El palacio de los pecados: La expósita

Prólogo

Gobernación de Kyiv, cerca de Bila Tserkva. Palacio de los Vyshnevsky, en la finca Vyshnevyi Dvir. Noviembre de 1839.

Hacía ya más de dos horas que el viento sacudía los postigos del palacio, empujando la lluvia bajo las cornisas y por las rendijas de los marcos. Tras los altos ventanales, el parque y el camino que conducía al portón principal habían desaparecido hacía rato; solo los relámpagos permitían distinguir los árboles empapados que se doblaban sobre la avenida. En algún lugar del ala oeste sonó un portazo. La condesa Eleonora Stanislavivna, de treinta años, no le prestó atención, pero al cabo de un minuto sonó otro, y después uno más, esta vez más cerca de su salón.

Estaba sentada junto a la chimenea, con las piernas arropadas entre los pliegues del vestido, y removía con una cucharilla de plata las cerezas de la confitura. El platillo estaba adornado con pequeños acianos pintados a mano y un borde dorado. Petro Kazymyrovych había traído de París la vajilla entera y todavía aprovechaba cualquier ocasión para recordarle a su esposa cuánto había costado. Le gustaba especialmente mencionar sus regalos cuando la conversación amenazaba con abordar su conducta. Aquella noche, sin duda, tendrían que hablar, pero su marido no estaba en casa. Había salido hacia Bila Tserkva después del almuerzo y prometido regresar para la cena; el reloj ya había dado las diez.

Eleonora se sabía de memoria todas sus explicaciones y bien podía haber dispensado a Petro Kazymyrovych de la molestia de repetirlas. Le interesaba mucho más saber por qué, después de cada reunión entre hombres, la camisa le olía a perfume de mujer.

Una cereza reventó bajo la cucharilla y manchó el borde dorado. La señora lo limpió con la servilleta y la arrojó irritada sobre la mesa; luego dirigió una mirada a Hanna, que estaba junto a la puerta. Durante aquella hora de espera, la doncella ya había pasado dos veces, con cautela, el peso de una pierna a la otra, y ahora intentaba mover los dedos dentro de sus estrechos zapatos. La señora advertía el menor movimiento, de modo que Hanna miraba al frente y escuchaba atentamente el roce del vestido: tal vez su ama se dignara por fin levantarse y retirarse a su dormitorio. En lugar de eso, volvió a sonar un portazo en el ala oeste.

—Hanna, tráeme una manta de lana. Y dile al administrador que mañana mande azotar a todos los que hoy estén dejando las puertas de par en par.

El ama siempre estaba de mal humor cuando su marido no se encontraba en casa.

—Como mande, excelencia.

—Que revise también los cerrojos. Aquí hay corriente.

Hanna hizo una reverencia y se apresuró a salir, pero al otro lado de la puerta ya se oían voces. Reconoció la del caballerizo mayor, abrió y se apartó de inmediato para dejarlo pasar con una cesta entre las manos.

Luka estaba calado hasta la camisa. El agua le escurría de las mangas del capote y goteaba sobre el parqué; en otras circunstancias, Eleonora lo habría obligado sin falta a volver atrás y limpiarse los pies. Pero aquella noche el caballerizo ni siquiera miró al suelo.

—Perdone, señora. La hemos encontrado junto al portón de servicio.

—¿Qué llevas ahí?

De la cesta salió un llanto que hizo que la condesa dejara la cucharilla.

—¿Un bebé?

—Una niña. Muy pequeñita. La oyó el guarda; al principio creyó que había un gato por ahí...

Una ráfaga abrió de golpe una de las hojas de la ventana y la estrelló contra el derrame. Las llamas de las velas se inclinaron y la lluvia azotó el alféizar. Hanna corrió hacia la ventana y empujó la hoja con el hombro, mientras Luka se apretaba la cesta contra el pecho y la protegía con un faldón del capote.

—Déjala de una vez —dijo Eleonora con impaciencia, señalando la mesita—. A mí qué me importa...

Luka dejó la cesta sobre la mesita y apartó el borde mojado de la mantita; la señora enmudeció. En una esquina, entre los pliegues de seda, se distinguía un escudo bordado con una paloma rodeada de ramitas.

La condesa se levantó apresuradamente y se acercó. Alisó la tela con dos dedos, se detuvo a mirar el bordado y después tiró del borde de un sobre que descansaba junto al hombro de la niña.

—Hanna, cierra la puerta.

La doncella aún sujetaba la hoja de la ventana, comprobando si el pestillo aguantaría, pero al volverse hacia su ama se apartó de inmediato y obedeció.

La carta era breve, así que Eleonora la leyó en unos pocos latidos y luego estrujó el papel entre los dedos con odio. Luka aguardaba, mirando de reojo a la niña. La pequeña ya se ahogaba en su propio llanto, y él alargó tímidamente la mano para acomodarle la manta, pero la señora apartó la cesta de su alcance.

—¿Quién la ha visto?

—El guarda y yo. Paraska también salió de la cocina...

—Tráela.

Mientras él salía, la condesa se acercó a la chimenea y arrojó al fuego la carta junto con el sobre. El sobre mojado quedó enganchado en un leño; ella lo empujó con el atizador y esperó hasta que se consumió.

Hanna seguía junto a la puerta. Quería coger a la niña, al menos sacarla de aquel lecho empapado, pero no se atrevía a pedir permiso. Cuando su ama regresó por fin a la cesta, la doncella incluso retrocedió un poco para dejarle paso.




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