Conduje hasta un motel, el motel se llamaba "The Crimson Rest". Un nombre apropiado para un lugar que olía a moho, cigarrillos baratos y desesperación. Pagué en efectivo a un recepcionista que no levantó la vista de su televisor y me encerré en la habitación 14.
Eché el cerrojo y apoyé la espalda contra la puerta, dejando que el cuaderno de Julian cayera al suelo. Mis pulmones ardían. El silencio de la habitación era tan denso que podía oír el zumbido de la vieja nevera en la esquina.
—¿Sigues aquí? —susurré al aire.
Nadie respondió. Pero la temperatura de la habitación empezó a cambiar. El frío del aire acondicionado fue reemplazado por un calor denso, pesado, que se pegaba a mi piel como una caricia.
Me quité la chaqueta y me acerqué al pequeño televisor. Al verme en el espejo sobre el tocador, me detuve. Mi reflejo estaba distorsionado. Detrás de mí, una silueta empezó a cobrar forma. No era una sombra. Era Dante, tan real que podía ver el latido de la vena en su cuello.
—No puedes huir de lo que llevas cosido al alma, Elena —su voz era un ronroneo profundo que me hizo vibrar las rodillas.
Se acercó lentamente. Yo estaba paralizada, atrapada entre el miedo y un deseo que me quemaba las entrañas. Cuando llegó a mi altura, no me tocó de inmediato. Se quedó a un milímetro de mi espalda, dejando que su calor me envolviera.
—Julian te dio sedantes para dormirte —susurró, y sentí su aliento en mi oreja, erizándome cada vello del cuerpo—. Pero yo te quiero despierta. Quiero que sientas cada gramo de mi presencia.
Dante rodeó mi cintura con sus brazos. Sus manos eran grandes, fuertes, y apretaron mi abdomen con una posesividad que me hizo soltar un gemido ahogado. Sus dedos empezaron a subir, trazando las costillas bajo mi blusa, hasta que sus palmas cubrieron mi pecho por encima de la tela.
—Míranos —ordenó, obligándome a mirar el espejo.
En el reflejo, su rostro estaba apoyado en mi hombro. Sus ojos azul eléctrico brillaban con una intensidad hambrienta. Parecíamos una pintura de un ángel caído reclamando a su santa.
—Dante... esto no es real —logré decir, aunque mi cuerpo lo sentía más real que cualquier hombre que hubiera conocido—. Estás en mi cabeza.
—¿Ah, sí? —soltó una risa oscura.
Sentí sus labios, húmedos y calientes, presionando el punto sensible de mi cuello donde antes estaba la marca. No fue un beso suave. Fue una mordida leve, un reclamo de territorio que me hizo arquear la espalda hacia él. Sus manos bajaron de golpe hacia mis caderas, tirando de mí hacia atrás para que sintiera la dureza de su cuerpo contra el mío.
—Dime si esto se siente como una alucinación —gruñó contra mi piel.
Me giré entre sus brazos, con la respiración entrecortada. Mis manos, actuando por voluntad propia, se aferraron a su camisa negra, arrugando la tela. Su pecho era sólido, caliente, irradiando una energía que me mareaba. Dante me tomó del rostro con una mano, forzándome a mirarlo.
—Llevo diez años esperando este momento —dijo, y vi por primera vez una grieta de vulnerabilidad en su armadura de arrogancia—. Diez años atrapado en el vacío, alimentándome de tus sueños rotos porque Julian me encerró fuera de la luz.
—¿Qué te hizo él? —pregunté, mi voz perdiéndose cuando sus pulgares acariciaron mis labios.
—Me robó mi cuerpo para tratar de entender mi mente. Pero se olvidó de que tú y yo somos dos mitades de la misma moneda manchada de sangre.
Dante se inclinó y me besó. Esta vez no hubo una caída al vacío; hubo un incendio. Sus labios sabían a tormenta y a peligro. Era una lucha de lenguas, de dientes, de una necesidad que trascendía lo físico. Me empujó contra la pared del motel y el impacto solo sirvió para encender más el fuego.
Su mano libre se deslizó por mi muslo, subiendo por el borde de mi falda hasta encontrar la piel desnuda. Su tacto quemaba. Cada lugar donde ponía sus dedos se sentía marcado para siempre.
—Eres mía, Elena —susurró contra mis labios, su voz cargada de una urgencia animal—. En este mundo y en el que yo construya para ti. No dejaré que nadie más te toque. Ni Julian, ni la realidad.
En ese momento, el televisor del motel se encendió solo. La estática llenó la habitación, y a través de la nieve de la pantalla, apareció el rostro de Julian. Se veía pálido, con una venda en la sien, pero sus ojos estaban inyectados en sangre.
—Sé dónde estás, Elena —dijo la voz de Julian a través de los altavoces, distorsionada y psicótica—. Y he traído algo para que Dante salga a jugar de verdad.
Dante se separó de mí, gruñendo como una bestia herida. Miró a la pantalla y sus ojos se volvieron negros por completo.
—El carcelero ha venido a reclamar su juguete —dijo Dante, y una sonrisa cruel apareció en su rostro—. Que venga. Esta noche, el motel se convertirá en su tumba.