El televisor explotó.
No fue solo un fallo eléctrico; fue una detonación de furia. Los cristales volaron hacia afuera, pero antes de tocar el suelo, se detuvieron en el aire, suspendidos por una fuerza invisible. La estática de la pantalla se materializó en una niebla negra que inundó la habitación del motel en segundos.
—Quédate detrás de mí, Elena —la voz de Dante ya no era seductora. Era el rugido de un terremoto bajo tierra.
Fuera de la habitación, escuché pasos pesados sobre el asfalto del parking. Julian no había venido solo; había traído a su equipo de "recuperación", hombres con uniformes tácticos y dispositivos de pulso electromagnético.
¡BAM!
La puerta de la habitación saltó por los aires, pero no entró nadie. Las sombras de la habitación, alargadas por la luz de los faros de afuera, se despegaron de las paredes como si fueran seres vivos.
Dante se lanzó hacia adelante. No caminó; Se deslizó por la habitación como un rayo de oscuridad.
Lo que vi a continuación hizo que mi cordura empezara a agrietarse como un cristal bajo presión. Vi a uno de los hombres de Julian ser levantado en el aire por una mano invisible. Escuché el crujido de sus costillas doblándose hacia adentro. No había sangre, solo una esencia negra que brotaba de las heridas, devorada por Dante.
—¡Disparen a la mujer! —gritó la voz de Julian desde el exterior—. ¡Si ella muere, el parásito muere con ella!
Una bala silbó cerca de mi oído. Me arrojé al suelo, cubriéndome la cabeza. Sentí que el aire me faltaba, que mi cerebro no podía procesar lo que veía. Dante estaba en todas partes a la vez. Lo vi arrancarle la garganta a un guardia con sus propias manos, y un segundo después, estaba al otro lado del pasillo, convirtiéndose en un torbellino de garras y colmillos de sombra.
“Mírame, Elena”, su voz resonó en mi mente, cargada de un éxtasis sangriento. “Mira lo que soy capaz de hacer por ti. Soy tu monstruo. Soy tu salvación”.
El miedo empezó a mutar en algo más oscuro. Me sentía drogada, mareada. Ver a Dante asesinar con esa elegancia brutal me provocaba un terror paralizante, pero también una atracción enferma. Era como observar un incendio forestal: sabes que va a matarte, pero no puedes dejar de mirar la belleza de las llamas.
—¡Para, Dante! ¡Los vas a matar a todos! —grité, pero mi voz se perdió entre los gritos de agonía de afuera.
Me arrastré hacia la ventana y lo vi. Julian estaba de pie junto a una furgoneta negra, con un dispositivo en la mano que emitía una luz ultravioleta intensa.
—¡Dante, es una trampa! — grité.
De pronto, la luz se encendió. Un rayo de frecuencia pura golpeó el centro de la habitación. Dante soltó un grito que no era humano. Su forma física empezó a parpadear, volviéndose transparente, revelando el rostro agonizante de un hombre que sufría mil muertes a la vez.
La conexión entre nosotros se tensó. Sentí un dolor punzante en el pecho, como si me estuvieran arrancando el corazón con un gancho. Mi visión se volvió roja. Empecé a reír y a llorar al mismo tiempo, sintiendo cómo mi mente se fracturaba en mil pedazos.
—Ya casi lo tenemos —dijo Julian, acercándose con una sonrisa triunfal—. Solo un poco más de presión y el parásito será expulsado.
Dante cayó de rodillas frente a mí. Su piel ardía, desprendiendo jirones de sombra. Me miró con esos ojos azul eléctrico, ahora empañados por el dolor, y extendió una mano temblorosa hacia mi rostro.
—Elena... —susurró, y esta vez su voz era humana, cargada de una fragilidad que me destrozó—. No dejes que me lleven de vuelta... al vacío.
En ese momento de colapso mental, algo en mi interior se rompió. Mi instinto de detective, mi moral, mi cordura... todo desapareció. Solo quedaba el hambre.
Me puse de pie, ignorando el dolor en mis venas. Caminé hacia el dispositivo de Julian, atravesando el campo de luz que quemaba mi piel. Julian me miró, asombrado.
—Elena, apártate. Estás bajo el efecto de la psicosis —dijo Julian, retrocediendo un paso.
—No es psicosis, Julian —le dije, y mi voz sonaba como la de Dante—. Es amor.
Agarré una de las lámparas de luz ultravioleta y la estampé contra el asfalto. El circuito estalló. La oscuridad volvió a reinar, pero esta vez, era más densa. Más hambrienta.
Dante se levantó del suelo. Ya no era un hombre. Era una marea de sombras que cubrió el motel entero. Se abalanzó sobre Julian, pero no lo mató. Lo envolvió en un capullo de negrura, arrastrándolo hacia el centro de la habitación, hacia mí.
Dante volvió a su forma humana, jadeando, cubierto de sudor y sangre ajena. Me tomó por la nuca y me besó con una violencia que sabía a victoria y a locura.
—Has elegido, nena —susurró contra mis labios, mientras Julian gritaba de terror en el suelo, atrapado por las sombras—. Ahora ya no hay vuelta atrás. Eres la reina de este infierno.
Miré a mi alrededor. El motel estaba lleno de cadáveres. Mi carrera había terminado. Mi cordura se había ido. Y mientras Dante me apretaba contra él, sentí que, por primera vez en diez años, estaba exactamente donde quería estar.