El parásito de tus sueños

Capitulo 1: La hora del lobo

El tic-tac del reloj en la pared no era un sonido; era una sentencia de muerte.
​Eran las 3:14 AM. La "hora del lobo". El momento en que los pulmones se sienten pesados y la cordura empieza a deshilacharse por los bordes. Llevaba sesenta y dos horas despierta. Mis ojos ardían como si alguien hubiera frotado arena de vidrio contra mis párpados, pero no podía cerrarlos. Tenía prohibido cerrarlos.
​Me llamo Elena Vance y mi mayor miedo no es morir. Mi mayor miedo es soñar con él.
​Me puse de pie, tambaleándome. El frío del suelo de mármol de mi apartamento en Nueva York intentó anclarme a la realidad, pero el cansancio era una marea negra que subía por mis tobillos. Fui al baño y me eché agua helada en la cara. Al levantar la vista hacia el espejo, me detuve.
​Había una marca roja en mi cuello. Una huella dactilar, perfecta y nítida, justo sobre mi yugular.
​Me toqué la piel con dedos temblorosos. No había nadie en mi casa. Las tres cerraduras de la puerta principal estaban echadas. Las cámaras de seguridad no habían detectado movimiento. Pero la marca estaba ahí, caliente, palpitando al ritmo de mi propio corazón.
​—No estás aquí —susurré, y mi voz sonó como papel rasgado—. Solo eres una sombra. No eres real.
​“Soy más real que el aire que respiras, Elena”.
​La voz no vino de la habitación. Vino de dentro de mi cráneo. Una voz de barítono, suave como el terciopelo y afilada como un bisturí. Se me erizó la piel. Esa voz era el sonido del pecado que yo no recordaba haber cometido.
​Cerré los ojos un segundo. Solo un segundo.
​El mundo cambió.
​Ya no estaba en mi baño. Estaba en un salón de baile infinito, cubierto de espejos negros. El techo era un cielo tormentoso que goteaba sangre dorada. Y allí, en el centro de la nada, estaba él.
​No tenía rostro, o quizás tenía demasiados. Vestía un traje sastre negro que parecía absorber la luz de la habitación. Se movió hacia mí con una gracia depredadora, y antes de que pudiera gritar, sus manos —esas manos que dejaban marcas en mi cuello— se cerraron sobre mi cintura.
​—Llegas tarde, pequeña detective —murmuró contra mi oído. Su aliento olía a lluvia y a ozono—. Te he echado de menos en las últimas sesenta horas. El insomnio te sienta bien... te hace más maleable.
​—Vete de mi cabeza —jadeé, intentando empujarlo. Pero mis manos se hundían en su pecho como si fuera humo—. ¡Déjame en paz!
​Él soltó una carcajada oscura, un sonido que me hizo vibrar hasta los huesos. Me apretó más fuerte, obligándome a arquear la espalda contra él. Sentí su calor, un calor que no debería existir en un sueño. Era demasiado físico. Demasiado íntimo.
​—Tú me llamaste, Elena. En cada noche de soledad, en cada trauma que enterraste bajo tu placa de detective... tú creaste un espacio para mí. Yo no soy un intruso. Soy el dueño de tu subconsciente.
​Me obligó a mirarlo. En el lugar donde deberían estar sus ojos, vi galaxias colapsando.
​—Despierta —me ordenó, con una ternura que me dio más miedo que su furia—. Despierta antes de que te consuma aquí mismo. Pero recuerda esto: cada vez que parpadeas, me perteneces un poco más.
​Abrí los ojos de golpe.
​Estaba de rodillas en el suelo del baño. El grifo seguía abierto, el agua desbordándose por el lavabo. Mi pecho subía y bajaba frenéticamente. Me miré al espejo de nuevo.
​La marca en mi cuello ya no era una huella dactilar. Ahora eran dos palabras, grabadas en mi piel como si alguien hubiera usado fuego:
​"MÍA. TODAVÍA."
​En el vapor del espejo, unas letras empezaron a formarse por sí solas, escritas por un dedo invisible:
​“Vuelve a dormir, Elena. El laberinto te espera.”
​Me alejé del espejo, tropezando con mis propios pies. Salí del baño y agarré mi frasco de pastillas de cafeína, pero mis manos temblaban tanto que el frasco voló por los aires, esparciendo el veneno blanco por la alfombra.
​No podía seguir así. Él me estaba cazando desde adentro. Me estaba robando la vida para alimentar su propia existencia. Y lo peor, lo que más me aterraba mientras me acurrucaba en un rincón de la sala con un cuchillo en la mano...
​... era que una parte de mí, una parte enferma y oscura, no quería que él se fuera nunca.



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En el texto hay: darkromance, detecive, psiquiatra sueños

Editado: 26.04.2026

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