El parásito de tus sueños

Capitulo 16: La agonía de la obsidiana (POV Dante)

El dolor no es algo que un ser como yo deba sentir. Se supone que soy una proyección, una anomalía, un susurro de oscuridad. Pero la plata... la plata es la ponzoña de los dioses.
​Cada vez que el bastón de Mark —esa cáscara vacía que el Consejo llama El Limpiador— cortaba el aire, dejaba un rastro de luz blanca que me quemaba la esencia. Mi brazo izquierdo no era más que un jirón de sombras humeantes. La sangre de Elena, que ahora corría por mis venas etéreas gracias al pacto, palpitaba con una urgencia que me mantenía anclado a este callejón mugriento.
​—Ríndete, Anomalía —siseó el Limpiador. Su voz era un eco metálico, carente de cualquier rastro del hombre que Elena amó una vez—. Eres un error de cálculo. Un parásito que ha consumido demasiada realidad. El Consejo te reclama para el desguace.
​—El Consejo puede lamerme la sombra que tengo colgada en la entepierna —respondí, escupiendo una mezcla de sombra y plasma azulado—. Ella me creó para ser su escudo, y no hay nada en tu arquitectura de cristal que pueda romperme.
​Me lancé hacia adelante. No usé mis manos; usé el entorno. El asfalto del callejón crujió cuando obligué a las sombras de los edificios a erguirse como lanzas de obsidiana. Mark saltó, girando su bastón en un arco perfecto de energía pura que desintegró mis ataques antes de que lo rozaran. Era rápido, demasiado rápido para un cuerpo que debería estar muerto.
​La fatiga empezó a pesarme como si llevara el mundo entero sobre mis hombros. Ser un ser físico me estaba drenando. Mi conexión con Elena era una batería, sí, pero yo era un motor que estaba quemando el combustible a una velocidad suicida.
​“Elena...”, pensé, sintiendo su miedo y su resolución en el hospital. Su presencia en mi mente era lo único que evitaba que me disolviera en el vacío.
​El Limpiador aprovechó mi milisegundo de distracción. El bastón de plata impactó directamente en mi pecho. Escuché el sonido de mis costillas de sombra rompiéndose, y un grito que no era mío, sino de la misma oscuridad, escapó de mi garganta. Caí de rodillas, el pecho ardiéndome como si me hubieran inyectado sol líquido.
​—Se acabó —dijo Mark, caminando hacia mí con la parsimonia de un verdugo. Levantó el bastón para el golpe final—. Volverás a ser nada.
​En ese momento de agonía absoluta, algo cambió. A través del pacto de sangre, el sonido del Hospital St. Jude inundó mi conciencia. No era una interferencia; era una sintonía perfecta. Escuché la voz de ese insecto de Julian, escuché sus opciones venenosas: el coma eterno para ella o el olvido divino para mí.
​La rabia, una furia tan antigua como el primer miedo de la humanidad, explotó en mi núcleo. ¿Ovidarla? ¿Dejarla dormir para siempre en una jaula de sueños mientras yo me convertía en un trono de oro frío? Preferiría ver el universo entero reducido a cenizas.
​—No... aceptaremos... sus opciones —dije con enojo, y la tierra bajo mis pies se abrió.
​No fue un ataque de sombras; fue una implosión de realidad. Agarré el bastón de plata con mi mano desnuda, ignorando el sonido de mi piel carbonizándose. El Limpiador abrió mucho los ojos. Nadie toca la plata del Consejo y sobrevive. Pero yo no era nadie. Yo era el amor de Elena convertido en monstruo.
​Con un rugido, le arrebaté el arma. Usé su propia inercia para estamparlo contra la pared de ladrillos, y luego, dejando que las sombras se condensaran en mis puños, descargué una tormenta de golpes que deformaron su armadura de luz. Lo golpeé hasta que su rostro de Mark se desmoronó, revelando la nada roja que había debajo. Lo golpeé hasta que mis nudillos eran solo hueso y oscuridad.
​Finalmente, el Limpiador cayó, su forma física deshecha, convertido en un charco de energía vibrante.
​Me quedé allí, jadeando, apoyado en el bastón de plata que ahora se sentía pesado como el plomo. Mi visión parpadeaba. Estaba exhausto, mis reservas de energía estaban en niveles críticos. Sentía que cada célula de mi ser gritaba por volver al santuario, por dormir mil años.
​Pero entonces, la voz de Elena llegó de nuevo. Estaba hablando con Julian. Estaba dispuesta a buscar la tercera opción, la Bóveda Negra.
​“No aceptaremos sus opciones, Elena”, le envié telepáticamente, mi voz cargada de una determinación que atravesó las dimensiones. “No me convertiré en un dios si eso significa olvidarte, y no te dejaré dormir para siempre”.
​Sentí su respuesta, un alivio cálido que me dio el último empujón de fuerza. Agarré el bastón con firmeza. Este era el ancla. Con esto, Malphas caería. Empecé a caminar hacia la salida del callejón, arrastrando los pies, dejando un rastro de sombra líquida. Tenía que llegar a ella. Tenía que protegerla de Julian y de ella misma.
​Pero entonces, un sonido me detuvo.
​Un gorgoteo metálico, similar al mercurio deslizándose sobre el cristal.
​Me giré lentamente. El charco de energía roja y plateada que era el Limpiador no se estaba disolviendo. Se estaba moviendo. Las gotas de luz herida se arrastraban por el suelo, uniéndose unas con otras, reconstruyéndose con una tenacidad aterradora. Los pedazos de luz buscaban su centro, fluyendo como metal líquido, reformando las piernas, el torso, y finalmente el rostro inexpresivo que volvía a tomar la forma de Mark.
​—No puedes matarme en este plano, Anomalía —dijo la voz, ahora múltiple, como si miles de personas hablaran a la vez desde el interior del mercurio—. Soy el sistema. Y el sistema siempre se reinicia.
​El Limpiador se puso en pie, su cuerpo vibrando en una frecuencia que hacía que mis oídos sangraran. No tenía el bastón, pero sus manos se alargaron en filos de luz líquida.
​—Dame el bastón, Dante. O tendré que arrancarte el corazón para recuperarlo.
​Apreté los dientes, sintiendo cómo el cansancio me cerraba los ojos. El bastón en mi mano era lo único que me impedía caer. Miré hacia el hospital, a lo lejos, donde Elena me esperaba. La distancia parecía infinita, y el monstruo de mercurio frente a mí parecía eterno.
​—Vas a tener que esforzarte más, pedazo de metal —dije, enderezando la espalda y dejando que la sombra de Elena me envolviera una vez más—. Porque esta noche, ni el sistema ni tus dioses van a salir vivos de aquí.
​La batalla no había terminado. Solo acababa de entrar en su fase más sangrienta. Levanté el bastón de plata, que empezó a brillar con un fuego negro alimentado por mi propia esencia, y me preparé para el segundo asalto contra la eternidad.



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En el texto hay: darkromance, detecive, psiquiatra sueños

Editado: 01.05.2026

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