El parásito de tus sueños

Capitulo 20: El arconte del silencio y el rey de las pesadillas

El vacío en la cama no fue solo físico; fue una amputación del alma. Desperté con el corazón martilleando contra mis costillas, un eco sordo de una pesadilla que no lograba recordar, pero el frío que envolvía mi cuerpo era dolorosamente real. Estiré la mano, buscando el calor de Dante, buscando esa vibración eléctrica que siempre emanaba de su piel de sombra, pero mis dedos solo encontraron sábanas arrugadas y una ausencia gélida que me cortó la respiración.
​—¿Dante? —susurré, mi voz quebrándose en la penumbra del apartamento.
​Nadie respondió. El zumbido de la lavandería industrial al otro lado de la pared parecía un réquiem mecánico. Me incorporé de golpe, ignorando el dolor punzante en mi sien producto del agotamiento. La luz de la luna, filtrada por la ventana sucia, iluminaba el suelo de madera podrida. Allí, cerca de la puerta, vi un rastro de ceniza negra y filamentos de sombra que se desvanecían lentamente, como humo atrapado en el tiempo.
​Él se había ido.
​La discusión de la noche anterior volvió a mí como una ráfaga de metralla. Mi histeria, mis gritos, mi debilidad… le había dicho que prefería una mentira si eso significaba que él viviera. No me detuve a pensar que Dante, en su amor retorcido y absoluto, me tomaría la palabra.
​—No, no, no… Dante, por favor —gemí, saltando de la cama.
​Me puse las botas y la chaqueta de cuero sin siquiera abotonarla. Salí al pasillo y bajé las escaleras de dos en dos, con la desesperación quemándome la garganta. Al salir a la calle, la lluvia me recibió con una furia implacable. Era un aguacero denso, de esos que borran las líneas de la ciudad y convierten los edificios en espectros de hormigón.
​El rastro de su esencia era apenas perceptible bajo el agua, pero yo lo sentía. Como detective, había aprendido a seguir pistas; como su creadora, estaba unida a él por un hilo invisible de sangre y trauma. Caminé por callejones oscuros, mis pies chapoteando en charcos que reflejaban luces de neón parpadeantes. El aire se sentía distinto, más pesado, como si la realidad misma estuviera cediendo bajo una presión invisible.
​De repente, las sombras de los edificios empezaron a moverse de forma antinatural. No era el juego de luces de la ciudad; eran masas de oscuridad que se despegaban de las paredes, tomando formas grotescas. Criaturas con extremidades demasiado largas y rostros que eran solo cuencas vacías empezaron a emerger de las alcantarillas. Parecían hechas de hollín y pesadillas líquidas.
​Me detuve en seco, el corazón a punto de explotar.
​—Me estoy volviendo loca —murmuré, retrocediendo hacia una pared—. Esto no es real. Julian… Julian tenía razón, mi mente finalmente se ha quebrado.
​Las criaturas soltaron un chirrido metálico, un sonido que recordaba al roce de cuchillos sobre cristal. Se cerraron en un círculo a mi alrededor, sus dedos alargados rascando el pavimento. La lluvia parecía evitar sus cuerpos, como si el agua temiera tocarlas. Estaba sola, desarmada, y mi protector se había marchado para convertirse en un dios que ya no me conocería.
​Justo cuando la criatura más cercana saltó hacia mí con las fauces abiertas, un destello de fuego violeta rasgó la cortina de lluvia.
​El estallido de calor fue tan intenso que el agua se convirtió en vapor al instante, creando una neblina densa y sofocante. El monstruo que me atacaba se desintegró en una lluvia de chispas antes de tocarme.
​De entre el vapor emergió él. Kaelen.
​Su cabello blanco, ahora suelto y ondeando a pesar de la lluvia, brillaba con una luz espectral. Los mechones negros que enmarcaban su rostro resaltaban la mirada dorada que me recorrió con una mezcla de diversión y algo que no supe descifrar. Sus manos estaban envueltas en llamas que no se apagaban con el agua, sino que parecían alimentarse de ella.
​—¿Perdida en la noche, Elena Vance? —preguntó su voz, suave y peligrosa como el ronroneo de un tigre.
​Con un movimiento fluido de su mano, lanzó un arco de fuego que barrió al resto de las criaturas. Los gritos de las entidades al ser consumidas por las llamas de Kaelen eran casi humanos, una sinfonía de agonía que me hizo temblar. En segundos, el callejón volvió a quedar en silencio, salvo por el golpeteo de la lluvia.
​—Kaelen… —logré decir, apoyándome en la pared para no caer—. ¿Qué eran esas cosas?
​—Restos —respondió él, acercándose a mí. Su presencia irradiaba un calor reconfortante en medio del frío polar—. El Consejo de los Doce está empezando a purgar la ciudad. Cuando un Dios está a punto de ascender, las sombras menores huyen o son devoradas. Esas criaturas son los miedos residuales de los ciudadanos, cobrando forma física ahora que la barrera entre mundos es más delgada que nunca.
​Me agarró del brazo, obligándome a mirarlo.
​—¿Dónde está Dante? —le pregunté con desesperación, ignorando el hecho de que sus ojos parecían devorar mi voluntad.
​Kaelen sonrió, y por un momento sus colmillos brillaron bajo la luz de un farol.
​—Tu parásito ha tomado una decisión, Elena. La discusión que tuvieron… lo rompió más que cualquier golpe de plata. Ha ido a buscar a Malphas. Ha ido a reclamar su trono.
​—¡Tengo que detenerlo! —grité, intentando soltarme—. ¡Él no sabe lo que hace! Si se convierte en uno de ellos, me olvidará. Perderá todo lo que lo hace… él.
​—Él lo sabe perfectamente —replicó Kaelen, su voz volviéndose seria—. Y lo hace por ti. Prefiere ser un extraño poderoso que pueda protegerte desde la distancia que un amante débil que te consuma hasta la muerte. Es un sacrificio poético, aunque un poco estúpido.
​—Ayúdame a encontrarlo —le supliqué, clavando mis dedos en su túnica oscura—. Sé que sabes dónde está.
​Kaelen me observó en silencio durante lo que pareció una eternidad. El fuego en sus manos se extinguió, pero el calor que emanaba de él seguía envolviéndome.
​—Te ayudaré, Elena. Pero no porque me importe ese error de la naturaleza —dijo, dándose la vuelta para caminar hacia la avenida principal—. Lo haré porque me gusta ver cómo las piezas del Consejo se desmoronan. Y porque tengo curiosidad por ver hasta dónde llegas por alguien que ya te ha abandonado.
Caminamos por la ciudad, que ahora parecía una versión distorsionada de sí misma. Las calles estaban vacías, pero se sentía una presencia acechante en cada esquina. Kaelen se movía con una gracia que desafiaba la fatiga, sus botas apenas tocando el suelo.
​—¿Quién eres realmente, Kaelen? —pregunté mientras cruzábamos una plaza donde las estatuas parecían llorar sangre negra bajo la lluvia—. Julian dijo que eras un demonio, pero… eres diferente a los Doce.
​Kaelen soltó una risa seca.
​—Los Doce son arquitectos, Elena. Ellos diseñan las pesadillas para mantener el orden, para que los humanos se queden en sus camitas, asustados y obedientes. Yo, en cambio… yo soy la pesadilla misma.
​Se detuvo y me miró. En sus ojos dorados vi imágenes que no pertenecían a mi mundo: ciudades en llamas, rostros deformados por el terror puro, el grito del primer hombre que tuvo miedo a la oscuridad.
​—Provengo del subconsciente colectivo de cada ser viviente que ha pisado este planeta —continuó—. Soy el monstruo bajo la cama, la sombra en la esquina de la visión que te hace girar la cabeza, el miedo irracional a las profundidades del mar. Soy el fuego que quema en el núcleo de la psique humana. Los Doce intentaron encerrarme en una de sus bóvedas hace eones porque yo no sigo sus reglas. Yo no quiero orden. Yo solo quiero que el incendio siga ardiendo.
​—¿Y por qué me miras así? —pregunté, sintiendo una tensión que no tenía nada que ver con el peligro.
​Kaelen se acercó un paso más, invadiendo mi espacio personal. Su aroma era una mezcla de ceniza y flores raras.
​—Porque tú, Elena, lograste algo que ni siquiera yo pude. Creaste vida a partir del dolor puro. No una ilusión, no una pesadilla pasajera, sino una entidad con alma propia. Eso te hace más peligrosa y más hermosa que cualquier diosa que el Consejo haya intentado fabricar.
​Me estremecí ante su tono. Había algo en Kaelen que me atraía y me repelía al mismo tiempo. Era la antítesis de Dante: mientras Dante era frío y protector como una noche sin luna, Kaelen era el incendio destructivo que te prometía libertad a cambio de cenizas.
​—No te distraigas —dijo él, volviendo a caminar—. Estamos cerca. El velo se está rompiendo.
​​Llegamos a la base de la Gran Torre Central de la ciudad, un rascacielos de cristal y acero que ahora brillaba con una luz blanca que hería la vista. El aire alrededor de la torre vibraba con una frecuencia tan alta que mis oídos empezaron a sangrar.
​En la entrada, custodiando las puertas de cristal que ahora parecían hechas de diamante puro, nos esperaba una figura que me heló la sangre.
​No era el Limpiador. Era algo mucho más elevado.
​Era un hombre de tres metros de altura, vestido con una armadura de plata pulida que reflejaba un cielo que no era el nuestro. Su rostro no tenía rasgos, solo una superficie lisa y brillante como un espejo. Cuatro alas de luz blanca salían de su espalda, vibrando con una intensidad que generaba ráfagas de viento frío.
​—Azkiel —susurró Kaelen, su voz cargada de un odio ancestral—. El Arconte del Silencio. El perro guardián favorito de Malphas.
​El ser levantó una mano, y una barrera de energía pura se alzó frente a nosotros.
​—Deténganse —la voz de Azkiel resonó directamente en mi cerebro, una onda de choque que me hizo caer de rodillas—. La Iniciación del Dios ha comenzado. El plano físico ya no tiene voz en este proceso. El parásito ha reclamado su herencia.
​—¡Él no es uno de ustedes! —grité, intentando levantarme, pero la presión de la presencia de Azkiel era como llevar una montaña sobre la espalda.
​—Ahora lo es —respondió el Arconte—. Sus recuerdos están siendo purificados. Su conexión con la materia está siendo cortada. Pronto, él será el Orden, y tú serás solo un eco olvidado en el subconsciente de un rey.
​Kaelen se adelantó, sus manos estallando en un fuego violeta que desafiaba la luz de Azkiel. Su cabello blanco ondeaba furiosamente y sus ojos negros brillaban con una promesa de destrucción.
​—El Silencio siempre ha sido mi mayor enemigo, Azkiel —rugió Kaelen, y el suelo bajo sus pies se agrietó—. Quítate de en medio, o convertiré tu armadura de plata en escoria fundida.
​—Tú no tienes poder aquí, desterrado —dijo Azkiel, desenvainando una espada de luz pura—. Este es el territorio del Consejo.
​Kaelen me miró de reojo, una sonrisa cruel bailando en sus labios.
​—Corre, Elena. Cuando el fuego choque contra el silencio, se abrirá una brecha en la barrera. Tienes que entrar en esa torre y despertar a tu parásito antes de que el último de sus recuerdos sobre ti sea borrado. Yo me encargaré de este ángel de hojalata.
​Azkiel se lanzó hacia adelante, y el choque entre la espada de luz y las manos ardientes de Kaelen produjo una explosión sónica que rompió todos los cristales de la plaza. En medio del caos de fuego y luz, vi cómo la barrera de energía parpadeaba.
​—¡Ve! —gritó Kaelen, envuelto en un torbellino de llamas violetas mientras luchaba cuerpo a cuerpo con el gigante de plata.
​No miré atrás. Corrí hacia las puertas de la torre, con el corazón en la mano, rogando a cualquier dios —a los de verdad, no a los que querían robarme a Dante— que me dieran el tiempo suficiente para recordarle quién era, antes de que el hombre que amaba desapareciera para siempre en el frío trono de la divinidad.



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En el texto hay: darkromance, detecive, psiquiatra sueños

Editado: 01.05.2026

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