El Hospital St. Jude olía a desinfectante y a muerte inminente. Como detective, conocía cada protocolo de seguridad de este lugar. Llevaba una bata blanca robada y una carpeta con informes falsos. Mi cabello negro estaba recogido en un moño tenso y mis gafas ocultaban la mirada letal que ahora poseía.
Pasé por delante de los dos agentes de la Interpol en la puerta de la habitación 402 sin siquiera parpadear. Un ligero movimiento de dedos, una sombra que distrajo la luz del pasillo durante un segundo, y ya estaba dentro.
Julian estaba allí. Conectado a un respirador, con la sien vendada y el rostro demacrado. Al verme, sus ojos se abrieron de par en par detrás de sus gafas rotas sobre la mesa de noche. Intentó gritar, pero solo salió un silbido débil.
Me incliné sobre él, dejando que la sombra de Dante fluyera por mis dedos mientras acariciaba el tubo de su oxígeno.
—Hola, Julian —susurré con una sonrisa que no llegó a mis ojos—. He recordado todo. Y ahora, vas a decirme cómo matar a Malphas, o te aseguro que tu subconsciente pasará el resto de la eternidad gritando en el laberinto que tú mismo construiste.
Julian tembló. Sabía que ya no era la niña rubia. Yo era el monstruo que él mismo había ayudado a perfeccionar.