Huimos del lugar hasta llegar a un ático que olía a metal, a polvo de décadas y al rastro eléctrico que Dante dejaba a su paso. Estábamos en la zona industrial de Nueva Jersey, en un edificio que legalmente había sido demolido en los años noventa. Un escondite perfecto para un espectro y una mujer que acababa de perder el alma.
Me desplomé contra una columna de hormigón, con las manos aún manchadas de la sangre de los hombres de Julian. Mis oídos pitaban. El silencio de la noche era más aterrador que los disparos de hace una hora.
—No puedo más, Dante —susurré, y mis lágrimas trazaron caminos limpios sobre mi rostro sucio—. He matado... los he ayudado a morir. Ya no sé quién soy.
Dante se materializó frente a mí. No era la sombra etérea del sueño; era un cuerpo sólido, una masa de músculos tensos y una presencia que robaba todo el oxígeno de la habitación. Se arrodilló frente a mí, tomándome las manos con una firmeza que me hizo estremecer.
—Eres mía, Elena. Eso es lo único que necesitas saber —su voz vibró en mi pecho—. Pero te estás apagando. La droga de Julian y el shock están rompiendo el hilo que te une a este mundo.
—Siento que me desvanezco... —dije, y era verdad. Mis dedos se sentían entumecidos, mi visión se volvía borrosa por los bordes.
—Es porque tu cuerpo no puede soportar mi poder sin un ancla —Dante me tomó por la cintura y me levantó como si no pesara nada, sentándome sobre una vieja mesa de madera negra—. Julian te usaba como un recipiente pasivo. Pero para sobrevivir a lo que viene, necesitamos ser una sola carne. Un pacto que ni el Consejo ni la muerte puedan romper.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, mi respiración acelerándose cuando él se posicionó entre mis piernas.
Dante desabrochó los primeros botones de su camisa, revelando un pecho pálido y perfecto, surcado por venas que brillaban con un azul eléctrico bajo la piel. Sacó un pequeño puñal de obsidiana que parecía haber surgido de su propia sombra.
—Necesito tu sangre, Elena. Y tú necesitas mi esencia. Un intercambio. Si aceptas, dejarás de ser una humana a merced del destino. Serás parte de mí. Sentirás lo que yo siento, desearás lo que yo deseo.
Se inclinó hacia adelante, rozando mis labios con los suyos. El calor que emanaba de él era abrasador, una promesa de un placer tan oscuro que me daba vértigo.
—Dime que me quieres dentro de ti, Elena. No en tus sueños, sino en tus venas.
—Hazlo —jadeé, rindiéndome por completo. La cordura ya no tenía valor en un mundo donde él existía.
Dante hizo un corte fino en su propia palma y luego tomó mi mano izquierda, trazando una línea idéntica. Cuando nuestras palmas se unieron, el mundo explotó en un blanco incandescente. No dolió; fue una descarga de éxtasis puro que me hizo arquear la espalda y clavar mis uñas en sus hombros.
Pero no terminó ahí. Dante me rodeó el cuello con una mano, obligándome a mirarlo mientras sus ojos se volvían dos pozos de negrura infinita. Se inclinó y lamió la sangre de mi mano, antes de presionar su boca contra mi cuello, justo donde la piel latía con fuerza.
Sentí sus colmillos, finos como agujas, perforando la epidermis. El dolor fue eclipsado de inmediato por una ola de placer erótico que me recorrió de pies a cabeza. Estaba drenándome, pero a cambio, sentía cómo su fuerza fluía hacia mí. Vi destellos de sus recuerdos: siglos de soledad, el frío del vacío, y la obsesión creciente por una niña que lo llamó desde la oscuridad hace diez años.
—Más... —supliqué, envolviendo mis piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más hacia mí.
Dante soltó mi cuello y me miró con una voracidad animal. Sus labios estaban manchados de rojo, y su piel parecía más viva, más humana que nunca. Me tomó por los muslos, apretando con una fuerza que dejaría marcas permanentes, y me besó con una pasión destructiva.
El ático se llenó de sombras que bailaban al ritmo de nuestros latidos. El aire se volvió espeso, cargado de una electricidad que hacía que mi piel chispeara al contacto con la suya. En ese momento, sobre esa mesa llena de polvo, Elena Vance murió definitivamente.
Dante me despojó de la ropa con una urgencia que rayaba en la violencia, y mientras nuestras pieles se fundían en la penumbra, comprendí la verdad: el pacto de sangre era una cadena. Una cadena de oro y sombras que me ataba a él para siempre.
—Ahora eres parte del arquitecto —susurró Dante contra mi oído, mientras sus manos recorrían cada rincón de mi cuerpo, reclamándome como su propiedad absoluta—. Y esta noche, vamos a empezar a reconstruir tu laberinto... a mi manera.
Justo cuando el placer amenazaba con hacerme perder el conocimiento, un sonido metálico resonó en el hueco del ascensor del edificio. Un sonido rítmico, como el de un bastón golpeando el suelo de metal.
Dante se tensó sobre mí, sus ojos brillando con una furia asesina.
—Han llegado —gruñó, cubriéndome con su propio cuerpo—. El Limpiador está aquí.