahí siempre, y ella lo había llamado estrés, cansancio, nervios de boda. Qué ciega podía ser una mujer que vivía de encontrar errores, ¿verdad?

A las tres de la mañana se levantó, se encerró en el baño y abrió la ducha para que el ruido tapara todo. Se sentó en el piso con la toalla de él apretada contra la boca y lloró como no había llorado nunca, con el cuerpo entero, mordiendo la tela para que no se le escapara ni un sonido. La misma ducha. La misma toalla. Por lo menos el desgraciado tenía buen gusto para las toallas.

Cuando se levantó del piso, tenía los ojos hinchados y una decisión que todavía no tenía forma. No iba a reclamar. Un fraude no se denuncia cuando se descubre, se denuncia cuando el culpable ya no tiene por dónde salir.

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Al día siguiente, Camila entró a su oficina sin tocar, con el cumpleaños escrito en la cara, y cerró la puerta con la cadera.

—¿Y? ¿Le revisaste el celular?

Valeria levantó la vista. Eran los mismos ojos que la tarde anterior, a las cinco y doce, habían escrito *me debes una noche entera*. La mandíbula se le apretó sola, y la aflojó a la fuerza.

—Feliz cumpleaños primero, ¿no? —Se levantó y la abrazó fuerte, más fuerte de lo normal, con la cara escondida en su hombro para que no le viera los ojos—. Y no, nada. Me sentí ridícula, Cami. Sebastián es el hombre más fiel que conozco.

—¿En serio? —la risa de Camila salió un tono más arriba—. Bueno, mejor así.

—Y anoche se encargó de compensarme. —Valeria bajó la voz y le guiñó un ojo—. No sé qué le pasó, pero me dio una ronda que me dejó muerta. Mírame la cara, casi no llego.

La cara, en efecto, la tenía hecha un desastre, solo que no por eso. Si existía un infierno para las mentirosas, Valeria acababa de comprar el terreno y pensaba construirse una casa de dos pisos.

La sonrisa de Camila no se movió, pero se quedó quieta, pegada, como la de una foto. Esa madrugada Sebastián le había escrito que no podía dormir pensando en ella, y ahora resultaba que había tenido las manos ocupadas en otra. Clavó las uñas en el borde del escritorio y tuvo que tragar dos veces.

—Qué envidia —dijo al fin—. ¿Vienen los dos esta noche?

—No nos lo perderíamos por nada del mundo.

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Y el día se fue tan rápido que Valeria apenas lo sintió pasar, metida entre hojas de cálculo que no leyó, hasta que se vio entrando a la mansión Andrade del brazo de Sebastián, con un vestido negro que había comprado para celebrar a su mejor amiga. Lo de negro, ahora que lo pensaba, había sido un acierto.

La fiesta era enorme. Había música en vivo, una torre de champaña y más gente de la que cabía en cualquier casa normal, pero esa no era una casa normal, y Camila no era una hija normal. Gustavo Andrade la recibió en el centro del salón con los brazos abiertos y la levantó del piso como si siguiera siendo una niña, y cuando hizo el brindis se le quebró la voz al decir que su hija era lo único que le había quedado después de enviudar, su tesoro, su orgullo, la mujer que algún día iba a sentarse en su silla. Todos aplaudieron. Valeria también. Aplaudió al tesoro que se acostaba con su novio, y aplaudió fuerte.

Después del brindis, Gustavo le besó la frente a su hija y la dejó en el centro del salón, rodeada de amigas que se la peleaban para las fotos. Él se fue abriendo paso entre los invitados, estrechando manos, recibiendo felicitaciones como si el cumpleaños fuera suyo, y Valeria lo perdió de vista entre tanta gente. Ella se había quedado con Sebastián en el escalón de mármol que bajaba del salón a la terraza, un poco apartada, con la copa en la mano y la sonrisa puesta.




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