El parásito de tus sueños

Capitulo 10: El santuario de las sombras

La playa de arena negra era un desierto de seda fría bajo las dos lunas violetas. El mar de plata no hacía ruido al lamer la orilla, pero el aire... el aire vibraba con la electricidad que el pacto de sangre había dejado entre nosotros.
​Dante me observaba. Ya no era el depredador al acecho; era el dueño reclamando su premio. Se quitó la camisa con una lentitud tortuosa, dejando que la luz espectral definiera cada músculo, cada cicatriz que contaba la historia de su destierro. Yo no podía apartar la vista. Mi cuerpo, despertado por su esencia, reclamaba un contacto que iba más allá de la piel.
​—Dije que aquí no hay nadie que oiga tus gritos, Elena —susurró, acercándose con esa gracia letal—. Pero no te dije que aquí tus deseos cobran vida.
​Me tomó de la nuca, sus dedos enredándose en mi cabello ahora negro como el ala de un cuervo. Sus labios recorrieron mi mandíbula hasta llegar a mi oreja, donde su aliento frío me hizo soltar un gemido que rompió el silencio del santuario.
​—¿Cuánto tiempo has deseado que te toque sin que el mundo real nos interrumpa? —preguntó, su mano bajando por mi espalda, presionando mi cuerpo contra su dureza—. ¿Cuántas veces te has tocado en la oscuridad pensando en mi voz?
​—Todas las noches desde que te conocí —confesé, mi voz apenas un susurro quebrado por la necesidad.
​Dante me besó con un hambre que me dejó sin aliento. Me llevó a la arena, que se sentía como terciopelo bajo mi piel desnuda. Mientras sus manos me exploraban, marcándome con un calor que desafiaba la lógica de su naturaleza, vi cómo las sombras a nuestro alrededor empezaban a girar.
​De repente, una masa de oscuridad se desprendió de su espalda. Se materializó al otro lado de mi cuerpo, tomando la forma exacta de Dante: la misma mandíbula, la misma mirada hambrienta, pero con ojos que eran puro fuego negro.
​Dante se detuvo un segundo, su rostro a centímetros del mío, mientras su "doble" de sombra acariciaba mi muslo con un frío punzante que me hizo arquear la espalda.
​—Dime, pequeña detective... —gruñó Dante, su voz duplicada por la sombra—. ¿Crees que puedes con los dos? ¿Crees que tu cuerpo puede soportar que te reclame por dentro y por fuera al mismo tiempo?
​Miré a Dante y luego a la sombra que me rodeaba, sintiendo la invasión sensorial de lo frío y lo caliente, de la carne y el vacío. Una sonrisa desafiante apareció en mis labios, una que nació de la locura que ya me pertenecía.
​—Es poco, Dante —le dije, clavando mis uñas en sus hombros, atrayéndolo hacia mí con una fuerza feroz—. Es poco para todo lo que mi hambre puede devorar. No te detengas. Rompe lo que quede de mí.
​Dante soltó un rugido de placer y posesión. El encuentro fue una tormenta de sentidos: el peso de su cuerpo, la invasión de las sombras que me envolvían como un sudario de placer, y esa conexión de sangre que hacía que cada embestida resonara en mi propia alma. En ese santuario sin tiempo, nos convertimos en una sola entidad de deseo y oscuridad, olvidando que fuera de esas lunas violetas, el mundo nos quería muertos.



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En el texto hay: darkromance, detecive, psiquiatra sueños

Editado: 01.05.2026

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