El cielo violeta del santuario se rasgó. No hubo truenos, solo un sonido similar al de una seda fina desgarrándose de arriba abajo. De la grieta no cayó luz, sino una lluvia de ceniza blanca que no tocaba el suelo y que se desvanecía antes de rozar la arena negra.
Dante se puso de pie de un salto, ocultándome tras su cuerpo. Sus sombras se erizaron como las espinas de un animal acorralado.
—No deberías poder entrar aquí —gruñó Dante, su voz resonando con una vibración que hacía temblar el mar de plata.
—Las fronteras son solo ilusiones para quienes ayudaron a dibujarlas, mi querido experimento —respondió una voz que no venía de un lugar físico, sino que parecía brotar de la misma arena.
Una figura emergió de la bruma de ceniza. A diferencia de Julian o el Limpiador, este hombre no necesitaba parecer humano, aunque lo intentaba con una crueldad exquisita. Vestía una túnica de seda blanca que contrastaba violentamente con la oscuridad del lugar. Su rostro era joven, casi angelical, pero sus ojos no tenían pupilas; eran dos esferas de oro líquido que reflejaban todas las vidas que había consumido.
Era Malphas, el Primado del Consejo de los Doce.
—Has crecido mucho, Elena —dijo Malphas, ignorando la furia de Dante y clavando su mirada dorada en mí. Su voz era una caricia venenosa—. Casi no reconozco a la niña rubia que lloraba en St. Jude. El negro te sienta bien... te hace parecer una de nosotros.
—Vete de aquí —le espeté, sintiendo cómo el pacto de sangre en mi interior latía con una advertencia de peligro extremo.
—Vine a traerles un regalo —Malphas sonrió, y el aire alrededor de nosotros se llenó de un aroma a rosas podridas—. Julian era un carnicero sin visión, un técnico obsesionado con cables. Pero el Consejo... nosotros apreciamos la belleza de lo que han creado. Dante no es solo un parásito, es una obra maestra del subconsciente.
Malphas dio un paso adelante, y el mar de plata se retiró, temeroso.
—Pero seamos realistas —continuó el Primado—. Este "romance" tiene fecha de caducidad. Dante se alimenta de tu energía vital, Elena. Cada vez que te toca, cada vez que se funden, él consume una parte de tu alma que nunca volverá. En un año, serás una cáscara vacía. Y cuando tú mueras, él se disolverá en la nada.
Dante se tensó, y por primera vez, vi una sombra de duda en su mirada.
—He venido a ofrecerles un trato —dijo Malphas, extendiendo sus manos blancas—. Elena, te devolveremos todo. Tu cabello rubio, tu cordura, y lo más importante: la vida de tus padres. Tenemos la tecnología para reescribir ese momento en el tiempo. Podrás volver a ser la detective Vance, sin sombras, sin sangre en las manos, sin el peso de este monstruo.
Sentí un frío ártico en el estómago. ¿Mis padres? ¿La vida que me fue robada?
—¿Y a cambio? —pregunté, mi voz temblando.
—A cambio, Dante se vendrá con nosotros —Malphas miró a Dante—. Le daremos un cuerpo físico independiente. Ya no necesitará tu sangre, ni tu energía. Será un miembro del Consejo. Será un dios por derecho propio, libre de la carga de ser el reflejo de tu trauma.
Dante se giró hacia mí. Sus ojos azul eléctrico estaban llenos de una agonía silenciosa.
—Podrías ser feliz, Elena —susurró Dante, y su voz me dolió más que cualquier herida—. Podrías tener la vida que te quité.
—Ese es el trato, Elena —insistió Malphas, su sonrisa ensanchándose—. Tú recuperas tu pasado. Él gana su futuro. Lo único que tienen que sacrificar es este... vínculo tóxico. Si se quedan juntos, ambos morirán. Si se separan, ambos serán reyes de sus propios mundos.
Malphas sacó una pequeña esfera de cristal negro y la dejó flotando entre nosotros.
—Tienen hasta que la segunda luna se oculte para decidir. Si rompen el pacto voluntariamente, el pasado se reescribirá. Si deciden quedarse... bueno, el Consejo no dejará que una fuente de energía tan valiosa se desperdicie en un motel de carretera.
Malphas se desvaneció en una ráfaga de ceniza blanca, dejándonos solos en el silencio mortal del santuario.
Dante me miró, y por primera vez desde que lo creé, no intentó tocarme. Se quedó a un paso de distancia, como si ya estuviera empezando a aceptar que yo pertenecía a la luz y él a la oscuridad absoluta.
—Elena... —comenzó a decir, pero se detuvo.
La duda era un veneno más efectivo que cualquier arma de Julian. El trato de Malphas no buscaba matarnos; buscaba que nos destruyéramos nosotros mismos al darnos cuenta de que nuestro amor era, en esencia, un suicidio lento.