La habitación 402 del Hospital St. Jude era un ataúd de luz fluorescente. El zumbido del monitor cardíaco de Julian Vane marcaba un ritmo errático, un pulso de miedo que me deleitaba más que cualquier música. Me acerqué a su cama, sintiendo cómo el aire a mi alrededor se espesaba con la presencia de Dante, quien observaba desde el plano de las sombras a través de mis propios ojos.
Julian estaba allí, demacrado, con la piel del color del pergamino viejo. Sus famosas gafas de montura negra estaban sobre la mesa, con un cristal roto, como un símbolo de su visión fragmentada. Al verme, sus pupilas se dilataron hasta casi ocultar el iris claro. No era solo terror lo que veía en él; era una adoración enferma.
—Elena... —susurró, y el aire silbó en su garganta dañada—. Has vuelto. Has aceptado... la corona de espinas que te diseñé.
—Cállate, Julian —dije, mi voz gélida, cortante—. No vine a escuchar tus delirios mesiánicos. He visto el Plano de las Sombras. He visto a Malphas. Quiero nombres, quiero estructuras. ¿Quiénes son los Doce?
Julian soltó una risa que terminó en un ataque de tos violento. Una gota de sangre manchó su labio inferior. Se lamió con una lentitud obscena, cerrando los ojos.
—Los Doce... —murmuró, como si pronunciara una oración—. Los humanos los llaman dioses, demonios, arquetipos. Pero son Los Arquitectos. Son las doce conciencias primordiales que sobrevivieron al colapso de la primera realidad. No habitan el mundo de los sueños, Elena; ellos son el mundo de los sueños. Cada vez que la humanidad ha tenido un gran avance, un renacimiento o una guerra mundial, ha sido uno de los Doce moviendo los hilos desde el subconsciente colectivo.
Se incorporó un poco, sus manos temblorosas aferrándose a las sábanas blancas.
—Ellos controlan la narrativa de la especie humana. Pero son estériles. No pueden crear nada nuevo; solo reciclan el trauma y el deseo de los mortales. Por eso te investigué a ti, Elena. Por eso dediqué mi vida a St. Jude, financiando experimentos que la ética académica habría incinerado.
—¿Por qué yo? —le pregunté, inclinándome sobre él. El aroma a desinfectante se mezclaba con el olor a ozono que emanaba de mis poros.
—Porque tú eres el error en el sistema —Julian empezó a hiperventilar, y una chispa de excitación maníaca encendió su mirada—. Dante... ese parásito que te posee... no debería existir. En diez mil años de historia onírica registrada por el Consejo, nunca se había visto una Anomalía de Retroalimentación. Los parásitos suelen ser proyecciones, sombras que se alimentan y mueren. Pero Dante es un híbrido. Es una brecha en la física entre lo atómico y lo etéreo. Nació de un trauma tan puro y una soledad tan absoluta que rompió las leyes de ambos mundos. Él es una anomalía física manifestada en el sueño, y una entidad de sueño con densidad física. Es el fin de su orden.
Julian cerró los ojos y su respiración se volvió pesada. Una sonrisa retorcida apareció en su rostro.
—¿Sabes qué siento cada vez que recuerdo el motel? —su voz bajó a un tono íntimo, casi sexual—. Cuando esa cosa... cuando Dante me golpeó a través de tus manos... sentí el roce de lo absoluto. Fue el placer más grande de mi carrera. Ser destruido por una anomalía que desafía a los dioses... Elena, fue un orgasmo existencial. No puedo moverme, mi cuerpo es una ruina, y sin embargo, me siento más vivo recordando ese dolor que en toda mi mediocridad anterior. Me duele no poder seguir observándolos... no poder ver cómo el parásito te consume centímetro a centímetro mientras tú le pides más. Es... sublime.
Julian empezó a temblar, sus ojos moviéndose frenéticamente bajo los párpados cerrados, sumergido en su propio recuerdo lascivo del ataque.
Me acerqué y, con una calma que me asustó a mí misma, le di un par de palmadas suaves en la mejilla. Tap, tap. El contacto de mi mano, cargada de la energía de Dante, lo hizo jadear y abrir los ojos de golpe.
—Cálmate, Julian —le dije con una dulzura venenosa—. No te mueras todavía. No me sirve tu cadáver. Háblame de Malphas. ¿Cómo lo mato?
Julian recuperó el aliento, mirándome con una mezcla de gratitud y miedo.
—Malphas es el Primado de la Estabilidad. Su poder reside en el orden, en la lógica fría. Hace diez años, cuando estabas en el sótano de St. Jude, lo vi. Los sensores de las máquinas explotaron, Elena. No fue un fallo eléctrico; fue que Malphas intentó entrar en lo más profundo de tus pesadillas buscando el núcleo de la Anomalía. En el instante en que tocó tu subconsciente, los medidores de energía onírica marcaron un infinito negativo. Él quería borrar a Dante antes de que tomara forma, pero se quemó al intentarlo. Desde entonces, Malphas te teme.
Julian se lamió los labios secos, mirando hacia la puerta como si las sombras pudieran delatarlo.
—Malphas es un ser de pura frecuencia. No tiene un "cuerpo" que puedas apuñalar, pero tiene un vínculo con la realidad que es su ancla. Para destruirlo, tienes dos opciones... dos caminos de sacrificio.
Me quedé inmóvil, esperando.
—La primera opción es tuya, Elena —dijo Julian, su voz volviéndose un susurro conspirador—. Malphas se alimenta de la "narrativa perfecta". Si tú te desconectas voluntariamente de la realidad física, si te dejas caer en un estado de coma inducido por tu propia voluntad, puedes arrastrar a Malphas a un bucle infinito dentro de tu propia mente. Al ser tú la creadora de la Anomalía, tus pesadillas son el único laberinto que él no puede mapear. Lo encerrarías para siempre, pero tú... tú nunca volverías a despertar. Serías la tumba eterna de un dios.
—¿Y la segunda? —pregunté, sintiendo la furia de Dante vibrar en mi pulso.
—La segunda opción es para Dante —Julian sonrió con malicia—. Dante es un parásito hambriento. Si él logra consumir la esencia de Malphas durante el eclipse de las lunas en el santuario, absorberá su poder. Malphas moriría, sí, pero Dante dejaría de ser Dante. Se convertiría en el nuevo Primado del Consejo. Perdería su individualidad, perdería sus recuerdos contigo, y se convertiría en una entidad de puro orden. Sería libre, sería un dios, pero no te conocería. Serías solo otra mota de polvo en su universo.
Me alejé de la cama, procesando las dos promesas de destrucción. Un sueño eterno o una eternidad de olvido.
—Hay una tercera opción, ¿verdad? —dije, sintiendo una corriente de aire frío recorrer la habitación que no venía de ninguna ventilación.
Julian se encogió de hombros, con una sombra de duda cruzando su rostro.
—Hay... rumores. Una leyenda entre los Doce sobre algo llamado "El Criterio de la Carne". Algo que está oculto en el Bóveda Negra de tus recuerdos, en ese día que ni siquiera Dante puede ver. Hay una forma de que ambos sobrevivan y el Consejo caiga, pero es algo que ni yo pude descifrar. El secreto está en por qué tu trauma fue tan potente como para crear vida. Si logran encontrar ese recuerdo original, quizás haya un tercer camino. Pero Malphas matará a cualquiera que intente abrir esa puerta.
Julian se dejó caer en la almohada, agotado, su pulso debilitándose.
—Vete ahora Elena. Si vas a buscar esa tercera opción, hazlo rápido. Porque el tiempo en el mundo físico se está agotando para ti... y el tiempo en el sueño es una prisión de la que nadie escapa.
Salí de la habitación sin mirar atrás. En el pasillo, las luces parpadearon. La sombra a mis pies se alargó, tomando la forma de Dante, quien me rodeó los hombros con una presión reconfortante pero cargada de una nueva tensión.
“No aceptaremos sus opciones, Elena”, susurró Dante en mi cabeza. “No me convertiré en un dios si eso significa olvidarte, y no te dejaré dormir para siempre”.
—Entonces tenemos que encontrar esa tercera vía —dije, apretando el paso hacia la salida—. Tenemos que entrar en mi propia Bóveda Negra.
El aire del hospital se volvió denso. El enfrentamiento final no sería en un campo de batalla, sino en el lugar más peligroso de la existencia: el origen de mi propia locura.