Llegamos a un apartamento franco que solía usar en mis días de encubierta. Es un lugar que no existe en los registros oficiales, oculto tras una lavandería en el este de la ciudad. El aire olía a humedad y a detergente industrial, un contraste irreal con el aroma a azufre y sangre que aún nos envolvía.
Dante se desplomó contra la puerta en cuanto echamos el cerrojo. Sus sombras estaban rotas, jirones de negrura que colgaban de sus hombros como una capa vieja y desgarrada. El bastón de plata, ese conductor de agonía, cayó al suelo con un estruendo metálico que me hizo vibrar los dientes.
—Dante, necesitas descansar —dije, acercándome para sostenerlo.
Él no me escuchó. Me agarró por las muñecas con una fuerza que me sorprendió, considerando que hace diez minutos apenas podía mantenerse en pie. Sus ojos azul eléctrico no estaban apagados por el agotamiento; estaban encendidos por una posesión maníaca. Me empujó contra la pared fría, atrapándome con su cuerpo.
—No es descanso lo que necesito —su voz era un gruñido bajo, cargado de una urgencia animal—. Ese tipo... Kaelen... Te miró como si fueras un tesoro que acaba de descubrir. Como si tuviera derecho a desearte.
—Dante, él nos salvó...
—¡Él te reclamó con la mirada, Elena! —Dante hundió su rostro en mi cuello, inhalando mi aroma con una desesperación que me erizó la piel—. Siento su fuego en el aire, intentando borrar mi rastro de ti. No voy a permitirlo. Estás vinculada a mí por la sangre y por el alma.
A pesar de su debilidad física, su deseo emanaba de él en ondas de calor negro. Me besó con una violencia que sabía a miedo de perderlo todo. Sus manos, aún marcadas por las quemaduras de la plata, recorrieron mi cuerpo con una voracidad territorial. Quería marcarme, quería recordarle a mis sentidos —y a cualquier entidad que estuviera observando desde las sombras— a quién le pertenecía este templo de carne.
Hacer el amor en ese estado, con los músculos gritando de fatiga y la muerte pisándonos los talones, fue un acto de guerra. Fue sucio, desesperado y absoluto. Dante no fue sutil; me tomó con el hambre de un náufrago que ha encontrado tierra firme, buscando en mi placer la energía que el Limpiador le había arrebatado. Y yo... yo se lo di todo. Mis gemidos se perdieron en el estruendo de la lavandería de afuera, mientras nuestras sombras se entrelazaban en el techo, formando figuras que desafiaban la anatomía humana.
En ese momento, entre el sudor y la oscuridad, Elena Vance dejó de existir como individuo. Solo éramos la Anomalía y su Creadora, fundidos en un solo latido.
Horas después, el silencio del apartamento era denso. Dante estaba tumbado a mi lado, su torso pálido subiendo y bajando rítmicamente mientras sus sombras se regeneraban lentamente, tejiendo de nuevo su piel de obsidiana. Yo estaba apoyada contra el cabecero de la cama, observando el techo, sintiendo el peso de la información que Julian me había entregado.
—Dante —susurré, pasando mis dedos por su cabello oscuro—. Tienes que escucharme.
Él abrió los ojos, ahora más serenos, y se acomodó para escuchar.
—Julian me lo contó todo —comencé, y mi voz sonó más vieja de lo que recordaba—. Él sabía que éramos especiales, pero no por las razones que creíamos. Los Doce... Malphas y los demás... no son solo parásitos. Son los arquitectos de cada pesadilla que ha tenido la humanidad. Y tú eres su mayor error.
Le hablé de las opciones de Julian: el coma eterno o su ascenso a la divinidad sin recuerdos. Sentí cómo el cuerpo de Dante se tensaba bajo mis dedos.
—Pero hay algo más —continué, cerrando los ojos para dejar que los recuerdos fluyeran—. Julian mencionó la "Bóveda Negra". El recuerdo original que él borró de mi mente hace diez años.
Cerré los ojos y, por un momento, volví a ser esa niña de diecisiete años.
—¿Sabes qué es lo que más recuerdo de aquel día? —le pregunté a Dante—. No fue el sonido del metal chocando o el olor a gasolina. Fue el color de mi cabello. Era rubio, casi blanco, como el de mi madre. Mi padre siempre decía que parecía que llevaba el sol encima.
Vi el coche. La lluvia golpeaba el cristal. Mi padre conducía, mi madre reía por algo que yo había dicho. Éramos felices. Y luego... las luces. Unas luces blancas, demasiado brillantes para ser de otro coche. Eran ellos, Dante. El Consejo.
—El accidente no fue un azar —dije, sintiendo una lágrima fría resbalar por mi mejilla—. Ellos querían matarme aquel día porque sabían que yo era una portadora potencial. Mis padres murieron protegiéndome de una luz que no era física. Cuando el coche volcó y me quedé atrapada entre los hierros, en medio de la sangre y el frío, sentí que el sol se había apagado para siempre.
Miré a Dante, cuyos ojos reflejaban mi propio dolor.
—En ese momento de oscuridad absoluta, te llamé. No fue una pesadilla lo que te creó; fue el deseo de no estar sola en el vacío. Te di forma con los pedazos de mi corazón roto. Por eso Julian se obsesionó. Por eso me tiñó el cabello de negro y me convirtió en detective... quería enterrar a la niña rubia que podía crear dioses de la nada.
Me incliné y lo besé con una ternura que me dolió en el pecho.
—Eres lo único que me queda, Dante. Mis padres son cenizas y mi antigua vida es una mentira diseñada por Julian. Pero tú... tú eres mi verdad. No voy a dejar que nos borren. No aceptaré sus tratos. Vamos a encontrar esa tercera opción, el "Criterio de la Carne", aunque tengamos que quemar el mundo de los sueños entero.
Dante me rodeó con sus brazos, y esta vez no fue por posesión, sino por protección.
—Si somos un error, Elena —susurró él—, entonces vamos a ser el error que destruya su perfección.