El parásito de tus sueños

Capitulo 19: El laberinto de cristal roto

El bastón de plata del Limpiador vibraba entre mis manos, emitiendo un zumbido que se sentía como mil abejas pinchando mis nervios. Dante estaba sentado frente a mí, con las piernas cruzadas, sus manos sobre las mías. El aire en el apartamento franco se había vuelto denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara.
​—Cierra los ojos, Elena —susurró Dante. Su voz era lo único que me mantenía anclada a la realidad—. Vamos a entrar en el lugar donde el tiempo se detuvo. No sueltes el bastón. Es nuestra brújula.
​Cerré los ojos y, de repente, el suelo desapareció.
​No estábamos en el apartamento. Estábamos suspendidos en un vacío grisáceo, rodeados de fragmentos de espejos flotantes que mostraban destellos de mi vida. Vi a la Elena niña corriendo por un parque; vi a la Elena adolescente estudiando bajo una lámpara de escritorio; vi a mis padres... vivos, riendo, sus rostros nítidos y dolorosos.
​—La Bóveda Negra —murmuró Dante. Su forma aquí era más pura, una silueta de oscuridad absoluta que devoraba la luz gris de este limbo.
​Caminamos sobre la nada hacia una estructura colosal que se alzaba en el centro del vacío: una torre de obsidiana que no tenía puertas ni ventanas. Era el muro que Julian había construido en mi mente. Al acercarme, el bastón de plata empezó a brillar con una luz blanca cegadora.
​—Usa el bastón, Elena. Golpea el origen —ordenó Dante.
​Levanté el arma y la clavé en la base de la torre. El impacto no produjo un sonido metálico, sino un grito. El grito de mis propios recuerdos siendo desgarrados. La torre se agrietó y, por un segundo, la puerta se abrió.
​Entramos en el recuerdo del accidente. Todo era hiperrealista. Podía oler la lluvia ácida sobre el asfalto caliente, podía sentir el frío del cuero del asiento del coche. Estaba allí, en el asiento trasero, con mi cabello rubio cayendo sobre mis hombros, mirando por la ventana mientras mis padres hablaban de lo que haríamos el fin de semana.
​—¡Allí está! —gritó Dante, señalando una luz dorada que palpitaba debajo del coche volcado—. ¡El Criterio de la Carne! ¡Esa es la tercera opción!
​Corrimos hacia la luz, pero justo cuando mi mano estaba a centímetros de tocar el núcleo de ese recuerdo, el cielo se rompió.
​No fue una tormenta. Fue una mirada. Dos ojos de oro líquido, colosales, se abrieron en el firmamento de mi mente. Malphas.
​—¿Creyeron que su pequeño juguete de plata les daría acceso a lo prohibido? —la voz de Malphas no era un sonido, era una presión física que me hizo caer de rodillas—. El bastón es un conductor de mi voluntad, pequeños parásitos. Cada vez que lo usan, me abren la puerta de su santuario.
​El bastón en mis manos se volvió incandescente, quemándome las palmas. Malphas usó la conexión del arma para proyectar su poder directamente en el recuerdo. Vi cómo la luz dorada del "Criterio de la Carne" empezaba a marchitarse, consumida por una sombra roja que no pertenecía a Dante, sino a algo mucho más antiguo.
​—Hay secretos que ni siquiera la Anomalía puede conocer —siseó Malphas—. El Criterio de la Carne no es para ustedes. Hay un Decimotercero que espera en el vacío, y él no permite intrusos en su diseño.
​Detrás de Malphas, por un breve segundo, vi una sombra aún más grande, una figura sentada en un trono de huesos que no formaba parte de los Doce. Una presencia que me hizo sentir que mi propia existencia era un error de redacción en un libro cósmico. Pero antes de que pudiera procesarlo, Malphas cerró el puño.
​El recuerdo explotó.
​El coche, mis padres, la luz dorada... todo se convirtió en metralla de cristal negro. Sentí un tirón violento en mi ombligo y el vacío gris me escupió de vuelta a la realidad.
​Abrí los ojos en la cama del apartamento, gritando, con los pulmones ardiendo. El bastón de plata estaba en el suelo, ahora inerte y con grietas oscuras recorriendo su superficie. Dante estaba a mi lado, respirando con dificultad, su forma física parpadeando como una lámpara a punto de fundirse.
​—No pudimos... —gemí, cubriéndome la cara con las manos—. Malphas lo sabía. Nos usó. Usó el bastón para bloquear la entrada.
​Me puse de pie, tambaleándome. El miedo que sentía ahora era diferente. Ya no era el miedo a morir; era el miedo a la inevitabilidad. Miré a Dante y, por primera vez, no vi al guerrero de sombras que me protegía. Vi la condena que cargaba sobre sus hombros.
​—Dante, estamos muertos —dije, y mi voz sonó histérica, rota—. Julian tenía razón. No hay tercera opción. Malphas la ha borrado, o quizás nunca existió y fue solo otra trampa. Solo nos quedan dos caminos: o me convierto en un vegetal en una cama de hospital para encerrarlo a él, o tú te conviertes en uno de ellos y me olvidas.
​—Elena, cálmate. Encontraremos otra forma... —Dante intentó acercarse, pero yo retrocedí, golpeando una mesa y tirando una lámpara que se hizo añicos.
​—¡¿Qué otra forma?! —le grité, las lágrimas cayendo por mis mejillas—. ¡He visto sus ojos! ¡He visto a ese ser detrás de él! No somos nada para ellos, Dante. Somos un experimento que salió mal. Me estoy muriendo cada vez que me tocas, ¿no lo sientes? Mi energía se apaga. Te amo, pero este amor nos está matando a ambos. ¡Es una maldición!
​—¡No es una maldición! —rugió Dante, y sus sombras estallaron a su alrededor, llenando la habitación de una oscuridad asfixiante—. ¡Te di la vida cuando no tenías nada! ¡Te rescaté del vacío!
​—¡Y ahora me estás devolviendo a él! —respondí, señalando mi cabello negro, mi piel pálida—. Mírame. Ya no soy Elena. Soy una sombra de lo que era. Si esto sigue así, no quedará nada de mí para que ames. Tal vez lo mejor sea aceptar el trato. Tal vez debas irte con ellos y ser el dios que se supone que eres. Al menos así estarás vivo, aunque no sepas quién soy.
​Dante se quedó inmóvil. Sus ojos azules brillaron con una furia fría que me hizo retroceder.
​—¿Eso es lo que quieres? ¿Que te olvide? ¿Que tire diez años de devoción a la basura?
​—¡Quiero que vivas! —chillé, colapsando en el suelo, sollozando sin control—. ¡Y quiero vivir yo también, aunque sea una mentira! No puedo soportar el peso de tu muerte, Dante. No puedo.
​Dante no respondió. Se quedó allí, de pie en la penumbra, observándome como si fuera la primera vez que veía mi debilidad. La tensión en la habitación era tan espesa que dolía respirar. Finalmente, la oscuridad se retrajo y él se sentó en el borde de la cama, dándome la espalda.
​—Duerme, Elena —dijo con una voz que no tenía emoción alguna—. Estás agotada. El viaje a la Bóveda te ha roto los nervios. Mañana lo veremos con claridad.
​No tuve fuerzas para seguir discutiendo. El agotamiento mental era absoluto. Me arrastré hasta la cama y me ovillé en un rincón, lejos de él. Me quedé dormida escuchando el sonido de la lluvia golpeando el cristal de la lavandería, con el corazón hecho pedazos y la sensación de que el mundo se acababa al amanecer.



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En el texto hay: darkromance, detecive, psiquiatra sueños

Editado: 01.05.2026

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