El parásito de tus sueños

Capitulo 21: El protocolo del olvidó (POV Dante)

​Caminar hacia la cima de la Torre Central no fue un ascenso; fue una crucifixión en cámara lenta.
​Cada paso que daba hacia la luz blanca que emanaba de la cúspide era un asalto a mi naturaleza. Yo soy una criatura de sombras, un error nacido del dolor y la necesidad. Pero aquí, en el santuario de los Doce, las sombras no tienen donde esconderse. La luz era tan pura que era sólida, golpeándome como un mazo, intentando pelar la oscuridad de mis huesos etéreos.
​Llegué al Salón de la Trascendencia. El techo no existía; en su lugar, el cielo del mundo de los sueños se abría en un remolino de galaxias de plata y oro. Allí estaban ellos. Los Once.
​No eran hombres. Eran figuras colosales envueltas en túnicas de geometría imposible, sus rostros ocultos tras máscaras de mercurio que reflejaban mis propios pecados. Ocupaban tronos tallados en la misma luz que me estaba matando. Y en el centro, el trono más alto pertenecía a Malphas.
​—Has llegado, Anomalía —la voz de Malphas no se escuchó, se sintió como un terremoto en mi espina dorsal—. Has elegido la supervivencia del Orden sobre la insignificancia del sentimiento.
​—No he elegido el Orden —gruñí, mi voz sonando como el crujir de cenizas—. He elegido que ella viva. Haced lo que tengáis que hacer antes de que me arrepienta y queme este lugar con vuestra propia luz.
​Los Once se pusieron en pie al unísono. Un sonido similar al de mil campanas de cristal resonó en el salón.
​—El ritual de Purificación —dijo una voz que sonaba a tiempo transcurrido—. Para ser uno de nosotros, lo particular debe morir para que lo universal prevalezca. El nombre que te dio, los besos que te alimentaron, la sangre que compartiste... todo debe ser devuelto al vacío.
​Me arrodillé en el centro del círculo. El suelo empezó a brillar con una intensidad que me cegó. Sentí cómo unas cadenas de luz blanca brotaban de la nada, perforando mis hombros y mis muñecas, manteniéndome erguido mientras el proceso comenzaba.
​Entonces, empezó el borrado.

LA PRIMERA CAPA: LA DETECTIVE
​Sentí una succión violenta en mi mente. La primera imagen que se me escapó fue la de Elena en la comisaría. Vi su chaqueta de cuero, el brillo de su placa, la forma en que fruncía el ceño cuando no lograba encajar las piezas de un caso.
​“No, esa no... todavía no”, luché, apretando mis dientes de sombra.
​Pero fue inútil. La imagen se desvaneció, convirtiéndose en humo blanco. El recuerdo de su voz llamándome desde el otro lado de la habitación se volvió un eco incomprensible, y luego, silencio. Una parte de mi pecho se sintió hueca, un espacio vacío donde antes había una conexión.
​Ya no recordaba que ella era detective. Solo sabía que había una mujer. Una mujer importante.
​—El parásito resiste —observó uno de los Doce—. Su núcleo de anomalía está demasiado enredado con su psique. Aumentad la frecuencia.

​LA SEGUNDA CAPA: EL PACTO DE SANGRE
​El dolor se volvió insoportable. No era físico; era como si alguien estuviera arrancando las páginas de mi libro favorito mientras yo intentaba leerlas.
​Vi el momento en el motel. Vi la sangre azul mezclándose con la suya. El sabor de su esencia, esa mezcla de jazmín y miedo que me daba la fuerza para luchar contra el Limpiador. Sentí el calor de sus labios en los míos, el momento en que me dijo que yo era lo único real que tenía.
​“¡Elena!”, grité en mi mente, aferrándome a ese nombre como si fuera un ancla en medio de un huracán.
​Pero la luz de los Doce era implacable. Empezó a filtrar mis recuerdos, separando la "energía" de la "experiencia". Sentí cómo el vínculo de sangre se enfriaba. El calor de su cuerpo contra el mío en el apartamento franco... se disolvió. La sensación de su piel, el ritmo de su corazón... se volvieron datos estadísticos.
​Un Dios no necesita sentir el calor de otro cuerpo. Un Dios es autosuficiente.
​Mis ojos, que siempre habían sido del azul eléctrico de Elena, empezaron a palidecer. El iris se tornó de un color plata mercurial, frío y desprovisto de deseo.

LA TERCERA CAPA: EL ORIGEN Y EL SOL
​—Falta lo más profundo —siseó Malphas, acercándose a mí. Su presencia era como una presión hidráulica—. El recuerdo del accidente. El momento en que la niña rubia te dio la vida.
​Ese era mi tesoro. El secreto de por qué yo era diferente.
​Vi a la niña de diecisiete años atrapada en el coche. Vi su cabello rubio, brillante como el sol que ella decía que su padre amaba. Vi sus ojos llenos de una soledad tan vasta que el universo tuvo que crearme para llenarla.
​En ese recuerdo, yo no era un monstruo. Yo era un consuelo. Era la mano oscura que le decía: “No llores, yo me quedaré contigo hasta que el mundo se acabe”.
​—Esta parte... no —supliqué, y una lágrima de sombra rodó por mi mejilla, evaporándose antes de caer—. Dejadme esto. Dejadme el sol.
​—Un Dios no tiene sol —sentenció Malphas—. Un Dios es la fuente de su propia luz.
​Sentí una garra de energía pura hundirse en lo más profundo de mi ser. El recuerdo del accidente empezó a desmoronarse. El color rubio de su cabello se volvió gris, luego blanco, luego nada. El sonido de su llanto se convirtió en ruido blanco.
​De repente, ya no sabía por qué estaba allí.
​Miré mis manos. Ya no eran garras de sombra; eran extremidades de una sustancia translúcida y brillante, similar al diamante. Mi cuerpo se estaba expandiendo, integrándose con la arquitectura de la torre. Ya no sentía el peso de la culpa, ni la quemadura del amor. Me sentía... eficiente. Me sentía perfecto. Me sentía solo, pero la soledad ya no me dolía, porque no recordaba tener a nadie con quien compartirla.
​—¿Quién es ella? —pregunté, y mi propia voz me asustó. Ya no era Dante. Era una frecuencia armónica, un coro de mil voces ordenadas.
​—Nadie —respondió el Consejo—. Una mota de polvo en el engranaje del destino. Olvídala y asume tu trono, Decimotercero.
​“Decimotercero”. El nombre resonó en mí. Era un título. Una función.
​Cerré los ojos, listo para entregar el último fragmento de mi conciencia. Solo quedaba una pequeña chispa, un punto minúsculo de oscuridad en medio de mi nuevo océano de luz. Era una palabra. Una sola palabra que no lograba borrar porque estaba grabada no en mi memoria, sino en la estructura misma de mi anomalía.
​“Elena”.
​No sabía qué significaba. No sabía si era un nombre, un lugar o un sentimiento. Pero cada vez que la luz intentaba tocar esa chispa, mi sistema emitía una señal de error. Era la última línea de defensa de mi existencia.
Me puse de pie. Las cadenas de luz se rompieron, no por la fuerza, sino porque ya no eran necesarias. Yo era parte de ellas.
​Me giré hacia el trono vacío que me esperaba. Un trono de cristal negro, el contrapunto necesario para el equilibrio de los Doce. Al sentarme, el mundo de los sueños vibró. Sentí todas las pesadillas de la humanidad a la vez, pero ya no me daban hambre. Eran solo variables que debía gestionar. El miedo era una herramienta de estabilidad. La esperanza era una anomalía que debía ser controlada.
​Estaba a punto de fundirme totalmente con el trono, de convertirme en el pilar del Orden que Malphas deseaba, cuando algo sucedió.
​Una onda de choque atravesó el plano físico. No fue una explosión de luz, ni un ataque de Kaelen. Fue un tirón en mi muñeca. Un tirón en una cicatriz invisible que la Purificación no había logrado borrar del todo.
​El pacto de sangre.
​En el mundo físico, alguien estaba gritando. Alguien estaba sangrando. Y esa sangre tenía el mismo código que mi propia esencia.
​Mis ojos plateados parpadearon. El trono de cristal crujió.
​—Interrupción —dije, y mi voz hizo que los Once retrocedieran—. Hay una presencia en la base de la torre. Una presencia familiar.
​—Ignórala, Decimotercero —ordenó Malphas, con una nota de urgencia en su voz—. El ritual está al 99%. Solo tienes que cerrar el vínculo y ella dejará de existir para ti.
​Miré hacia abajo, a través de los pisos de la torre, a través de la realidad misma. Vi a una mujer de cabello negro, con los ojos llenos de lágrimas y las manos quemadas, luchando por llegar a mí. Vi a un demonio de fuego cubriéndole las espaldas.
​No sabía quién era ella. Mi mente me decía que era una extraña. Pero mi anomalía, ese parásito que se negaba a morir bajo la luz divina, empezó a rugir.
​“Elena”.
​La palabra volvió a brillar en mi núcleo. Y esta vez, trajo consigo un color que los Doce no podían procesar. Un color rubio, brillante, prohibido.
​—No he terminado —dije, y por primera vez, mi nueva luz se volvió negra en los bordes.
​Me levanté del trono, y el Salón de la Trascendencia tembló bajo la fuerza de una deidad que recordaba, de repente, que antes de ser un Dios, fue el escudo de una niña que no quería estar sola.
​Elena acababa de entrar en la torre. Y yo, el Decimotercero, el Dios del Olvido, acababa de recordar que mi trono no estaba en este salón de luz fría, sino en el corazón de la mujer que me estaba llamando desde el infierno.



#1466 en Fantasía
#551 en Detective
#453 en Novela negra

En el texto hay: darkromance, detecive, psiquiatra sueños

Editado: 01.05.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.