—No hay salida por la escalera —dije, jadeando, mientras el cuerpo de Mark empezaba a regenerarse con una velocidad aterradora—. Hay más de ellos abajo.
—No vamos a usar las escaleras, nena —Dante me apretó contra su pecho. Su calor era lo único que me mantenía cuerda—. Vamos a ir por el camino largo.
Dante me besó, un beso que supo a hierro y a eternidad, y de repente, el suelo desapareció.
No estábamos cayendo. Estábamos fluyendo.
Entrar en el Plano de las Sombras fue como ser sumergida en un océano de tinta caliente. La realidad se desintegró. El ático, Mark, el dolor... todo se convirtió en estelas de luz que pasaban a nuestro alrededor a velocidades imposibles.
—No abras los ojos —susurró Dante en mi mente, pero yo ya lo había hecho.
Vi el mundo desde el otro lado del espejo. Vi ciudades construidas con el humo de los sueños, catedrales de cristal negro donde las almas de los que duermen vagaban sin rumbo. Vi el "Consejo de los Doce": doce figuras colosales sentadas en tronos de sombras, observando el mundo humano como si fuera un hormiguero.
El viaje era un asalto sensorial. Sentía las manos de Dante por todo mi cuerpo, no como caricias, sino como anclas que evitaban que mi conciencia se dispersara en la nada. La temperatura aquí era extrema; pasábamos del frío absoluto a un calor que hacía que mi piel chispeara.
—Estamos cruzando su frontera —dijo Dante. Su voz sonaba distorsionada, como si hablara desde el fondo de un pozo—. Quédate conmigo, Elena. Si te sueltas, te convertirás en uno de ellos.
Me aferré a él con una desesperación animal. Sentía su deseo, su necesidad de protegerme mezclada con un hambre voraz de mantenerme prisionera en este reino donde él era un dios. El Plano de las Sombras no era solo un camino; era su verdadera forma. Estaba viajando por el interior de Dante.
Cada caricia suya en este lugar se sentía amplificada mil veces. Era una unión que trascendía lo físico; era una cópula de almas en medio del caos.
De repente, una luz blanca y cegadora cortó la negrura.
—¡Nos han detectado! —gritó Dante.
El Limpiador no se había rendido. Estaba proyectando su luz desde el mundo real, intentando "pescarnos" fuera del flujo de sombras. Vi cómo unos ganchos de luz pura desgarraban el tejido de la realidad a nuestro alrededor, buscando mi carne.
—¡Dante! —aullé cuando uno de los ganchos rozó mi hombro, quemándome a través del vínculo.
—¡Sujétate! —Dante rugió y se transformó por completo.
Ya no era un hombre con una camisa negra; era un torbellino de oscuridad absoluta. Me envolvió en su núcleo, protegiéndome de la luz del Limpiador. Sentí una aceleración brutal, un tirón que pareció estirar mis átomos hasta el punto de ruptura.
¡CRACK!
Atravesamos una barrera invisible y el silencio volvió a ser absoluto.
Caímos con fuerza sobre una superficie fría y dura. Abrí los ojos, tosiendo, tratando de recuperar el aliento. Estábamos en una playa de arena negra, bajo un cielo donde dos lunas de color violeta colgaban inmóviles. El mar era un espejo de plata que no hacía olas.
Dante estaba a mi lado, volviendo a su forma humana, pero se veía agotado. Su piel estaba pálida y sus manos temblaban.
—¿Dónde estamos? —pregunté, mirando el paisaje alienígena.
—En mi santuario —dijo Dante, mirándome con una mezcla de triunfo y temor—. Estamos fuera de su alcance, por ahora. Pero aquí... aquí el tiempo no existe, Elena. Y aquí no hay nadie que pueda oír tus gritos.
Se acercó a mí, y en sus ojos vi que el peligro del Limpiador no era nada comparado con el peligro de estar a solas con Dante en un mundo creado por y para sus deseos.