La esfera de cristal negro flotaba entre nosotros, mostrando imágenes de un jardín soleado, de mi madre riendo y de mi padre leyendo el periódico. Una vida dorada que olía a café y seguridad.
Dante me miró, y sus ojos azul eléctrico estaban apagados, nublados por una culpa que lo hacía ver dolorosamente humano.
—Vete, Elena —susurró, su voz rompiéndose—. Acepta el trato. No puedo dejar que te marchites por mi culpa. Tú mereces la luz, no este santuario de arena fría.
Dio un paso atrás, alejándose del vínculo, rompiendo el contacto visual. Mi corazón se encendió en una furia fría. Antes de que pudiera decir otra palabra, mi mano voló y cruzó su rostro con un impacto seco. ¡ZAS!
Dante se quedó paralizado, con la mejilla enrojecida y la mirada perdida.
—¿Crees que soy tan débil? —le grité, mi voz resonando en todo el santuario—. ¿Crees que quiero una mentira de cristal creada por los mismos monstruos que nos separaron? Esos padres no son míos, son títeres de Malphas. Tú eres lo único real que he tenido en diez años.
Me acerqué a él, invadiendo su espacio, obligándolo a sentir mi calor.
—No necesito una familia muerta. Te necesito a ti, con tus sombras y tu veneno. Si vamos a morir, moriremos quemando su mundo.
Lo agarré por el cuello de la camisa y lo atraje hacia mí en un beso que supo a rebelión y a sangre. Fue un beso destructivo, cargado de una pasión que hacía que el aire a nuestro alrededor estallara en chispas negras. Sentí cómo Dante absorbía mi energía, pero esta vez no era un robo; era una entrega voluntaria. Sus sombras se agitaron, volviéndose más densas, más letales.
Dante se separó solo un milímetro, sus ojos brillando con una intensidad que podría derretir el acero.
—Entonces no habrá piedad —gruñó—. Si quieres el infierno, Elena, les daremos el incendio más grande de la historia.
El plan se trazó sobre la arena negra. Malphas era un dios, y los dioses no mueren con balas.
—Para matar a uno de los Doce, necesitamos el Bastón del Limpiador —explicó Dante, en su forma física vibrando de poder—. Esa plata no es de este mundo; es un conductor de esencia pura. Si lo clavamos en el núcleo de Malphas, lo desconectaremos de la fuente.
—Pero no sabemos su debilidad —añadí, ajustándome la chaqueta de cuero—. Julian lo sabe. Él pasó años estudiando a los Doce.
Dante me miró con preocupación.
—Nos dividiremos. Yo atraeré al Limpiador. Su hambre de mi sangre es su mayor debilidad. Lo llevaré al límite del plano de sombras y le quitaré ese bastón o le arrancaré el alma en el intento.
—Y yo iré por Julian —dije con firmeza—. Seguramente está en el Hospital St. Jude bajo custodia federal después de lo del motel. Creen que estara a salvo allí. No conocen mis habilidades.
Dante tomó mis manos. El pacto de sangre latía entre nosotros, una brújula invisible.
—Si algo sale mal, búscame en las sombras, Elena. No te detengas.