El parásito de tus sueños

Capítulo 8: El eco de los muertos

El sonido del bastón cesó justo frente a la puerta de hierro. El silencio que siguió fue peor que cualquier estruendo. Dante me soltó lentamente, sus ojos aún inyectados en ese azul eléctrico que ahora también corría por mis venas. Sentía su furia como un zumbido constante en mi nuca.
​—No te muevas de este círculo —ordenó, trazando una línea invisible en el suelo con su sombra.
​La puerta no explotó; se derritió. El metal se curvó hacia adentro como si fuera cera, revelando a la figura que esperaba en el pasillo.
​Mi corazón se detuvo. El hombre que entró vestía un traje gris impecable. Tenía el cabello cano en las sienes y una cicatriz que le cruzaba la ceja derecha. Caminaba con una cojera leve, apoyado en un bastón de plata con cabeza de lobo.
​—¿Mark? —mi voz fue un hilo roto.
​Mark. Mi compañero en la academia, mi primer amor, el hombre cuyo funeral presencié hace cinco años tras un supuesto tiroteo en una redada.
​—Elena. Te ves... diferente. Más viva de lo que recordaba —dijo Mark. Su voz no tenía la calidez de antes; era plana, mecánica, como si algo estuviera usando su garganta como un megáfono.
​—Él no es el hombre que conociste, Elena —gruñó Dante, interponiéndose entre nosotros. Su forma física empezó a expandirse, las sombras del ático curvándose hacia él—. Es una cáscara. El Limpiador no tiene rostro propio, así que roba los de tus fantasmas.
​Mark sonrió, y fue una mueca grotesca que no llegó a sus ojos. Levantó el bastón y el aire en el ático se volvió gélido.
​—El Consejo no está contento, Dante. Has corrompido el espécimen. El pacto de sangre es una violación de los protocolos —Mark me miró, y por un segundo, vi un destello de una malicia roja en sus pupilas—. Pero no importa. La sangre se puede lavar.
​Mark se movió con una velocidad inhumana. El bastón de plata se transformó en un látigo de luz blanca que cortó el aire. Dante lo bloqueó con un escudo de negrura, pero el impacto nos lanzó a ambos contra la pared del fondo.
​Sentí el poder del pacto rugir dentro de mí. No era miedo lo que sentía ahora; era una sed de sangre que no era mía. Me puse de pie antes que Dante, con los sentidos agudizados al límite. Vi los hilos de energía que Mark movía, vi la trampa de espejos que estaba desplegando en las sombras.
​—¡Elena, no! —gritó Dante.
​Pero ya era tarde. Mark me atrapó del cuello con una mano que se sentía como el hielo. Me levantó del suelo, su rostro a centímetros del mío.
​—Aún hueles a él —susurró el Limpiador con la voz de Mark—. Pero Julian tenía razón. Eres la batería perfecta. Una vez que te vaciemos de Dante, serás el motor de un nuevo mundo.
​Sentí que mi energía empezaba a ser succionada. Mis pulmones colapsaban. Pero entonces, la conexión con Dante se tensó como una cuerda de piano. No era él quien me salvaba; éramos nosotros.
​Cerré los ojos y visualicé la oscuridad que Dante me había entregado. La proyecté a través de mis manos, directamente hacia el pecho de la cosa que habitaba a Mark.
​Un grito desgarrador, que no pertenecía a este mundo, llenó el ático. Mark me soltó, retrocediendo mientras su cuerpo empezaba a agrietarse, dejando salir una luz roja corrosiva.
​—Vámonos —rugió Dante, envolviéndome en sus brazos.



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En el texto hay: darkromance, detecive, psiquiatra sueños

Editado: 01.05.2026

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