El parásito de tus sueños

Capitulo 4: El escape del laberinto de cristal

​El mundo sabía a cobre y a fármacos amargos.
​Desperté con las muñecas sujetas a los reposabrazos de cuero de la silla de Julian. No eran esposas de acero, eran correas de velcro médico, suaves pero implacables. Mi cabeza pesaba una tonelada, pero mi cerebro de detective, entrenado en los callejones más sucios de Queens, empezó a tabular datos por puro instinto:
​Ubicación: Consultorio de Julian, piso 42.
​Estado: Sedada pero consciente.
​Amenaza: Julian Vane, parado frente al ventanal, observando la lluvia con una jeringa vacía en la mano.
​—El efecto de la escopolamina es fascinante —dijo Julian sin girarse—. Te quita la voluntad, pero te deja los recuerdos frescos. Dime, Elena... ¿qué te hizo Dante en ese beso? ¿Cómo se siente ser reclamada por una sombra?
​No pude responder. Mi lengua era un trozo de madera en mi boca. Pero entonces, lo sentí.
​Una ráfaga de aire helado recorrió mi nuca. No era el aire acondicionado. Era él. Sentí unos dedos invisibles, pero asombrosamente cálidos, recorriendo el borde de mi oreja, bajando por mi cuello hasta llegar al escote de mi blusa.
​“No intentes hablar, nena”, susurró la voz de Dante, tan cerca que pude jurar que sentía el roce de sus labios contra mi piel. “Úsame. Concéntrate en el calor que te estoy dando. Tu cuerpo es mío, y no voy a permitir que este insecto lo mantenga atado”.
​El calor de Dante empezó a quemar mis venas, contrarrestando el efecto del sedante. Mi pulso se aceleró. Julian lo notó en el monitor cardíaco que parpadeaba a mi lado.
​—Tu ritmo cardíaco está subiendo... —Julian se acercó, sus ojos brillando con una curiosidad enferma—. ¿Está aquí, verdad? Lo sientes ahora mismo.
​Julian extendió su mano para tocar mi mejilla.
​“Rómpelo”, gruñó Dante en mi cabeza. “Ahora”.
​En ese instante, Dante hizo algo que nunca creí posible: proyectó una imagen en mi mente, una visión térmica de la habitación. Vi los puntos débiles de las correas, vi el ángulo exacto del brazo de Julian. Mi cuerpo se movió con una velocidad que no era mía.
​Usé la fuerza de Dante. Tensé los bíceps y el velcro cedió con un sonido seco. Antes de que Julian pudiera reaccionar, mi mano derecha se cerró alrededor de su garganta y lo estampé contra el escritorio.
​—¿Quieres... saber... cómo se siente? —mi voz salió ronca, cargada de una furia que me quemaba la garganta.
​Julian no tenía miedo. Estaba excitado.
​—Eso es... —jadeó él, mientras el aire se le escapaba—. Esa no eres tú. Es él... fluyendo a través de ti. Es hermoso.
​“Mátalo”, siseó Dante. Sentí su presencia envolviéndome por detrás, sus manos invisibles guiando las mías, apretando más fuerte. “Termina con este parásito de bata blanca. Solo existimos nosotros dos, Elena”.
​La presión en mis manos era sobrehumana. Julian empezó a ponerse azul. Estaba a un segundo de romperle la tráquea cuando mi instinto de detective gritó: Si lo matas aquí, nunca saldrás del edificio. Hay seguridad armada en el vestíbulo.
​—No —dije, luchando contra la voluntad de Dante—. No todavía.
​Solté a Julian y, antes de que pudiera recuperarse, agarré el cuaderno viejo de su escritorio. Le propiné un golpe seco con el mango de un abrecartas de cristal en la sien, dejándolo inconsciente pero vivo.
​“Cobarde”, susurró Dante, pero sentí su risa oscura vibrando en mi pecho. “Me gusta cuando peleas conmigo. Me hace querer reclamarte con más fuerza”.
​Me tambaleé hacia la puerta. Mis piernas aún flaqueaban, pero la presencia de Dante era como un exoesqueleto de energía. Salí al pasillo de la clínica privada. Estaba desierto, bañado por luces LED blancas que parpadeaban.
​—Cerradura electrónica —murmuré ante la puerta del ascensor de servicio.
​“No necesitas códigos, Elena. Mira a través de mis ojos”.
​Cerré los ojos un segundo y, al abrirlos, la realidad se distorsionó. Vi las corrientes eléctricas fluyendo por la pared. Vi el código de acceso brillando en el teclado como si alguien hubiera dejado huellas de neón: 9-0-4-1.
​Pulsé los números. El ascensor se abrió.
​Mientras bajábamos hacia el sótano, la temperatura en el cubículo de acero subió de golpe. Dante se manifestó frente a mí, no como una sombra, sino con una solidez aterradora. Estaba apoyado contra la pared del ascensor, con su camisa negra desabrochada hasta la mitad, observándome con ojos que prometían incendiar mi mundo.
​—Has estado muy valiente hoy —dijo, su voz bajando a un tono peligrosamente íntimo—. Pero estás temblando.
​—Es el fármaco —mentí, aunque sabía que era el deseo de que me tocara lo que me hacía vibrar.
​Dante se separó de la pared y me acorraló contra los espejos del ascensor. Colocó sus manos a ambos lados de mi cabeza. Su calor era asfixiante, delicioso.
​—Julian te quería como un espécimen —susurró, inclinándose hasta que sus labios rozaron mi cuello, justo sobre la marca que él mismo me había dejado—. Yo te quiero como mi reina del caos. ¿Sabes lo que voy a hacerte cuando estemos a salvo, Elena?
​Sentí su mano bajar por mi cintura, apretando con una posesividad que me hizo soltar un gemido ahogado. El ascensor llegó al sótano con un ding metálico.
​—Primero, sácame de aquí —logré decir, aunque mi cuerpo rogaba que se quedara ahí mismo.
​Dante me dedicó una sonrisa depredadora y se desvaneció en el aire justo cuando las puertas se abrieron, dejándome solo con el rastro de su aroma a ozono y una promesa que me hacía desear que la noche no terminara nunca.
​Corrí hacia mi coche en el parking sombrío. Sabía que Julian despertaría pronto. Sabía que ahora era una fugitiva. Pero mientras arrancaba el motor, sentí un peso en el asiento del copiloto.
​No había nadie, pero el cuero se hundió como si alguien estuviera sentado allí.
​—Conduce, nena —dijo la voz de Dante desde el aire—. El laberinto acaba de hacerse mucho más grande.



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En el texto hay: darkromance, detecive, psiquiatra sueños

Editado: 26.04.2026

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