Caer no se sintió como un desmayo. Se sintió como ser succionada por una turbina de terciopelo. El sonido de la lluvia contra el cristal del consultorio de Julian se transformó en un rugido atronador, y luego, en un silencio tan absoluto que podía escuchar el roce de mis propias pestañas.
Abrí los ojos.
Ya no estaba en el diván. Estaba de pie en medio de una catedral en ruinas, donde las paredes no eran de piedra, sino de recuerdos líquidos que fluían hacia arriba. El aire estaba saturado con ese olor: lluvia, ozono y algo más... el aroma metálico de la sangre y la dulzura de los lirios marchitos.
—Te has resistido tanto, Elena —dijo una voz detrás de mí. No era la voz de Julian. Era una vibración que sentía en la médula de mis huesos.
Me giré.
Él ya no era una sombra. Ya no era un borrón negro en la esquina de mi visión. Estaba allí, apoyado contra una columna de mármol agrietado, observándome con la paciencia de un depredador que sabe que su presa no tiene adónde ir.
Por primera vez, lo vi. Su rostro.
No era el rostro de un monstruo. Era algo mucho más peligroso: era la perfección tallada en el pecado. Tenía una mandíbula afilada, pómulos altos que parecían esculpidos en obsidiana y una piel tan pálida que parecía brillar bajo la luz inexistente de ese lugar. Su cabello era negro como una noche sin estrellas, cayendo descuidadamente sobre una frente marcada por una pequeña cicatriz en forma de rayo cerca de la sien.
Pero fueron sus ojos los que me paralizaron. No eran humanos. Eran iris de un azul eléctrico, rodeados por una esclera negra que vibraba con cada pensamiento mío.
—Tú... —logré articular. Mi voz no era más que un susurro en la inmensidad del templo.
—Yo —respondió él, rompiendo la distancia entre nosotros con un solo paso que pareció distorsionar el espacio—. Soy el que dejaste atrás en ese laberinto hace diez años. Soy el secreto que Julian intenta embotellar y el hambre que te mantiene despierta.
Se detuvo a centímetros de mí. Era mucho más alto de lo que imaginaba. Su presencia irradiaba un frío que quemaba. Extendió una mano y, esta vez, no luché. Sus dedos largos se cerraron alrededor de mi nuca, obligándome a mirar hacia arriba, hacia ese rostro que ahora me perseguiría más que cualquier sombra.
—¿Quién eres? —pregunté, sintiendo cómo mis pulmones se llenaban de su aroma hasta marearme.
—En tu mundo, me llaman por nombres que no pueden pronunciar sin temblar. Pero para ti... —se inclinó, rozando su nariz con la mía, su aliento frío golpeando mis labios—. Para ti, soy Dante. Tu arquitecto. Tu parásito. Tu dueño.
Dante. El nombre sonó como una campana que despertaba algo dormido en lo más profundo de mi cerebro. Una imagen cruzó mi mente: yo, con diez años menos, corriendo por un pasillo blanco, gritando ese nombre mientras una puerta de acero se cerraba tras de mí.
Él sonrió, y fue una sonrisa que prometía tanto paraíso como infierno. Sus pulgares acariciaron mi mandíbula, y sentí cómo mi propia energía fluía hacia él, como si fuera una batería que él estaba drenando con cada segundo de contacto.
—Julian cree que puede "curarte" —dijo Dante, su voz bajando a un susurro seductor—. Él cree que estas gotas en tu vaso te protegerán de mí. No entiende que el veneno es lo que me abre la puerta. Él es solo el carcelero que cuida la jaula... pero yo soy el que vive dentro contigo.
—Él tiene fotos mías... dibujos de hace años —dije, tratando de aferrarme a la realidad de la oficina—. Él te conoce.
Dante soltó una risa seca.
—Julian es un coleccionista de sombras. Pero tú, Elena... tú eres la fuente.
De repente, Dante me atrajo hacia su cuerpo con una fuerza brutal. Sentí su pecho sólido contra el mío, un contraste aterrador con la naturaleza etérea del sueño. Me tomó del rostro con ambas manos, sus ojos azules brillando con una obsesión que me hizo temblar de un deseo que no debería sentir.
—Mírame bien, Elena —ordenó—. Graba cada trazo de mi rostro en tu mente. Porque cuando despiertes, Julian intentará convencerte de que soy una invención. Intentará decirte que soy "estrés". Pero tú sentirás el sabor de mi nombre en tu lengua.
Se inclinó más, sus labios rozando mi oreja.
—Dime quién soy.
—Dante —susurré, rindiéndome al contacto.
—Otra vez.
—Dante.
—Recuérdalo cuando sientas sus manos sobre ti en el mundo real. Recuérdalo cuando él te pida que confíes. Porque él te quiere cuerda para estudiarte... pero yo te quiero rota para poseerte.
Dante me besó. No fue un beso romántico; fue una invasión. Fue como si un rayo atravesara mi conciencia, una descarga de recuerdos borrados, dolor y una pasión tan oscura que me quitó el aire. Sentí que me desintegraba, que dejaba de ser Elena Vance para convertirme en una extensión de él.
Y entonces, el suelo de la catedral se rompió.
Desperté de golpe, gritando el nombre de Dante.
Estaba en el consultorio. La luz de la luna entraba por la ventana, bañando la habitación de un azul pálido. Julian estaba sentado a mi lado, observándome con una mezcla de fascinación y algo que parecía... envidia.
Tenía una jeringa en la mano, y el cuaderno viejo estaba abierto en sus rodillas.
—¿Dante? —preguntó Julian con una voz gélida que no se parecía en nada a la de mi psiquiatra—. Es curioso que lo recuerdes ahora, Elena. Justo cuando estaba a punto de borrarlo para siempre.
Miré a Julian y, por primera vez, me di cuenta de que el verdadero monstruo no era el que vivía en mis sueños. El verdadero monstruo era el que me estaba mirando con una sonrisa profesional mientras me clavaba la aguja en el brazo.
—Bienvenida de nuevo, Elena —susurró Julian—. El experimento apenas comienza.