El consultorio del Dr. Julian Vane olía a sándalo y a secretos bien guardados. Era un espacio diseñado para la calma: paredes de un gris suave, muebles de cuero envejecido y una ventana inmensa que mostraba el skyline de Manhattan como si fuera un cuadro distante.
Pero para mí, cada sombra en las esquinas parecía moverse. El sándalo me revolvía el estómago.
—Te ves cansada, Elena —dijo Julian con esa voz pausada que solía calmarme. Ahora, solo me ponía los pelos de punta.
Él estaba sentado frente a mí, cruzado de piernas, con una tableta digital sobre el regazo. Julian no era el típico psiquiatra de setenta años. Era joven, de una belleza simétrica y fría, con ojos tan claros que a veces parecían transparentes. Había sido mi mentor cuando empecé en la psiquiatría forense, y ahora era el único hombre en el que confiaba para no terminar en una camisa de fuerza.
—No he dormido, Julian. Ya lo sabes —respondí, apretando los puños sobre mis muslos.
—Sesenta y dos horas es el límite de la psicosis, Elena. Tu cerebro está empezando a fabricar su propia realidad para compensar la falta de descanso. Las alucinaciones auditivas, la sensación de ser tocada... son síntomas clásicos de una privación sensorial extrema.
Me puse de pie de un salto, ignorando el mareo que me hizo ver manchas negras. Me bajé el cuello de la blusa con un movimiento brusco.
—¿Y esto? ¿Es esto una alucinación clásica?
La marca en mi cuello seguía allí. Las palabras "MÍA. TODAVÍA." no se habían borrado, aunque me había frotado la piel hasta dejarla en carne viva. Julian se levantó lentamente y se acercó. Sus dedos, largos y fríos, rozaron la marca. Un escalofrío eléctrico me recorrió la columna. Fue una sensación idéntica a la del sueño.
Él entrecerró los ojos, analizando la piel como si fuera un espécimen de laboratorio.
—Dermatografía —murmuró—. Tu mente está tan estresada que tu cuerpo reacciona a tus propios pensamientos. Te grabaste esto a ti misma, Elena. Quizás con una uña, o con el borde de una tarjeta, mientras estabas en un estado de trance hipnagógico.
—¡No! —grité, alejándome de él—. Él estaba allí. Lo sentí. Huele a lluvia, Julian. Huele a ozono antes de una tormenta. Me habló. Dijo que me había echado de menos.
Julian suspiró y volvió a su asiento, anotando algo con calma.
—Elena, como detective sabes que la evidencia física suele tener explicaciones lógicas. Como psiquiatra, sabes que el subconsciente es un depredador. Estás proyectando tu miedo a perder el control en una figura masculina dominante. Es un mecanismo de defensa contra el trauma que sigues bloqueando.
—¿Qué trauma? —le espeté—. He revisado mi historial diez veces. No hay nada. Mi vida era aburrida hasta que él apareció.
Julian se quedó callado un momento. La luz del sol poniente golpeó sus ojos, haciéndolos brillar con una intensidad extraña.
—Tal vez no estás buscando en el lugar correcto. Hay un tratamiento nuevo, una terapia de sueño asistida. Yo controlo tus ondas cerebrales mientras duermes aquí, en el consultorio. Un entorno seguro. Podemos encarar a esa... "sombra" juntos.
Me quedé helada. La idea de dormir era una tentación casi insoportable, pero la idea de estar indefensa frente a Julian me generaba una alarma que no sabía explicar.
—No lo sé...
—Elena, si no duermes hoy, tu corazón fallará o tu mente se romperá definitivamente —dijo él, levantándose de nuevo. Se acercó a una pequeña mesa y sirvió un vaso de agua. Sacó un frasco pequeño del bolsillo de su bata y dejó caer dos gotas de un líquido incoloro—. Solo tres horas. Yo estaré aquí, vigilando cada latido. Confía en mí.
Me entregó el vaso. Sus dedos rozaron los míos. En ese instante, por la ventana del consultorio, el cielo se oscureció de golpe. Una nube negra cubrió el sol y, de la nada, empezó a llover torrencialmente contra el cristal.
El olor a ozono inundó la habitación.
Miré a Julian. Él no pareció notar el cambio climático repentino. Me sonreía con una amabilidad perfecta, pero por un segundo, creí ver que su sombra en la pared no coincidía con sus movimientos. La sombra de Julian era más alta, más ancha... y parecía estar rodeando mi propio cuello.
—Bebe, Elena —susurró él.
Bebí. El agua sabía a metal y a lluvia.
A los pocos segundos, el mundo empezó a derretirse. El sofá de cuero se sintió como una boca que me tragaba. Mientras mis ojos se cerraban contra mi voluntad, vi a Julian inclinarse sobre mí. Ya no tenía su tableta en la mano. Tenía un cuaderno viejo, con hojas amarillentas.
Lo último que vi antes de caer en la negrura fue el dibujo en la primera página de ese cuaderno.
Era un retrato mío. Durmiendo. Fechado hace diez años.
Y debajo del dibujo, escrita con la misma caligrafía que la marca de mi cuello, una sola frase:
"EL LABERINTO ESTÁ LISTO."