El parásito de tus sueños

Capitulo 17: El rugido del abismo (POV Dante)

​El mercurio es un veneno silencioso, pero la plata es un grito que desgarra mi existencia.
​Cada vez que el Limpiador proyectaba esas agujas de luz líquida, mi esencia retrocedía. No era solo dolor; era una desconfiguración atómica. Yo, que nací del trauma de Elena, que soy una anomalía que desafía las leyes de los Doce, me sentía como un dibujo de carboncillo siendo borrado por una mano implacable.
​Estaba de rodillas. El suelo del callejón estaba impregnado de mi propia sombra, una mancha de chapapote etéreo que se negaba a volver a mi centro. Mis pulmones —una imitación de los humanos que ahora necesitaba para procesar el pacto de sangre— ardían. La plata del bastón que aún aferraba con mi mano derecha me estaba consumiendo los dedos, pero no lo soltaría. Preferiría desintegrarme antes que perder el arma que Elena necesitaba para ser libre.
​—Eres patético, Dante —la voz del Limpiador vibraba en la misma frecuencia que mi agonía—. Una anomalía enamorada de su creadora. Un error que se cree dios.
​El charco de mercurio frente a mí se alzó, tomando una forma vagamente humana, pero sin rostro. Una ola de metal líquido se transformó en una guadaña de luz. Sabía que no podría bloquearla. Estaba vacío. Mi conexión con Elena estaba ahí, latente, pero mis "canales" de energía estaban obstruidos por la toxicidad de la plata.
​“Lo siento, Elena...”, pensé, cerrando los ojos para recibir el golpe final. “No pude ser el monstruo que merecías”.
​Pero el golpe nunca llegó.
​Lo que llegó fue un incendio.
​De repente, el frío de la muerte fue desplazado por un calor volcánico. No era el calor de una hoguera común; era el calor de la tierra abriéndose, el aroma de las pesadillas de millones de personas condensadas en un solo punto.
​Un estruendo sónico hizo que el mercurio del Limpiador se estremeciera. Frente a mí, el aire se rasgó en una línea de fuego carmesí y violeta. De esa brecha emergió un hombre que irradiaba una autoridad que me hizo querer clavar mis garras en el suelo por puro instinto de supervivencia.
​Tenía el cabello blanco como la nieve de un cementerio, recogido en una coleta alta que desafiaba la gravedad, con mechones negros cayendo sobre su rostro como marcas de guerra. Sus ojos eran dos pozos de azufre dorado.
​No era un parásito. No era un humano. Era algo que el mundo había olvidado temer: un demonio nacido del núcleo mismo del mundo de los sueños. Su nombre, que resonó en mi mente como una advertencia antigua, era Kaelen.
​—Qué espectáculo más lamentable —dijo Kaelen. Su voz no era un susurro; era un trueno contenido—. Un ejecutor del Consejo jugando con un cachorro de sombra herido. El Orden se ha vuelto perezoso.
​El Limpiador no perdió tiempo. Lanzó su brazo de mercurio, transformado en un látigo de luz, directamente hacia la garganta del desconocido. Kaelen ni siquiera parpadeó. Con un movimiento casi indolente, levantó una mano rodeada de llamas negras.
​El fuego de Kaelen no quemaba la materia; quemaba la esencia. Cuando el látigo de mercurio entró en contacto con las llamas violetas, el Limpiador soltó un alarido de frecuencias distorsionadas. El metal líquido empezó a hervir, evaporándose en una nube de humo plateado que olía a azufre y miedo.
​—¿Quién eres? —logré articular, mi voz saliendo como un raspado de piedras.
​Kaelen giró levemente la cabeza. Sus ojos dorados me recorrieron con una mezcla de desdén y una fascinación que me hizo tensar cada fibra de mi ser.
​—Soy el fin de tus verdugos, Anomalía —respondió, y por un momento, el fuego de sus manos se volvió más brillante—. Quédate en el suelo. No dejes que la sangre de esa mujer se desperdicie en un cadáver.
​Kaelen se lanzó hacia el Limpiador. Lo que vi a continuación no fue una pelea; fue una ejecución.
​El demonio se movía con una fluidez que me hacía parecer torpe. Cada paso que daba dejaba una huella de ceniza incandescente en el pavimento. El Limpiador intentó fragmentarse, dividirse en mil gotas de mercurio para rodearlo, pero Kaelen simplemente golpeó el aire con sus puños envueltos en fuego.
​—¡Ignis Aeternum! —rugió.
​Una cúpula de llamas negras se cerró sobre el callejón. El fuego succionó todo el oxígeno, dejando al Limpiador sin medio para propagar su luz. Vi cómo Kaelen agarraba la masa de mercurio con sus manos desnudas, ignorando la plata, y la hundía en el fuego. El demonio disfrutaba. Cada vez que el Limpiador intentaba reformarse, Kaelen lanzaba una ráfaga de calor que desmantelaba sus moléculas.
​Era una fuerza increíble. No había elegancia técnica, solo un poder bruto, ancestral, el control absoluto sobre las pesadillas que alimentaban su fuego. El Limpiador, que casi me había matado, estaba siendo reducido a hollín en cuestión de segundos.
​—¡El Consejo... te destruirá por esto! —gritó la masa de mercurio moribunda.
​—El Consejo lleva milenios intentándolo —replicó Kaelen con una sonrisa depredadora—. Diles a tus señores que el Rey de las Llamas ha despertado. Y que tiene hambre de coronas.
​Con un movimiento final, Kaelen cerró el puño. Una explosión de energía violeta barrió el callejón, desintegrando lo último que quedaba del ejecutor. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el chisporroteo de las llamas que aún bailaban en las paredes de ladrillo.
​Me quedé allí, exhausto, tratando de integrar mis sombras de nuevo en mi cuerpo. El bastón de plata, ahora inerte, descansaba a mi lado. Kaelen se sacudió el polvo de su túnica oscura, acomodando su coleta con una calma que me resultaba insultante después de la carnicería que acababa de presenciar.
​Caminó hacia mí. Su sola presencia hacía que mi piel de sombra se erizara.
​—No te confundas, parásito —dijo, deteniéndose a un par de metros—. No te ayudé porque me importes. Te ayudé porque los Doce son un estorbo para mis planes. Y porque... —su mirada se desvió hacia la entrada del callejón— ...tienes algo que me interesa mucho más que tu supervivencia.
​En ese momento, la sentí. El vínculo de sangre dio un vuelco.
​Elena apareció al final del callejón. Se veía hermosa en medio de la destrucción: su cabello negro como la noche, su mirada llena de una furia protectora que me hizo sentir que, a pesar de mi debilidad, era el ser más afortunado del universo.
​—¡Dante! —su grito fue como una medicina para mi esencia.
​Ella corrió hacia mí, cayendo de rodillas a mi lado, envolviéndome con su calor humano. Enterré mi rostro en su cuello, absorbiendo su aroma, dejando que su energía fluyera hacia mí para cerrar las heridas que la plata había dejado.
​—Estoy aquí, nena... —susurré, mis fuerzas volviendo lentamente gracias a ella.
​Elena levantó la vista hacia Kaelen. Su postura se volvió defensiva de inmediato, su mano derecha buscando el arma que ya no tenía, pero sus ojos... sus ojos se clavaron en los de él con una intensidad que no me gustó.
​Kaelen la observaba con una fijeza peligrosa. Sus labios se curvaron en una sonrisa sutil, casi admirativa.
​—Elena Vance —dijo el demonio, y el tono de su voz cambió, volviéndose más suave, casi melódico—. Tienes una voluntad que brilla más que el fuego de los Doce. No es de extrañar que hayas engendrado semejante anomalía.
​—¿Quién eres? —preguntó Elena, su voz firme a pesar del cansancio evidente.
​—Un aliado circunstancial —respondió Kaelen, dando un paso hacia atrás, donde una nueva grieta de fuego empezaba a abrirse—. Pero ten cuidado, Elena. Las sombras son fáciles de dominar, pero el fuego... el fuego consume todo lo que toca.
​Me lanzó una última mirada de advertencia antes de desaparecer en un estallido de chispas violetas. Me quedé abrazado a Elena, sintiendo cómo su corazón latía contra el mío. Estábamos vivos. Teníamos el arma. Pero mientras observaba las cenizas de donde Kaelen se había ido, una nueva sombra se instaló en mi pecho.
​Kaelen no solo nos había salvado. Había marcado a Elena. Y yo sabía, con la certeza de un ser que vive en los sueños, que este demonio no se detendría hasta que el incendio que acababa de empezar nos consumiera a los tres.
​—Vámonos de aquí, Elena —dije, apoyándome en ella mientras recogía el bastón—. El juego acaba de volverse mucho más peligroso.



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En el texto hay: darkromance, detecive, psiquiatra sueños

Editado: 01.05.2026

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