El parásito de tus sueños

Capitulo 11: Cenizas y oro

​El silencio después de la tormenta era casi sagrado. Estábamos tendidos en la arena negra, mi cabeza apoyada en el pecho de Dante. El ritmo de su corazón era lo único que me anclaba a la existencia. Mi piel, pálida y marcada por sus caricias, brillaba bajo la luz de las lunas.
​Pasé mis dedos por mi cabello. Era tan extraño verlo así. Durante años, mi reflejo en el espejo me devolvía a una mujer de cabello rubio brillante, casi dorado. Ahora, este negro azabache parecía absorber la luz, como si el contacto con Dante hubiera teñido mi propia identidad.
​—Estás recordando —dijo Dante, su mano acariciando perezosamente mi hombro. No era una pregunta. Él podía sentir el flujo de mis pensamientos.
​—Hace diez años... —murmuré, y las imágenes empezaron a brotar como sangre de una herida vieja.
​Tenía diecisiete años. El centro de investigación St. Jude no era un hospital; era una jaula de cristal y acero. Mi piel era de porcelana, mi cabello rubio caía sobre mis hombros mientras estaba sentada en aquella silla fría, rodeada de cables que medían mis sueños.
​Allí conocí a Julian. Entonces no era el hombre de traje impecable que me perseguía. Llevaba una bata blanca demasiado grande y unas gafas de montura negra que siempre se le resbalaban por el puente de la nariz. Sus ojos, detrás de los cristales, no buscaban curarme; buscaban el secreto de mi dolor.
​—No tengas miedo, Elena —me decía Julian, su voz suave y calculada—. Solo queremos entender por qué tu subconsciente emite estas frecuencias. Eres especial. Una entre un millón.
​Pero yo estaba sola. Mi trauma —aquel accidente que borró a mi familia y me dejó como única superviviente— era un agujero negro en mi pecho. Cada noche, Julian me inducía al sueño para observar cómo mis pesadillas tomaban forma en sus monitores. Él lo llamaba "La Anomalía".
​Una noche, el dolor fue demasiado. En la oscuridad de mi habitación, mientras Julian observaba tras el cristal del laboratorio, ajustándose las gafas con una fascinación obscena, deseé que alguien me salvara. Deseé a alguien que fuera más fuerte que el dolor, alguien que me perteneciera solo a mí.
​Cerré los ojos con tanta fuerza que vi estrellas. Y en ese vacío, te vi a ti.
​—Yo no te encontré, Dante —dije, volviendo al presente, mirándolo a los ojos—. Yo te creé. Usé cada pedazo de mi soledad, cada gramo de mi odio hacia Julian y sus experimentos, y te di forma.
​Dante guardó silencio, pero su agarre en mi cintura se tensó.
​—Julian lo vio —continué, la memoria volviéndose más clara—. Vi sus ojos brillar detrás de sus gafas cuando la primera sombra se desprendió de mi cuerpo. Él no quería destruirte, Dante. Él quería ser tú. Quería la llave de ese poder. Por eso te separó de mí. Por eso me hizo creer que eras un síntoma, una enfermedad.
​—Él sabía que nuestra unión era el fin de su control —dijo Dante, su voz sombría—. Por eso te cambió el color del cabello, por eso te dio una vida nueva como detective... para que nunca volvieras a mirar hacia el abismo.
​Me incorporé, sintiendo la fuerza del pacto rugir en mi interior. Julian nos había mantenido separados durante una década, estudiándonos como ratas de laboratorio. Pero ahora, con el cabello negro como la noche y el corazón lleno de sombras, ya no era la niña rubia y asustada de St. Jude.
​—Él cree que todavía soy su experimento —dije, mirando hacia el horizonte de plata del santuario—. Pero ahora que recuerdo cómo te traje al mundo, Dante... ahora sé cómo enviarlo a él al infierno.
​Dante se levantó conmigo, su figura imponente recortada contra las dos lunas.
​—Entonces, mi reina... —dijo, ofreciéndome la mano con una sonrisa cruel—. Es hora de que el Consejo sepa que su mejor creación ha vuelto para reclamar su trono.



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En el texto hay: darkromance, detecive, psiquiatra sueños

Editado: 01.05.2026

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