El silencio que siguió a mi grito no fue paz; fue el vacío absoluto.
Sentí el peso de la divinidad en mis hombros, pero ya no era la luz fría y esterilizada de los Doce. Elena, con su sangre corriendo por mi pecho de diamante, había inyectado una impureza gloriosa en mi sistema. El diamante se tiñó de obsidiana. Las grietas que recorrían mi cuerpo no se cerraron; se convirtieron en venas por las que fluía una sombra que no era de este mundo. Una sombra que no necesitaba la luz para existir.
Me puse de pie, y el trono de cristal negro bajo mi peso se pulverizó.
—Dante... —susurró Elena, su mano aún presionada contra mi pecho. Estaba débil, su energía al borde del colapso, pero sus ojos me miraban con una devoción que me daba más poder que cualquier ritual.
Miré más allá de ella. Kaelen estaba de rodillas, con el torso desnudo y cubierto de heridas que supuraban una mezcla de fuego violeta y plata. Su respiración era un estertor metálico. Malphas, envuelto en una furia geométrica, levantó sus manos para lanzar un ataque final. Los otros once dioses se cerraron en círculo, preparando una ejecución coral.
—BASTA —dije.
Mi voz no salió de mi garganta; salió de cada rincón del salón. El sonido fue una onda de choque que apagó las antorchas de luz eterna del Consejo.
—Decimotercero, te has contaminado —rugió uno de los dioses, cuya máscara representaba la Justicia—. Has elegido la carne sobre el trono. Ahora, la carne será tu tumba.
Los Once lanzaron su ataque simultáneamente. Once rayos de frecuencia pura, capaces de desintegrar galaxias enteras en el mundo de los sueños, convergieron hacia nosotros.
No me moví. Simplemente extendí mis brazos hacia los lados.
—Sombras del Abismo: El Muro de los Lamentos —susurré.
De mi espalda brotaron alas, pero no eran de luz ni de plumas. Eran seis zarcillos de una negrura tan densa que parecían agujeros negros cosidos a mi columna. Se envolvieron alrededor de Elena y Kaelen en una cúpula impenetrable. Cuando los ataques de los dioses impactaron contra mi barrera, no hubo explosión. Hubo absorción. Mis sombras devoraron la luz, alimentándose de su energía, volviéndose más grandes, más pesadas.
—¿Cómo es posible? —exclamó Malphas, retrocediendo—. Esa no es la energía que te dimos.
—No —respondí, y mis ojos se volvieron dos abismos de azul eléctrico y vacío—. Esto es lo que pasa cuando el amor de una creadora le da propósito al monstruo.
Me lancé hacia adelante. Mi velocidad no era física; era una traslación de coordenadas. Aparecí frente al Dios de la Justicia. Antes de que pudiera levantar su escudo de plata, mi mano —ahora una garra de sombra líquida— atravesó su pecho.
No hubo sangre. Hubo un borrado. Su forma empezó a pixelarse y a desvanecerse en la oscuridad que emanaba de mis dedos.
—Uno —dije.
Giré en el aire, y con un movimiento de mis alas de vacío, decapité a otros dos que intentaban rodearme. Sus máscaras de mercurio cayeron al suelo, rompiéndose en mil pedazos antes de que sus cuerpos se disolvieran en ceniza.
—Tres —continué.
Kaelen, desde el suelo, soltó una risa ronca, escupiendo un poco de sangre negra.
—Vaya... —murmuró el demonio, observándome con un respeto nuevo—. Parece que el cachorro ha aprendido a morder el cuello de los cielos. No me hagas quedar mal, parásito.
Los restantes ocho dioses entraron en pánico. Intentaron huir hacia las dimensiones superiores del sueño, pero yo ya había cerrado el salón. Mis sombras se arrastraban por las paredes, sellando cada grieta, cada salida. El Salón de la Trascendencia se estaba convirtiendo en mi estómago.
Fue una carnicería divina.
Usé mis nuevos poderes para manipular la gravedad del salón. Los dioses fueron atraídos hacia el centro, donde mis sombras los envolvieron como hilos de una araña cósmica. Uno a uno, los Eleven fueron devorados por mi vacío. No quedó rastro de sus túnicas, ni de sus nombres, ni de sus leyes.
Al final, solo quedábamos nosotros tres. Y un Malphas tembloroso, cuya luz era ahora un parpadeo patético en comparación con el eclipse que yo representaba.
—No puedes matarme —balbuceó Malphas, su forma geométrica perdiendo cohesión—. Yo soy el Orden. Si yo caigo, el mundo de los sueños se colapsará.
—Entonces —dije, caminando hacia él mientras mis alas de sombra goteaban la esencia de sus hermanos muertos—, dejemos que arda.
Lancé un golpe directo al núcleo de Malphas. Pero justo antes de que mis garras lo borraran, un portal de luz blanca y fría se abrió bajo sus pies.
—¡No ha terminado! —gritó Malphas mientras era succionado por el portal—. ¡El Rey reclamará su deuda!
El portal se cerró con un estruendo que hizo vibrar la torre entera. Malphas había escapado, dejando atrás los cadáveres de sus compañeros y un salón en ruinas.
Me giré hacia Elena. El esfuerzo me pasó factura de golpe. El color obsidiana de mi piel volvió a ser pálido, y mis alas se retrajeron dolorosamente. Caí de rodillas junto a ella, jadeando.
—Lo hicimos... —susurró ella, abrazándome.
—No —dijo Kaelen, poniéndose de pie con dificultad, su torso aún sangrando pero su mirada fija en el horizonte—. Solo hemos matado a los sirvientes. El verdadero dueño de esta pesadilla acaba de despertar