El Salón de la Trascendencia era una herida de luz blanca en el tejido del universo. El aire allí no se respiraba; se consumía. Dante estaba sentado en el trono de cristal negro, su cuerpo una amalgama de diamante y vacío, sus ojos plateados fijos en un infinito que yo no podía comprender. Alrededor de él, los Once dioses restantes entonaban un cántico de frecuencias que amenazaba con desintegrar mis células.
—¡Dante! —grité, pero mi voz se perdió en el rugido de la luz.
Malphas se interpuso en mi camino. Su forma era colosal, una estructura de planos geométricos y luz cegadora que me hacía sentir como una hormiga ante una catedral.
—Atrás, mortal —la voz de Malphas vibró en mis pulmones, haciéndome escupir un rastro de sangre—. El Decimotercero ha nacido. Ya no hay espacio en su núcleo para tus pequeñas tragedias humanas. Él es el equilibrio. Él es el fin de tu caos.
—¡Él es mío! —respondí, intentando avanzar, pero la presión gravitatoria de Malphas me lanzó contra el suelo, rompiendo una de las losas de luz bajo mis pies.
Justo cuando Malphas levantó una mano de energía pura para borrarme de la existencia, un estallido de fuego violeta reventó las puertas del salón.
El calor fue tan súbito que el aire se tornó de un color naranja tóxico. De entre las llamas y el humo de azufre, emergió Kaelen.
Su aspecto era el de un dios de la guerra que acababa de subir desde los niveles más profundos del infierno. Su túnica oscura y su camisa habían sido completamente destruidas en su combate contra Azkiel; su torso, amplio y definido, estaba cubierto de marcas de quemaduras plateadas y rastro de sangre negra que goteaba por sus abdominales. Su cabello blanco, desordenado y libre de su coleta, ondeaba como una bandera de rendición ante nadie.
En su mano derecha sostenía un fragmento de la armadura de Azkiel, que dejó caer al suelo con un desprecio absoluto.
—Vaya, Malphas —dijo Kaelen, su voz cortando la luz del salón como una cuchilla caliente—. Sigues tan obsesionado con la limpieza que has olvidado que el fuego es lo único que realmente purifica.
Malphas se giró, y por primera vez, vi una grieta en su máscara de perfección. El miedo, o algo muy parecido, brilló en su mirada geométrica.
—Kaelen... El Desterrado —siseó Malphas—. Deberías haberte quedado en las alcantarillas del subconsciente. Este es el momento del Orden.
—El Orden es aburrido, Malphas —Kaelen caminó hacia adelante, sus músculos tensándose bajo la piel bronceada por el fuego. Cada paso que daba dejaba una huella de ceniza incandescente en el suelo sagrado—. Y yo siempre he sido un pésimo invitado.
Kaelen me miró de reojo. Una sonrisa cruel y atractiva bailó en sus labios, una chispa de picardía en medio de la destrucción.
—Corre, Elena —me ordenó, su voz ahora cargada de una urgencia que no admitía réplica—. Llega a tu parásito. Yo voy a recordarle a este arquitecto de pacotilla por qué la humanidad inventó los dioses para protegerse de mí.
Malphas no esperó. Extendió sus cuatro alas de luz y lanzó una ráfaga de ondas de choque que deberían habernos convertido en polvo. Pero Kaelen fue más rápido. Saltó, rodeado de un torbellino de llamas negras, e impactó contra Malphas en medio del aire.
El choque fue sísmico. El Salón de la Trascendencia tembló hasta sus cimientos.
Kaelen luchaba con una ferocidad animal, usando sus manos desnudas para desgarrar la luz de Malphas. Sus puñetazos, cargados de la energía de un millón de pesadillas, hacían que la armadura de frecuencia de Malphas se astillara como cristal. Era un duelo de conceptos: el Orden estático contra la Pesadilla cambiante.
—¡Eres un error en el diseño! —gritaba Malphas, intentando atrapar a Kaelen en una red de filamentos de plata.
—¡Soy el diseño original! —rugió Kaelen, rompiendo la red con sus propios dientes y lanzando una llamarada que quemó uno de los tronos de los Once—. ¡Soy el miedo que te creó, Malphas! ¡Soy el vacío que intentas llenar con tu geometría inútil!
Aproveché el caos. Kaelen mantenía a Malphas ocupado, envolviéndolo en un abrazo de fuego y sombras que obligaba a los otros diez dioses a mantenerse alejados por miedo a ser consumidos. El calor que emanaba de la pelea de Kaelen era mi escudo; la luz del Consejo ya no podía tocarme mientras él siguiera quemando el ambiente.
Corrí hacia el trono de cristal negro. Mis pies ardían, mis pulmones protestaban, pero el pacto de sangre en mi muñeca latía con una fuerza renovada.
Llegué a la base del trono. Dante me miraba, pero sus ojos plateados no mostraban reconocimiento. Eran espejos que reflejaban mi propio miedo. Su mano, ahora hecha de una sustancia translúcida, descansaba sobre el reposabrazos con una calma aterradora.
—Dante... —susurré, trepando por los escalones de obsidiana—. Soy yo. Elena.
Él no se movió. Su boca se abrió, y de ella salió una voz que era el eco de mil estrellas muriendo.
—Elena... un dato irrelevante. Un error de asignación de recursos. El Decimotercero no tiene vínculos. El Decimotercero es el eje.
—¡No eres un eje! —grité, agarrando su mano. El contacto fue como tocar hielo seco; me quemaba la piel, pero no lo solté—. ¡Eres el hombre que me salvó en el motel! ¡Eres el que me hacía sentir que no estaba sola cuando el mundo se caía a pedazos!
Dante parpadeó. Un tic nervioso recorrió su mejilla de diamante. El ritual de Purificación estaba intentando borrar este momento, pero mi sangre, que ahora goteaba sobre su mano cristalina, estaba creando un cortocircuito en su divinidad.
A lo lejos, escuché el rugido de Kaelen. Malphas lo había empalado con una lanza de luz, pero el demonio simplemente se reía mientras el fuego violeta brotaba de su herida, quemando la lanza y la mano de Malphas en el proceso.
—¡Rápido, Elena! —gritó Kaelen, su voz llena de una tensión agónica—. ¡No puedo mantener a este bastardo mucho más tiempo! ¡Recuérdale quién es!
Miré a Dante a los ojos. Me acerqué tanto que nuestras frentes se tocaron.
—Dante, recuerda el sol —le dije, mi voz quebrándose—. Recuerda el cabello rubio de la niña que te llamó. No me importa si te conviertes en un dios, pero no te atrevas a olvidarme. No te doy permiso.
Saqué el pequeño cuchillo de mi bota y, sin dudarlo, me corté la palma de la mano con fuerza. Presioné mi herida abierta contra su pecho, justo donde debería estar su corazón, justo donde el núcleo de la Anomalía palpitaba bajo la superficie de diamante.
—Pacto de sangre, Dante —sentencié—. Mi vida por la tuya. Mi dolor por tu memoria.
El efecto fue instantáneo.
Un grito humano, desgarrador y puro, escapó de la garganta de Dante. El color plateado de sus ojos estalló, revelando el azul eléctrico original. Las grietas recorrieron su cuerpo de diamante, y una onda de choque de sombras puras barrió el salón, apagando la luz de los Once y derribando incluso a Malphas y Kaelen.
Dante me rodeó con sus brazos, y esta vez, el calor no era fuego ni luz; era el calor de un hombre que acababa de regresar del olvido.
—Elena... —murmuró, su voz volviendo a ser la suya, profunda y rota—. He vuelto.
Pero el silencio que siguió no fue de victoria. Malphas se levantó de entre los escombros, su forma ahora distorsionada y oscura, mientras Kaelen permanecía de rodillas, jadeando, con el torso cubierto de heridas que supuraban luz plateada.
El Consejo había sido herido, pero el precio por despertar a un Dios acababa de ser cobrado.